¿Qué puede traernos septiembre?

Lobisón

 Si el calor africano y las borrascas atlánticas se han venido sucediendo en agosto sin tregua ni tendencia clara, hacer apuestas sobre  lo que nos puede traer septiembre en economía resulta temerario. Pero hay algunos signos nuevos, aunque el primero era previsible.

Ya es oficial que las exportaciones alemanas al resto de la Eurozona han caído un 1,2% durante la primera mitad del año, y que tras el 0,5 de crecimiento del primer trimestre, Alemania se ha quedado en el segundo en un 0,3%, y todo apunta al estancamiento o a un ligero retroceso en lo que resta del año. El clima empresarial es malo, y el desempleo ha crecido.

Todo esto era previsible: la política de austeridad sin contrapartidas ha hundido la demanda en los países del sur, y en consecuencia ha disminuido la demanda de bienes alemanes, que además suelen ser más caros que los nacionales. Y lo serían mucho más de no existir el euro, conviene recordar. Ciertamente han crecido mucho las exportaciones alemanas fuera de la Eurozona, pero ésta representa aún casi el 60% de su mercado.

Esto podría llevar a un giro de la política económica alemana, entre otras razones porque habrá elecciones en 2013 y es improbable que Merkel no pretenda invertir la tendencia de aquí a entonces. Ya hace unos meses que Schäuble habló de la posibilidad de reactivar la demanda interna —como si fuera un socialdemócrata—, y eso es lo que piden no sólo los auténticos socialdemócratas, sino también los sindicatos.

Una reactivación de la demanda alemana beneficiaría al resto de Europa, pero además restaría fuerza a la ortodoxia dogmática que domina el Bundesbank y que comparte el ala más conservadora del gobierno alemán. El segundo hecho reciente que puede subrayarse son los rumores sobre la dimisión de Jens Weidmann, el actual presidente del Bundesbank, por su oposición a la posibilidad de que el BCE vuelva a comprar deuda en el mercado secundario.

Desde el gobierno se ha asegurado que Weidmann cuenta con su pleno respaldo, pero estas afirmaciones, sobre todo cuando vienen de segundos niveles, valen lo que valen. Así que bien podría pensarse que el BCE y el Fondo de Estabilidad Financiera pueden anunciar este mes un nuevo programa —más reglado y menos discrecional— de compra de deuda de los países en dificultades, y que la posición de veto de los ortodoxos se está debilitando.

Viniendo de donde venimos, estas posibilidades serían muy positivas si se plasmaran en la realidad, pero aún dejarían pendiente el problema central: la perspectiva de una recesión sin fin en los países sometidos a los recortes salvajes con el inviable objetivo de volver al 3% de déficit en 2013 o 2014.

Para que eso cambiara sería preciso un giro total en la estrategia de Bruselas y de Berlín, para reactivar la demanda —y la inversión— en el conjunto de la Eurozona. Nada de esto es previsible a corto plazo, por lo que sólo cabe desear suerte a Hollande y a Moscovici en su propósito de cambiar las relaciones de fuerza en el Eurogrupo. Por cierto, ¿hablaría en serio Hollande cuando, después de entrevistarse con Rajoy, declaró que compartían una misma visión de Europa?