Raíces

Lope Agirre
     
Lo dijo mi señora, Loiola de Agirre o Loyola de Aguirre, según.
–Esta vez sí que nos vamos de vacaciones.
Mi señora es prima segunda de la primera dama de Madrid y prima cuarta de quien esto escribe y suscribe, que en el País Vasco somos aguerridos todos. Creo que es una persona muy enérgica, incluso vehemente. Suele decir viendo a Esperanza por la tele, acatando al otro, a ese Rajoy de las barbas y el puro, que no sabe cómo lo aguanta.
–Si yo estuviera en su lugar se iba a enterar el gallego.
Mi señora es de armas tomar, metafóricamente, claro. Estudió con Moratinos no sé qué, y, yo creo que por amistad, él le ofreció un cargo en Kabul. Fuese allá, vio a los talibanes y volvióse.
–¡Una buena zurra es lo que merecen los tulipanes esos! ¡Si me dejaran!
Así que me temí lo peor, que de verdad nos fuéramos de vacaciones.
–Ya que has cobrado del fondo de reptiles de la SGAE, esta vez nos vamos.
Mi señora se dedica al orden, a poner orden en la casa, se entiende. El año pasado no cobramos y no fuimos, pero hicimos como si nos fuéramos. Salimos por la mañana muy temprano, a eso del amanecer, acampamos en el Eroski del barrio, comimos hamburguesas. A Ignacio, el pequeño, le sentaron mal, aunque a Telmo, el mayor, que se comió media docena, fenomenal. Volvimos, sigilosamente, por la noche, sin hacer ruido. Cerramos puertas y ventanas y no volvimos a salir en cinco días. Pero alguien se enteró. ¡Vaya que si se enteró! Lo supe en la carnicería, cuando fui a comprar unas alitas de pollo. La señora del quinto izquierda, una metomentodo, que sabe las caries que tenemos los demás, aunque poco sepa de sus propias carencias, lo dijo, con retintín, o como se llame el perro ese de la tele.
–¿Habéis estado fuera, no?
–Sí, en Salou. ¿Por qué lo pregunta?
–Porque llegaba cierto olor a sardina desde vuestra casa.
Supuse que quería restregarme por las narices que somos pobres, así que compré solomillo, foie y una pierna de cordero, adeudándome de paso para tres meses, y respondí.
–Nuestra casa es una casa abierta, entra quien quiere, sea sardina, tiburón o ballena.
Ella es gorda y le sentó mal, creyó que la insultaba. Respondió de forma agria.
–Y acreedores. Y el cobrador del frac. Y la guardia civil. Y ese señor que se parece a Moratinos.
Me marché por no enfadarme, que yo cuando me enfado soy terrible. No tanto como mi señora que, cuando se enfada, hay que llamar a los cascos azules, para aplacarla.
–Vete haciendo la maleta que nos vamos.
–¿A dónde, mujer?
–Al caserío, a ver a tus padres, a integrarnos en el paisaje.
Los chicos protestaron, sobre todo el mayor, que tiene novia. El pequeño no tiene novia, pero tenía plan. Hubiera preferido que nos fuéramos a Salou, que es a donde van sus amigos.
A la mañana siguiente estábamos de camino. Hacía tiempo que no visitaba a mis padres, desde que acabé la Universidad. Los encontraba demasiado rústicos y salvajes. Ellos, a su vez, pensaban que yo era un señorito. Estábamos en paz. El caserío está a dos horas teóricas de nuestro domicilio conyugal. Como no teníamos costumbre de ir allá, nos perdimos unas quince veces. El pequeño vomitó en el camino; el mayor se desmayó, al ver que íbamos dejando la civilización y adentrándonos en un bosque oscuro y siniestro. Creo que le entró pánico. Llegamos cuando anochecía. El lugar estaba sombrío, poco iluminado. El cielo parecía encapotado. No iba a tardar en llover. Por supuesto, no nos esperaban. Pensaron que nos habíamos quedado sin trabajo y sin casa y que queríamos vivir con ellos.
–Hemos venido a veros –los tranquilizamos.
