Racionalidad y castigo

Lobisón

 Los politólogos están obligados por ética profesional a explicar el comportamiento electoral en términos racionales, lo que en ocasiones es casi tan arduo como explicar los movimientos de la bolsa en términos de racionalidad económica. Sin embargo es bastante evidente que la racionalidad que los electores aplican al decidir su voto no es siempre la misma.

En particular, desde que estalló la crisis financiera global los electores se han aplicado más a castigar a los gobernantes de turno que a comparar las opciones disponibles. Y cuando han buscado terceras opciones —los liberal-demócratas en el Reino  Unido o los liberales en Alemania— lo han hecho pensando más en a quien no querían votar que en las posibles consecuencias de su voto. Los resultados pueden ser racionales a medio plazo, pero a corto plazo también pueden ser descorazonadores.

El descontento de quienes votaron a los liberal-demócratas británicos parece haber quedado claro en los resultados de las elecciones municipales y regionales del 5 de mayo, más allá del fracaso de su propuesta de reforma electoral. Sin embargo, era previsible que tras las elecciones generales del año pasado pactaran con los conservadores de Cameron, y éste había hecho bandera de la reducción del déficit mediante un recorte salvaje. Clegg se olvidó de su promesa de respetar el gasto en educación con tal de entrar en el gobierno y lo demás es historia.

La prolongación de la crisis había provocado mucha irritación popular, pero se podían anticipar las consecuencias de votar a Cameron o a Clegg para castigar a Gordon Brown. Por otro lado, el Reino Unido no tenía problemas de financiación de la deuda, y la principal lógica del ajuste presupuestario era ideológica. Por muy mal carácter y muy escasa fotogenia que tuviera Gordon Brown, castigarle sin pensar en lo que sucedería después era una apuesta de alto riesgo.

Los resultados de las elecciones en cada país siguen su propia lógica y no es sensato ir muy allá en las generalizaciones. Pero las elecciones europeas de 2009 pueden ser un buen ejemplo de los resultados del deseo de los electores de castigar a los gobernantes sin pensar en las consecuencias. Especialmente porque los electores tienen buenas razones para creer que el Parlamento Europeo no es el que parte el bacalao. Y, sin embargo, no hay duda de que la victoria de los conservadores reforzó en el gobierno de la Unión la ideología de la austeridad a expensas del sentido común.

Ahora está en juego la reintroducción del sentido común en el apoyo financiero a Grecia y Portugal. El sentido común dice que si se imponen condiciones demasiado draconianas como contrapartida de la financiación, se hace imposible cumplir los objetivos propuestos. Pero la ideología de la austeridad exige condiciones sangrientas, porque a los electores se les ha dejado convencerse de que los rescates son un regalo, no un préstamo. Así, en medio de la furia contra los políticos, por un lado surgen los ‘verdaderos fineses’ y por otro pueden acabar apareciendo los ‘verdaderos griegos’ antieuropeos, y lo que venga después.