Rajoy aguanta pero no puede con Zapatero

Mimo Titos

Anoche Rajoy necesitaba ganar claramente para recuperar su desventaja en las encuestas y no fue capaz de hacerlo por lo que sus posibilidades de gobernar tras el 9 de marzo se redujeron un poco más.

Sin embargo Zapatero no contentó a todos los suyos. A unos por no responder con más virulencia a las insidias proferidas por Rajoy, entre las que sobresalió la infamia de que había agredido a las víctimas. A otros, por el contrario, nos frustró que se dejara arrastrar en demasía al intercambio agrio, desperdiciando así su mayor ventaja: su simpatía natural, su cercanía, en definitiva, su mejor talante.

Rajoy sí fue recibido con gran entusiasmo por los suyos. No es de extrañar porque sus expectativas eran muy bajas: Rajoy había perdido todas y cada uno de los duelos dialécticos de los que ha dispuesto en el Congreso durante los últimos cuatro años. Encima, tenía que calibrar mucho los golpes: si se pasaba de duro corría el riesgo de movilizar a la izquierda pasiva y si en cambio se quedaba corto, volverían a lloverle las críticas de sus apoyos más fachas. Consiguió atinar en al menos dos ocasiones: inmigración y terrorismo.

El discurso sobre inmigración fue muy cínico pero efectivo. Suscitó todos los miedos subyacentes utilizando vocablos como avalancha y reclamando orden y control pero lo hizo evitando caer formalmente en la demagogia al dejar de lado la inmigración ilegal para centrarse en que Zapatero no ha hecho nada para remediar la insuficiente dotación en servicios públicos pese al drástico aumento de población legalmente residente. Zapatero se defendió muy bien, subrayando los progresos en el control de la inmigración ilegal y denunciando el descontrol imperante cuando Rajoy era Ministro del Interior. Pero tuvo que limitarse a defenderse sin poder explotar en su favor los grandes logros del Gobierno en esta materia.

La misma táctica siguió Rajoy en su primera intervención sobre terrorismo, planteándole a Zapatero sus cambios de posición sobre ETA y sus cómplices para dejar la impresión de que el apoyo al Gobierno era imposible. Zapatero, otra vez a la defensiva, recordó su lealtad desde la oposición y pasó rápidamente a otras áreas de la seguridad que han mejorado sustancialmente bajo su Gobierno. Rajoy volvió a la carga, con menos tino y dignidad, deslizando calumnias a las que Zapatero respondió con golpes certeros a cuenta de una ETA supuestamente acabada pero aún así protagonista de la conspiranoya sobre el 11-M y de la vergonzante referencia al MLNV por parte de un Gobierno que supuestamente no negoció nunca con ETA.

Por lo demás, Zapatero había ganado claramente la parte inicial del debate. Rajoy empezó nervioso, leyendo y desgranando un discurso parlamentario poco afortunado para la ocasión. Por el contrario, Zapatero empezó muy bien, con un discurso fresco que parecía estar improvisando. Rajoy incurrió en contradicciones evidentes, reclamándole a Zapatero que se dejara de datos macroeconómicos y hablara de cosas que la gente entiende, justo después de hablar de las cifras de paro y antes de referirse a las de la inflación. Y no fue capaz de responder cuando Zapatero le espetó su inacción frente al redondeo del euro o cuando le recordó que todas sus exigencias macroeconómicas al Gobierno de hace sólo un par de años han sido ampliamente superadas. Una pena que Zapatero no fuera capaz de mantener el tono y prodigar más golpes como el de que Rajoy no se ha enterado de que los relojes ahora van a pilas.

En el último bloque ambos candidatos se mostraron más torpes, seguramente por la tensión y el cansancio acumulados. Rajoy se refirió por dos veces a no se qué de las zapatillas que hasta un friki de la política como yo ha olvidado. Por su parte, Zapatero explotó muy mal el apoyo recibido de la gente de la cultura. El toma y daca sobre las reformas estatutarias seguramente acabó en un empate que quizás Zapatero podría haber deshecho si hubiera aprovechado mejor la obsesiva referencia al Pacto del Tinell para dejar al candidato por imposible y dirigirse directamente a la ciudadanía a través de la cámara.

En el cierre Rajoy volvió a leer pero mejor que al principio, arguyendo de manera efectista a que no es su futuro el que está en juego sino de España. Pero a continuación lo estropeó con esa absurda referencia a esa niña abstracta que hable idiomas sin complejos, sea “heraldo” de la libertad y sienta un “hondo” orgullo por su “vieja” nación. Zapatero también leyó su alegato final pero siguió utilizando un lenguaje puramente oral, directo, que culminó con un “buenas noches y buena suerte” que a juzgar por la sorpresa causada entre los que sí vimos la película, debió descolocar completamente a los que no la vieron, con un efecto cuando menos dudoso.

En cuanto a la forma, el debate superó las reducidas expectativas provocadas por las rígidas normas pactadas entre ambos partidos, que afortunadamente no nos privaron de un espectáculo político ágil y vivo. Dada su mayor necesidad de ganar por goleada, seguramente la rigidez perjudica más a Rajoy que a Zapatero. Pero aún así, aquél consiguió mantener el tipo y perder sólo a los puntos, como indican las encuestas más fiables, como la de Antena 3 (brillante su cobertura post-debate como ya lo fue la del debate Solbes-Pizarro) y las menos sesgadas como la de 20minutos. En defensa de Rajoy el PP aduce que una parte de los que dan a Zapatero como ganador acabarán votando a otros partidos por lo que a Rajoy podría ganar las elecciones incluso perdiendo por poco los sondeos post debates. Pero el mismo argumento vale para pronosticar que no conseguiría gobernar aún si llegara a ganar al PSOE por unos pocos escaños el día 9.

En todo caso, se avecina una semana de “debatitis” total hasta el próximo lunes en que Zapatero y Rajoy volverán a verse las caras. Anoche Rajoy aguantó pero le queda una oportunidad menos de convencer. Zapatero paró los golpes y devolvió algunos, haciendo daño a su oponente, pero tampoco fue capaz de desgranar un programa de futuro ilusionante, su mejor baza.

La gran mayoría sabe que España no se rompe, que la familia goza de buena salud, que no se ha pagado precio político a ETA, que la gestión económica ha sido muy buena y que Mariano Rajoy es un desastre como profeta de catástrofes sin fin que nunca llegan a acontecer. Rajoy hizo caso a Pedro Jota y empezó el debate emulando a Reagan frente a Carter, preguntando a la ciudadanía si sentía que estaba mejor que hace cuatro años. Zapatero debería aprovechar que la respuesta mayoritaria a esa pregunta es un sí claro y valerse de ello para postularse como el mejor candidato para gobernarnos los próximos cuatro años, dejando de lado el grueso de las descalificaciones y calumnias a las que tan acostumbrados nos tiene el PP y que, afortunadamente, no hacen mella en el electorado.