¿Qué hacer tras París?

LBNL

Como siempre tras un ataque terrorista tan traumático como el del pasado viernes en París, el shock, la tristeza y la solidaridad iniciales dan rápidamente paso a un debate angustiado y confuso sobre qué hacer para evitar que se sigan repitiendo tragedias semejantes. Simplificando, las opiniones pueden dividirse en tres grupos. De una parte los que abogan por una política menos intervencionista en Oriente Medio que desde luego no incluya las intervenciones armadas y los bombardeos (Irak, Afganistán y ahora Daesh de nuevo en Irak y Siria). De otra, los que ponen el acento en la mejora de las capacidades policiales y judiciales y señaladamente de la cooperación internacional. Y finalmente, quienes consideran que la única vía eficaz es declarar la guerra a muerte al islamismo yihadista, tanto en Oriente Medio redoblando nuestra potencia bélica, como en casa, sometiendo a un férreo control a las comunidades islámicas que habitan entre nosotros. La respuesta más correcta es, a mi juicio, una combinación ponderada y proporcionada de las tres.

No es cierto que el Islam sea intrínsecamente violento o fanático. Al menos no lo es en la medida en la que no lo son las otras dos grandes religiones monoteistas, que también contienen pasajes absolutamente racistas y violentos en sus textos fundamentales y que desgraciadamente cuentan con un largo historial de dogmatismo puesto en práctica con miles de muertos como resultado. Basta con conocer un poco algunos países musulmanes no árabes perfectamente pacíficos que profesan una versión del Islam moderna y tolerante. Como tampoco es cierto que los árabes sean incapaces de evolucionar, adaptarse a la modernidad o integrarse en nuestras sociedades. La inmensa mayoría de los árabes son personas perfectamente normales según nuestros estándares, mucho más preocupados por su bienestar mundano y la educación y el futuro de sus hijos que de los designios de Alá. También en Siria y en Irak, que eran hasta hace muy poco países absolutamente seculares en los que las mujeres se paseaban en vaqueros y con el pelo descubierto sin ningún problema. Lo que si es cierto es que el mundo árabe en general se ha mantenido al margen de la democracia desde que los diferentes países árabes fueron alcanzando la independencia. Basta conocer un poco la historia para saber que Occidente es en gran medida culpable de ello, fundamentalmente para asegurarse el suministro estable de hidrocarburos, como el de minerales en África donde no hay árabes y el Islam no es en absoluto la religión mayoritaria con algunas excepciones.

Son muchos los ejemplos de revoluciones en países árabes – y en Irán – ahogadas por dictadores que gozaron del apoyo de Occidente, Saddam Hussein incluido (busquen en Google su foto con Rumsfeld en los años ochenta, el mismo que después dirigió como ministro de defensa la invasión contra el supuesto nuevo Hitler). La política de Occidente para con el mundo árabe ha sido desde hace décadas, cuando menos injusta. Y de entre todos nuestros pecados allá, posiblemente el peor haya sido el apoyo continuado a la monarquía Saudí, que EE.UU. consolidó en los años treinta para arrebatarle el control de las mayores reservas petrolíferas del planeta a Reino Unido (son hechos: resumen corto en inglés). A cambio de la tranquilidad interior, los sucesivos monarcas wahabíes han consentido que la versión más retrógrada del Islam se propague por el mundo árabe a través de las miles de mezquitas salafistas patrocinadas con petrodólares saudíes. En ocasiones hasta hemos hecho uso de los yihadistas, como en Afganistán en los ochenta. EE.UU. no merecía el 11-S por haber entrenado y dado armas a los muyahidines que luego formaron Al Qaeda, pero sin ese apoyo el 11-S no habría tenido lugar.

La invasión de Irak por Bush está en el origen de muchos de los males que nos aquejan hoy. Saddam era todo menos un santo, pero EE.UU. deshizo el ejército y la administración, y los corruptos gobiernos chiítas que le sucedieron, sostenidos con el apoyo de las tropas norteamericanas, han marginado a los suníes que luego formaron Daesh durante más de una década. Al lado, en Siria, la primavera árabe degeneró en una guerra civil entre la minoría alawita dominante y la mayoría suní, cuyas milicias fueron de nuevo armadas por las monarquías del Golfo y EE.UU. Daesh aprovechó el caos para tomar el control de una parte del territorio desde la que poder atacar Irak y conquistar las provincias de mayoría suní, estableciendo el califato que tan atractivo resulta para los jovenes musulmanes radicalizados europeos, que mientras que en casa son ciudadanos de segunda marginalizados, en Irak y Siria encuentran una misión divina que da sentido a sus vidas.

Desde hace cosa de un año EE.UU. y otros, incluidos varios países árabes, vienen bombardeando las posiciones de Daesh, primero en Irak y luego también en Siria, pero no hemos sido capaces de derrotarles porque ni hemos acudido todos a la lucha ni hemos puesto toda la carne en el asador para poner fin a la guerra civil siria. Asad es un dictador que masacra a su pueblo y no queríamos ensuciarnos las manos pactando con él. El resultado son cientos de miles de refugiados que han perdido la esperanza de poder volver a sus casas y, por supuesto, la amenaza que representan los varios miles de árabes fanáticos con experiencia en combate y pasaporte europeo en el bolsillo si deciden, como parece que ya está siendo el caso, traer la guerra a nuestras ciudades.

