Qué poco sabemos de nada

Lope Agirre 

Abrumadito estoy de toda la sabiduría que se destila, como vino recio, en estas páginas de DC, Debate Categórico, Divulgación Científica, Duelo Carbónico, Doble Colesterol, y es tanta mi vergüenza por no saber lo que debería, para estar a la altura de los debates circunstanciales, es tanta la ignominia que siento subírseme por el canalillo de las vísceras, por no ser siquiera capaz de aparentar un mínimo de entendimiento, que me veo obligado a hacer una confesión: “Sólo sé que no sé nada”. Duda Cierta, que no es lo mismo que Cierta Duda. Ya es algo, ciertamente. Dudo luego existo, quizás, quizás, quizás.

 

La primera pregunta que me hago todas las mañanas, tras haberme despachado el café con leche y los suculentos bollos, medialunas, napolitanas que le acompañan es la siguiente: “¿Qué sé yo?”. No es pregunta fácil ni sencilla, no es cuestión, como se dice ahora, baladí, que te di, porque de equivocarnos y afirmarnos, como consecuencia, en el ¡”Yo qué sé!”, estamos cambiando de tercio y de lugar sintáctico, en ese Desierto Caliente, que es el de la escritura y la comunicación.

 

No es lo mismo, ni falta que hace, preguntarnos después del almuerzo a base de tortillas, choricicos, morcillas de Burgos, todo ello regado con un buen vino del Duero Calmoso, contagiados por tanto de ese optimismo y ese ambiente de camaradería finisecular que acompaña a la sobremesa: “¿Qué no sabemos?”. Pues, bien, poniéndonos en actitud modesta y modosa, apenas sabemos todo y apenas sabemos nada.

 

Sabemos que los padres putativos de la ciencia occidental, Kepler, Copérnico, Galileo, Descartes, Hume y Kant entre otros, buscaron un modelo de ciencia que, a su vez, fuese un modelo de certeza. Ellos se dedicaron a construir el edificio (otros lo llaman iglesia) de la verdad. Sin embargo, por esa época se extendió, por contraposición y por la necesidad de equilibrio, el virus de la incertidumbre. Hume dudó y escribió, al final de sus días, claro: “A pesar de todo, estamos todos arrojados a la incertidumbre”. Lo que quedó fuera del edificio de la verdad, lo residual, se fue dispersando y ocultándose bajo diversos mantos y formas literarias hasta que salió a la luz, en esa época tan rica y tan acogedora para la experiencia sensible del mundo, que se llamó Romanticismo. Las sensaciones exigieron ser consideradas como verdades y, los sentimientos, el corazón, indagaron sobre el derecho que les asistía. “¿Y tienen derecho los sentimientos?”, pregunta Werther, personaje de Goethe, cuyo libro de cabecera era el titulado El mundo como voluntad y representación, de Schopenhauer. Tuvo mucha influencia el hombre. Borges escribió, sobre el sabio: “Si el enigma del Universo puede formularse en palabras, creo que esas palabras están en su obra”. Sin embargo, siendo el sentimiento algo verdadero, nada hay tan fácil de manipular, ni hay nada tan moldeable, mudable e inestable. No hay más que ver o dejar de ver la televisión, hoy.

 

Einstein intentó alcanzar la certeza mediante una teoría unificada, una descripción geométrica del Universo. Pensaba que una vez instaurado el modelo, seríamos capaces de deducir mentalmente todos los aspectos de la naturaleza. Contra la teoría de Einstein, Heisenberg había propuesto lo que se llama “el principio de incertidumbre”. Lo que no puede ser observado no existe”, afirmó Heisenberg, en una frase que recuerda a Wittgenstein, a la vez que sostuvo la imposibilidad de medir con exactitud cualquier partícula y, por extensión cosa, porque la medida, por sí, influye y altera las cualidades de lo que se ha de medir. En el fondo de esta teoría subyace la idea de que existe el azar, un demonio, que actúa en la naturaleza, trastocándolo todo.

 

La influencia de Heisenberg en el siglo XX ha sido clave no sólo en Física sino también en Filosofía de la Ciencia y en toda la Teoría del Conocimiento. De hecho, el indeterminismo y la no causalidad cuántica han hecho tambalearse los pilares sobre los que se apoyaba la tradición cultural occidental. También los principios físicos establecidos por Heisenberg fueron  extrapolados pronto a la Filosofía (incluso por él mismo) y subyacen en el relativismo y en el pensamiento débil abrazado por la cultura moderna. Su impacto llega hasta el ámbito de la religión y de la cosmovisión que cada ser humano tiene de su realidad y también de la realidad que le rodea. La naturaleza actúa con nosotros, como Sherezade con su príncipe; sólo interrumpe su narración, cuando desea iniciar otra, más hermosa si cabe. La naturaleza, como la narradora de Las mil y una noches, siempre nos sorprende, porque su respuesta es inesperada.

 

Einstein estaba tan desconcertado con la teoría de Heisenberg que afirmó: “Dios no juega a los dados”. La teoría de los dados, imagen del azar, fue acuñada por Heráclito. Textualmente decía que “el tiempo es un niño que juega a los dados”. Es de suponer que el tiempo, como buen tahúr, juega a los dados y hace trampas, algo que intuía Marco Aurelio, el Emperador estoico.

 

En el fondo, la actitud de Einstein es la del científico, que por confiar en la razón y en las reglas universales derivadas de la misma, cree poder demostrar y predecir los acontecimientos futuros, debido a que sabe cómo han sido los acontecimientos pasados. A Einstein le respondió el también científico Bohr con estas palabras: “No es ni puede ser tarea nuestra ordenar a Dios cómo debe regir el mundo”.

 

La alusión, tanto de Einstein como de Bohr, a Dios, significa que hay algo que se escapa siempre a la razón, un resorte último al que aferrarse, un principio de autoridad al que apelar: la fe. Como el poeta Mallarmé pienso que “una partida de dados jamás abolirá el azar”, porque quien juega a los dados muchas veces pierde razón y fortuna, sin ganar nada semejante en cambio.

 

El científico Stphen Hawking, que también ha intervenido en la polémica sobre el juego de dados divino, dijo lo siguiente: “Dios no sólo juega a los dados, sino que los lanza adonde no podemos verlos”. ¿Existe lo que no se ve? “¿Yo qué sé?”. “A mí qué me cuenta, tan sólo pasaba por aquí”.

 

Incertidumbre, sí; narración de los acontecimientos, quizás. La vida sucede y se sucede, sin saber el porqué de los sucesos. Es innato en los seres humanos el querer saber y no son pocos lo que emprenden el camino de la ciencia, y menos aún los que la alcanzan. Si excluimos a Dios de la partida, y si los dados siguen rodando, sólo nos queda continuar el juego, hasta el final, y disfrutar del momento.

 

Como dijo Rabelais, filósofo, o lo que fuere, amado por algunos miembros de esta caterva de entusiastas de la polémica, de las letras y de la filosofía, que es DC: “¡A boire, a boire, a boire!”. Tres veces hay que repetirlo, para que el Dado Cúbico, tras rodar, nos traiga ventura y placer. Y luego a comenzar con la fiesta, unas chistorras, un buen cabrito asado, no de la Legión, unos huevas de merluza, unas torrijas, y a vivir que son dos días, o tres.

 

Lo demás es pura ilusión. No lo digo yo; lo afirmó Einstein, al final de su vida, claro. También él pensó aquello de que “Sólo sé que no sé nada”.

 

Ante la muerte todos somos ignorantes, y niños. Dejémoslo Correr.