¿Quiénes somos los que somos unos u otros?

Alberto Penadés

Las movilizaciones y el debate en torno a la continuidad de Cataluña en España las estoy siguiendo desde México, país en el que me gustaría quedarme tanto como para no tener que enfrentarme a este y otros problemas en el mío. No creo que basten estos pocos meses. Desde aquí envío a los callejeros una primera reflexión sobre el tema. Creo que emparenta, desde fuera de Cataluña, con el laicismo nacional que el Senyor G defendía hace unos cuantos días en este foro.

¿Por qué no pueden los castellanos, aragoneses, baleares, andaluces, gallegos y demás denominaciones de la ciudadanía española simplemente tomárselo con calma y animar a los catalanes a abrir un debate y un proceso de consulta democrática en condiciones transparentes?  Personalmente,  apoyo sin apenas reservas que se celebre la consulta; son las condiciones y la lectura de los resultados lo que estoy dispuesto a discutir de forma más correosa. ¿Por qué no podemos ser como los ingleses? La falta de seguridad en sí mismos de la mayoría de los españoles ante cualquier veleidad secesionista, no digamos un movimiento organizado, da mucho que pensar.

Una respuesta obvia es que en España no existe el equivalente a Inglaterra en el Reino Unido, no hay una nación, o país, o como quiera que se llame que de algún modo lidere la identidad española, como Inglaterra la británica, pero tenga entidad propia. Castilla produce imágenes literarias asombrosas, y en los últimos cincuenta años posiblemente más entre algunos catalanes, pero su peso político y cultural es limitado.  Naturalmente está “Madrid”, pero aun siendo como es una ciudad un poco soberbia que cree poder hablar por España, cualquiera sabe que es una ciudad con muchos mundos dentro. Por “Madrid” a veces nos referimos a los políticos del gobierno central, que rara vez son madrileños, y a un conjunto más bien fantástico de españolistas fantoches que se pueden encontrar en los saraos de Génova, ahora ya más cómodamente en el Twitter, para aventar a conveniencia y sembrar rencor.

Pero tal vez de aquí pueda extraerse una virtud. Si nos damos cuenta de que no existe la “Inglaterra” de España, quizá entendamos que hay formas de entenderse entre gente que no somos tan distinta ni pensamos tan distinto. Antes de avanzar, creo que hay que intentar cuestionar a quienes hablan de pueblos como si fueran individuos y pretenden pintar su cuadro en un muro de paredes limpias y cortes claros.

En un vistazo rápido al sentimiento identitario, los más orgullosos de ser españoles son los andaluces, castellano-manchegos, cántabros, asturianos y riojanos (por encima del 60% los muy orgullosos en todo caso, según el CIS en Noviembre de 2011). El porcentaje de personas “muy orgullosas de ser españolas” en Madrid, el 51%, tampoco es que destaque tanto sobre el de Cataluña, que es el 35,6%. Lo que sí hay en Cataluña  es cierta polarización -aunque menos pronunciada que en el País Vasco- debido a una fracción no despreciable de personas, el 15%, que se sienten poco o nada orgullosas de ser españolas (el 21% en Navarra, el 25% en el País Vasco).  No es una pregunta que me interese mucho (yo me siento “poco orgulloso”, como mucha gente, simplemente por motivos de educación), pero creo que nos da una idea de que la polarización identitaria es relativamente moderada.

Las preferencias por la forma de estado marcan más diferencias que el orgullo identitario. En España en su conjunto, en Abril de 2010 (último dato útil) había un 25,3% de centralistas, es decir, personas que preferirían recortar o anular las autonomías.  Las mayores poblaciones de centralistas se encuentran en Castilla y León (39%), Madrid (38%), Aragón (32,1%), Castilla-La Mancha (31,2%) y Valencia (30,1%).  Es evidente que hay una pauta: “el interior”, pero es notable que Aragón y Valencia no se diferencien demasiado de la vieja Castilla. En torno a la media se encuentra la fracción de centralistas de Baleares (25%) o de Galicia (27,6%). Por debajo de la media están, entre otras, Extremadura (21,5%), Canarias (20%), Andalucía (19%), Cataluña (14,5%), Navarra (9%) y País Vasco (5,5%). La probabilidad de encontrarse un centralista cerrado en Madrid es más del doble que en Cataluña. Es una diferencia notable, pero tampoco da miedo. Los centralistas están muy repartidos.

En abril de 2010 había un 53% de catalanes que querían como mínimo mayor autonomía, casi la mitad de ellos preferían la autodeterminación. Lo segundo lo defendían el 24%. Evidentemente,  aquí se encuentra es la peculiaridad mayor del caso catalán, como también del vasco (en el País Vasco se ha reducido un poco el porcentaje, lo contrario que en Cataluña). Si se hiciera la pregunta hoy la fracción sería sin duda mayor (esperemos que se haga pronto en una encuesta grande).  En  contraste con esto, el grupo más numeroso de los españoles favorece el statu quo (el 42,3%), pero un 21,5% está a favor de avanzar en la descentralización. No son pocos, como tampoco lo son los que no quieren avanzar en ella dentro de Cataluña.  No somos tan distintos como nos quieren hacer parecer.

Si a eso fuéramos, la probabilidad de que un miembro de la clase media o media-alta de Cataluña defienda la autodeterminación (32%)  es  el doble de la probabilidad con la que lo defiende un obrero cualificado (16%), según los datos de la última encuesta post-electoral catalana del CIS.

Si las diferencias entre catalanes y no catalanes no fueran, como creo, tan grandes para no entenderse, y se pueden comparar a ciertas diferencias internas entre los catalanes (no es que ninguno de estos datos lo demuestren, pero comunican una cierta esperanza), podemos empezar a pensar en las soluciones políticas adecuadas en un mundo plural, sin frentes fijos (en los que un referéndum es siempre una opción, aunque sea una derrota para los no frentistas).  Creo que los portavoces visibles de los intereses de la continuidad de España lo están haciendo peor que mal; sus oponentes al menos se conducen con más inteligencia, cosa que lamento.