¿Qué esperar de la segunda parte del año?

José D. Roselló

En este final del mes de junio se están escuchando abundantes valoraciones acerca del posible desempeño de la economía española en el segundo tramo del año. Al deseo, compartido por todos, de dejar atrás la crisis que nos atenaza, se une la intención del Gobierno y resto de autoridades españolas, de mandar un mensaje optimista. Es oportuno  observar con desapasionamiento los datos de los que disponemos hasta el momento para tratar de aquilatar el pronóstico.

Para empezar, 2013 parte con una ventaja a la hora de mostrar signos positivos, si lo comparamos con el año anterior. Esta ventaja consiste en que 2012 fue un año muy malo, sin paliativos. Al mal estado general de la economía europea, que es nuestra zona principal de exportaciones, se unieron las políticas de contracción de la demanda tomadas por el Gobierno nacional a fin de tratar de recortar el déficit público. Fue en julio del año pasado cuando España experimentó un impacto negativo, de unos seis puntos de PIB, en forma de contracción del gasto e inversión públicos, más subida de impuestos.

Los efectos de este choque negativo, de enorme volumen, se dejaron sentir en la parte final de 2012 y todo este año, aunque más concentrados en su parte inicial.

Por tanto, basta con que 2013 no sea portador de más recortes para experimentar una mejor situación relativa. A pesar de que los mensajes de Bruselas y la Troika abundan en que haya subidas adicionales de impuestos indirectos y especiales, la cierta relajación concedida a la hora de cumplir los objetivos de déficit este año y el que viene, permiten augurar que en lo que resta de año no habrá otro “garrotazo” como el del año anterior.

No obstante, la situación descrita se alinea más con la valoración de que “no vamos a empeorar demasiado”, que con la de “se aproxima una mejoría palpable”.

Sí, desde el Sector Público se va a hacer una cierta pausa en lo de restar impulso, pero esto no significa ni que el esfuerzo vaya a ir en dirección contraria –lo que sería muy conveniente-, ni que la parte privada de la economía esté dando señales claras de que se halla en disposición de coger el relevo a la hora de tirar del carro.

Bienvenida sea la reducción del paro registrado en el mes de mayo, previsiblemente acompañada de una conducta similar en los siguientes meses de verano. No se olvide que gran parte de esta reducción tiene su origen en factores estacionales y que será revertida en otoño e invierno. Al final de año  se observará de verdad el efecto neto, y este no se prevé positivo.

Bienvenidos sean también los datos provenientes de exportaciones y turismo, mejores que los del año pasado. No se olvide tampoco que, comparados con la serie histórica, distan de ser atípicos. Apuntan más bien a una cierta vuelta a la normalidad. Como ya se ha comentado en algún artículo anterior, se está abusando dialécticamente de los datos de las exportaciones, posiblemente debido a que son los únicos que muestran una clara mejoría, tratando de convertir un comportamiento cercano a “vuelta a la normalidad” en un indicador de que el sector exportador está siendo un motor importante en nuestra economía. 2010 y 2011, por ejemplo, fueron años claramente mejores en términos exportadores y su impacto en el resultado general fue discreto. Si se están observando saldos positivos en la balanza comercial española (hecho muy inusual y positivo para el crecimiento), se debe en mayor medida a lo poco que compramos que a un incremento anormal de lo que vendemos fuera.

El factor clave que nos mantiene anclados en la crisis es el enorme peso de nuestro desempleo. Este hecho, sumado a los recortes de servicios públicos y a las medidas derivadas de la reforma laboral, que está permitiendo bajadas de los salarios reales, hacen que el consumo privado, principal motor del PIB, siga aún presentado, y anticipando a corto plazo, decrecimiento.

Ni las matriculaciones de automóviles, ni los índices de comercio minorista, ni las expectativas de los consumidores, han pasado a crecer. Siguen decreciendo, aunque es cierto que a menor velocidad, pero siguen decreciendo.

Paralelamente, lo mismo sucede con el crédito. Al menos hasta el momento, el sector financiero nacional está más cobrando deudas pasadas que concediendo crédito en el presente, con lo cual el saldo global de su aportación a la economía es de una disminución de recursos.

Con estos dos factores aún decreciendo, no podemos esperar crecer ni generar empleo de manera palpable, fuera de que algún dato concreto, mes a mes, pueda dar otra impresión.

Si desde dentro estamos frenando y de fuera no viene gran cosa, el resultado global no pude ser bueno: en economía no hay milagros,

En lógica conclusión, las previsiones económicas del gobierno y de los organismos internacionales apuntan a que 2013 todavía será un año con decrecimiento del PIB y aumento del desempleo, menos malo que 2012, pero aún negativo.

Una receta conveniente para dar la vuelta a la situación es la que viene siendo reclamada desde hace ya varios años por agentes tan poco sospechosos de heterodoxia como el Gobierno Estadounidense: estímulos monetarios, fiscales e intervención del BCE para garantizar que los gastos de la deuda española, y de otros países en similar situación, no se disparen. Sin algo en este sentido,  la controversia sobre si decrecer menos que el año anterior debe llamarse “mejoría” o “menor empeoramiento”, es un típico caso de discusión bizantina.  Aún no se atisban elementos que señalen una salida de la crisis. Ojalá cambie la situación lo antes posible, naturalmente.