El pasado post colonial es el que es y no se puede cambiar, pero si conviene no seguir ahondando en la herida para mitigar el flujo de yihadistas. Sin embargo, lo que urge a corto plazo es redoblar los esfuerzos para vencer a la encarnación del mal que supone Daesh. Antes del atentado contra Charlie Hebdo, sólo cuatro agencias de inteligencia de la Unión Europea compartían datos. El problema no son las fronteras abiertas de Schengen sino la falta de cooperación suficiente de las agencias de inteligencia europeas con sus colegas. Lo mismo ocurría en EE.UU. donde si el FBI y la CIA hubieran compartido la información, seguramente habrían conseguido evitar el 11-S. La información de inteligencia es por naturaleza sensible y difícil de compartir, pero la situación actual es francamente mejorable y bastaría con que se cooperara como se hace a nivel nacional con las demás fuerzas de seguridad.

También es necesario actuar de urgencia contra los núcleos islamistas radicalizados que habitan en nuestros países. La libertad de culto debe ser preservada, también para los musulmanes, pero no es de recibo que la policía se abstenga de entrar en barrios enteros que se sabe son un vivero de yihadistas dada la mortífera combinación entre el imán de la guerra en Oriente Medio y los imanes financiados con dinero del golfo. Que la policía no se atreva a entrar en las tres mil viviendas de Sevilla o prefiera no entrar para evitar altercados, no es de recibo tampoco, pero el precio es un poco más de delincuencia. Con el islamismo yihadista el precio es demasiado alto como para no actuar.

No son sólo las vidas truncadas por los atentados sino también el daño que el terrorismo yihadista hace a nuestro modelo de convivencia. La seguridad absoluta no existe y ni siquiera es deseable por el precio que implicaría. De la misma manera que asumimos una cifra de muertos en carretera como el corolario indispensable a nuestra posibilidad de desplazarnos en coche y no estamos dispuestos a prohibir la conducción de noche o cuando llueve, circunstancias que objetivamente aumentan la siniestralidad, tampoco queremos someternos a controles de seguridad draconianos para entrar en un bar o en un estadio. Ni queremos vivir una vida atenazada por el miedo.

Tengo muchos amigos árabes y ni un pelo de racista. Me parece muy bien que cada uno vista como quiera y rece a quién le dé la gana, también a Mahoma, pero de la misma manera que le exigíamos al PNV postergar su reivindicación de la independencia mientras ETA mataba por la misma causa, es perfectamente legítimo exigir a los que se pasean con chilabas y largas barbas que se pongan al frente del combate contra los violentos, o asuman las consecuencias. La inmensa mayoría de los marroquíes que habitan en España no tendría problema con que se actúe con mucha mayor severidad contra los más radicales de entre ellos. Siempre que se haga bien, por supuesto, controlando y sancionando a quien da muestras de radicalidad, pero sólo a los que las dan.

Francia ya ha empezado a bombardear la principal base de Daesh en Siria. En paralelo, el mismo sábado tuvo lugar la segunda reunión ministerial del denominado Grupo de Apoyo Internacional para Siria, con participación de EE.UU. y Rusia, por un lado, y de Arabia Saudí e Irán, por otro, es decir, todas las partes que han venido favoreciendo sus intereses particulares encontrados durante los últimos años. No será fácil poner fin a la guerra pero al tiempo que se le golpea a Daesh más y más duro, la comunidad internacional tiene que conseguir materializar el alto el fuego que se ha impuesto como objetivo para final de año. Hoy mismo se reúnen los Ministros de Exteriores de la Unión Europea y el enviado de la ONU para Siria participará en la reunión. Mañana se reunirán los Ministros de Defensa según el calendario previsto antes de la masacre de París.

En conclusión, si bien no será posible eliminar la amenaza yihadista a corto plazo, si lo es a medio y largo plazo, si se hacen las cosas bien y se dan pasos paralelos hacia: i) una política más justa (o menos injusta) en Oriente Medio, ii) una mejor integración de la inmigración árabe en nuestras sociedades, iii) una mayor cooperación internacional (y especialmente europea) de las fuerzas de seguridad y de inteligencia, iv) control más decidido contra los islamistas radicales en Europa, v) mantenimiento de la presión diplomática para alcanzar un alto el fuego en Siria y, mal que le pese a Pablo Iglesias, vi) recrudecimiento sustancial de la guerra contra Daesh en Siria e Iraq, hasta su aniquilación porque no hay ninguna posibilidad de negociación. El último punto no tiene nada que ver con la venganza: al cáncer se le vence quemando el tumor. El primero vendría a ser el equivalente a dejar de fumar: para reducir las posibilidades de que el tumor rebrote. No hay contradicción entre uno y otro y es una falacia que haya que optar entre ser apaciguador/buenista o halcón/belicista.