Pues sí que pudieron

Senyor_J

Durante muchos meses hemos avisado de que venía una fuerte patada al tablero político español, pero no creo que muchos se lo acabasen de creer del todo hasta ayer. La democracia española se ha caracterizado siempre por tener un partido fuerte rozando o superando la barrera de la mayoría absoluta (176 escaños) y el lunes por la mañana se despertaba con un panorama en el que el partido más votado sumaba tan solo 123. Tradicionalmente también existía una segunda plaza ocupada por otro gran partido, cuyos resultados superaban con holgura los 100 escaños, pero desde el lunes por la mañana esa plaza la ocupa un partido con 90 escaños. También era habitual que la identidad de esos dos partidos fuera PP-PSOE o PSOE-PP y miren ustedes que eso no ha cambiado, pero también era frecuente que tras esos dos partidos existiera una amplia zanja de escaños que encontraba al tercer partido en importancia de la cámara con una cifra que como mucho rondaba los 20 escaños. Pues mira por donde que ahí sí que se ha producido una novedad enorme: resulta que en tercera y cuarta posición aparecen dos partidos con capacidad más que suficiente de condicionar gobiernos y aspirar a liderar uno en un futuro no muy lejano. Se trata de Podemos, que junto a las candidaturas de confluencia en que participa ha conquistado 69 escaños, y Ciudadanos, con sus 40 escaños. Hasta ayer parecía que la dinámica bipartidista era una constante inevitable en nuestro sistema democrático, bipartidismo imperfecto le llamaban, pero el 20 de diciembre el mito se derrumbó completamente y apareció un nuevo tipo de Parlamento, el del multipartidismo perfecto, aquel en que solo una suma de varias siglas es capaz actualmente de formar un gobierno. Y ello es así, porque además de estos cuatro partidos, subsisten otros grupos más pequeños, con los partidos nacionalistas conservando su cuota, y algún partido venido muy a menos como Izquierda Unida o Coalición Canaria que deberán residir en el Grupo Mixto. Todos ellos han generado una aritmética parlamentaria tan compleja, que solo las alianzas con múltiples actores pueden asegurar la formación de un gobierno.

Esta es la nueva realidad de la política española, para la que no hay precedentes, para la que no hay marcos preconstruidos sobre los que vender una solución lógica y que los actores van tardar mucho en asumir. La adaptación a la misma aun será más lenta. A primera vista todos coinciden en un diagnóstico: combinaciones imposibles, ergo convoquemos elecciones nuevas. Y tal vez sea eso lo que nos encontremos en los próximos meses, pero con un escenario electoral tan volátil como el español, los resultados podrían ser muy inciertos y varias serían las cabezas que rodarían en el transcurso de esos meses: alguno puede que ni se pudiera presentar y otros verían mermada su representación actual, lo que acabaría desembocando en la dimisión de sus dirigentes. No serán pocos los que pensarán que unas nuevas elecciones devolverían una cierta normalidad, pero bien pudiera ser también que esa mutación profunda haya llegado para quedarse.

Pero no nos adentremos todavía en el laberinto de las negociaciones y las propuestas de acuerdo y centrémonos en dos cuestiones que son las que querría destacar hoy. La primera es valorar de quien es el mérito y el mérito es de la gente, que sigue adoptando nuevas actitudes hacia la política, y que comprueba como la televisión privada y las nuevas tecnologías les han acercado a nuevas realidades que les han ido pareciendo cada vez más plausibles como alternativa de gobierno. La primera sacudida vino en mayo, con el éxito de las candidaturas del cambio, que asaltaron los grandes ayuntamientos españoles y ese éxito ha sostenido buena parte de ese impulso que Podemos vivió en el 20D y que lo aupó a una inédita suma de 69 escaños -sumadas las candidaturas de confluencia-, al liderazgo en votos territorios tan especiales como Cataluña y País Vasco y a la segunda plaza en lugares como Valencia, Navarra, Galicia o Baleares. Otro impulso  ha venido de la inercia de ese viaje político que ha realizado Podemos en el último año y medio, tras su eclosión en las elecciones europeas. De la mano del liderazgo de Pablo Iglesias Podemos ha pasado de ser una sorpresa, a ser considerada primera fuerza en intención de voto, para caer después entre ataques mediáticos y aparición de Ciudadanos -el otro gran beneficiado del efecto Podemos- y levantarse finalmente de nuevo en este último mes de campaña y precampaña. A Podemos le sentó bien la campaña, le sentaron bien los debates y fue capaz de poner a la clase política ante el espejo: unos políticos que huelen a naftalina frente a un país en estado de emergencia entre corrupciones, deterioro de las condiciones de vida y austeridad a ultranza. Y más allá aun están los efectos de la crisis, con todo lo que ello ha comportado, e incluso está ese 15M, sin cuyo impulso no sería entendible ni la forma electoral que cobra la indignación ni la aparición del propio Podemos.

Pero hay otro factor aquí, que es el reflejo de los conflictos territoriales que estas elecciones ha dado. Si el tablero político esta pateado, el esquema territorial se resquebraja. Los resultados de Galicia, País Vasco y Cataluña, pero también de Valencia o Baleares apuntan a un cuestionamiento total de la España radial, que no solo es radial en infraestructuras sino también en pensamiento político. El bipartidismo ha hecho un inmenso ejercicio de negación de los problemas territoriales, aunque Cataluña haya puesto al país al borde de la crisis de Estado, y ha tenido que venir Podemos a obtener un buen resultado al grito de que esos problemas se resuelven votando. El éxito d’En Comú Podem tomando como lema la necesidad de un referéndum a la escocesa para Cataluña, frente al viaje a ninguna parte del Procés y el inmovilismo del bipartidismo en la materia, alcanzando unos registros que no se veían en Cataluña desde las eras doradas del PSOE, no debería tomarse a la ligera, ni tampoco que en estas elecciones pueda hablarse de un cinturón morado alrededor de Barcelona que bien podría estar en condiciones de preparar un auténtico terremoto en las municipales de 2019.

Dijeron que Si Se Puede y han podido. Es evidente que no es un éxito total, no solo por lo desigual de sus resultados entre territorios peninsulares, sino también por no haber sido capaces de sobrepasar a PP o PSOE, pero el cielo no se toma por asalto sino peldaño a peldaño. Una propuesta tan novedosa solo puede penetrar por las zonas más porosas, en este caso las grandes ciudades,  y extenderse poco a poco por las más impermeables. Son momentos de cambio porque son momentos de crisis, porque esa crisis que empezó en 2008 no ha sido superada y porque el cuestionamiento de las instituciones políticas es un resultado de la misma que también debe resolverse. Pero también porque muchos siguen disputando el partido de la misma manera cuando las reglas del juego han cambiado por completo. Es tiempo de extraer conclusiones, es tiempo de reconocer que cuando alguien recrimina a los partidos del sistema que han robado y que han arrebatado derechos o han contribuido a ello no está haciendo demagogia, sino que está diciendo la verdad. Y es por eso que la gente lo vota.