–¿Desde tan lejos? –respondió Javier, mi padre, un hombre que hizo todas las guerras del siglo XX, excepto la Primera.
Entramos. Nos asignaron habitación, un cuchitril encima de la cuadra. No había vacas.
–Las tuvimos que vender, ya no podía encargarme de ellas –afirmó mi madre, Arantxa Zubizarreta Arkonada.
Persistía el olor. A mí no me importaba; a Loiola, menos. Pero los niños se tapaban la nariz con los dedos. No estaban acostumbrados al campo. Cenamos lo que había sobrado del mediodía, alubias con tocino. Nos acostamos gaseosos. Loiola no tardó en roncar; los niños, alborotados y pesados, con el estomago confuso, apenas podían dormir. Yo pensaba que, después de todo, es hermoso volver a los orígenes, a las raíces. Sentí el sonido de la lluvia contra los cristales, cubiertos de polvo y telarañas. A la mañana siguiente nos despertó mi madre.
–Os he preparado el desayuno.
Los niños comenzaron a llorar, no sé si de alegría. Para comer había alubias, que sobraron del día anterior, callos, manitas de cerdo, chuletas de ternera, chorizo caseros, pimientos de la huerta.
–Comed, que en la ciudad no hay género como éste –dijo mi padre, mientras abría una botella de vino de la Rioja.
Comimos todos y bebimos, yo al menos.
–¿Qué haces, hijo? –me preguntó mi padre.
Le empecé a contar mi vida, los avatares de la profesión de artista, los vaivenes de la fortuna, la competencia, la envidia y los celos inherentes a la profesión. Y en cuanto acababa una frase, un vaso de buen vino me llenaba él.
–¡Mejor hubieras estado cuidando vacas!
El líquido entraba bien, alegraba el cuerpo. Mi padre tuvo que abrir un par de botellas más, sólo para que yo siguiera contando mi historia. Podía decir que al fin me encontraba en casa, mi casa. No sé exactamente lo qué dije, pero sé que hablé hasta cansarme. Los niños se habían ido al monte, a recoger ovejas, con su madre y la mía.
–Bebe, hijo, que este vino es de buena cosecha. Seguro que en la ciudad ni lo catáis. Allí no sabéis lo que es beber.
Era tal mi estado de excitación que le aposté a mi padre a que aguantaba más que él, bebiendo. Abrió tres botellas más. Lo que recuerdo después es un coche de los ertzainas llevándome cuesta abajo hasta el hospital comarcal, una enfermera que se reía de mí, un médico que me reñía, que me lo tenía merecido, a quién se le ocurre desafiar nada menos que al viejo Javier a beber, una cama dura, suero…
–Nunca cambiarás, tú con tal de fastidiarnos las vacaciones –oí que decía mi señora, antes de desvanecerme.
Pasé cuatro días en el hospital comarcal. Más que nada por entretenimiento de los médicos, que en aquella comarca no tenían mucho trabajo, debido a que todos los habitantes eran sanísimos, además de longevos. En ese intervalo de tiempo nadie vino a visitarme. Cuando me dieron el alta, me encontré con mi familia. Estaban tristes, porque se acababan las vacaciones.
–¿Qué habéis hecho en mi ausencia? –pregunté.
–Conocer a tu familia. No te mereces los padres que tienes –dijo la amiga de Moratinos.
Nos despedimos de mis padres. Tuve que secuestrar a los niños, casi; no querían volver. Estaban cambiados, tenían un aspecto salvaje, como de aborígenes.
–Volved cuando queráis.
El trayecto de vuelta lo hicimos en silencio. Cuando llegamos al hogar, dulce hogar, los niños corrieron a esconderse en su habitación. Reían y peleaban entre sí. Se notaba que disfrutaban; al fin se habían hecho hermanos.
–Esta semana voy a hablar con Moratinos y pedirle el puesto de Kabul.
–¿Por qué, Loiola?
–Porque eres un aburrido, Lope. No sabes divertirte, no sabes vivir, ni dejas vivir.
–¡Vaya!
–Los niños se quedan con sus abuelos. Ya he hablado con ellos.