Puentes sobre el Bósforo

Barañaín

Fue una casualidad que la reciente visita hecha por Zapatero a Turquía coincidiera con la escalada de agresividad verbal y diplomática desencadenada por el islamista Erdogan, jefe de gobierno de aquel país, tras el varapalo recibido con el informe de la “comisión Palmer” al Secretario General de la ONU sobre el incidente del Mavi Marmara y resto de la flotilla turca que intentó romper el bloqueo israelí sobre Gaza. Recuérdese que dicho informe –en cuyos trabajos han participado también representantes de Israel y Turquía-, ha avalado la legalidad del bloqueo y de la interceptación israelí de la flotilla islamista.

El gobierno de Recep Tayip Erdogan encajó muy mal el informe Palmer y, tras renegar del mismo, suspendió acuerdos militares con el gobierno de Jerusalén, anunció que piensa tomar acciones legales contra algunos políticos israelíes y, ya lanzado, aseguró que “Turquía va a tomar medidas para garantizar la libre circulación en el este del Mediterráneo”. El propio Erdogan concretó –en una entrevista en la televisión qatarí Al Jazeera-, que la armada turca escoltaría a los barcos que llevaran asistencia a los palestinos de Gaza, sugiriendo así nada más y nada menos que la posibilidad de un enfrentamiento naval con Israel (posteriormente, como suele ocurrir en estos casos, lo ha desmentido, ya que sus palabras “no fueron bien interpretadas”.

Pero no parece que Zapatero –que ya no está para muchos trotes-, aprovechara la ocasión para intentar frenar a su lenguaraz anfitrión. Invocando usos diplomáticos, se limitó a declarar que “entendía que Turquía quiere una reparación” y que deseaba un acuerdo entre Turquía e Israel que zanje este asunto. Él no iba a eso sino a felicitarse, junto con “su amigo Erdogan”, del supuesto éxito (¿?) de la “alianza de civilizaciones” que ambos apadrinan y a reiterar su deseo de ver a Turquía, cuanto antes, en el seno de Unión Europea. Bueno, iba a eso y a cuidar de nuestras inversiones allí (que no en vano Espala es el primer inversor extranjero en Turquía) ahora que Erdogan está embarcado en un ambicioso plan de privatizaciones y obra pública. Contaba en El País que “la joya de la corona es la construcción de un tercer puente sobre el Bósforo, por unos 1.400 millones de euros, al que aspira la constructora OHL”.

Pero no son sólo ni principalmente  los puentes de cemento y acero los que están en juego.  El asunto de la posible integración de Turquía en la UE está bastante frío. Y ahora ya por ambas partes. Parece que desgastados los sectores europeístas turcos en el hasta ahora inútil empeño de superar los obstáculos de los países  -Francia y Alemania sobre todo -, más reacios a acoger a ese país como socio, en la opinión pública turca está debilitándose la apuesta por entrar en este club. Paralelamente, el gobierno islamista de Turquía ha descubierto las posibilidades que la inestabilidad en la zona le brinda para desempeñar el rol de potencia regional. Quizá  ya  no le interese tanto asegurar dentro de la UE su papel como “puente entre el mundo occidental y el mundo islámico”como asentar su liderazgo político en el medio oriente. Es ahí, en esa pretendida vocación, respecto a la cual Turquía no había conseguido aún demasiados éxitos, donde cobra su sentido la aparatosa indignación mostrada por Erdogán frente a Israel.  

La actuación de Turquía en la guerra civil libia fue ambigua. Ankara invirtió mucho en el apoyo a los rebeldes de Libia. Sin embargo, cuando Gran Bretaña, Francia, Jordania y las fuerzas especiales de Qatar irrumpieron en Trípoli el 21 de agosto y derrocaron al régimen de Gadafi, Turquía se quedó atrás, como olvidada. Ahora se procederá al reparto del petróleo de Libia como botín de guerra entre las potencias occidentales y Qatar, con Turquía dejada de lado. Las revueltas de la “primavera árabe” frustraron sus planes de relacionarse más estrechamente  con Irán y Siria. Cuando Erdogán trató de imponer su estatura política ante el presidente sirio Bashar Assad exigiéndole que dejara de matar a su población, lo único que ganó fue una advertencia de Irán (de hecho, desde el 9 de agosto, cuando el premier turco mandó a un enviado especial para tratar de frenar a Assad, el dictador sirio asesinó a más de 400 personas, incluyendo 100 refugiados palestinos de Latakia). Y sus diferencias con Arabia Saudita y los países del Golfo Pérsico tampoco le permiten consolidar una alianza estratégica con el bloque sunnita. Así las cosas,  Erdogan parece apostar todas las fichas contra el Estado judío para tratar de mostrarse como el gran líder musulmán. Es esa una baza que aún funciona ante la opinión pública árabe y musulmana.

 En términos estrictamente ideológicos, la ecuación es simple: Israel es un Estado judío y el gobierno turco es islamista. El mismo Erdogan proviene de una tradición anti-judía, ya que su mentor político fue Necmettin Erbakan, fugaz primer ministro turco (fallecido este mismo año) y un declarado antisemita. Por eso,  la crisis en las relaciones de Turquía con Israel si bien ha alcanzado ahora su punto álgido se viene gestando desde que  el partido AKP -el islamista-, tomó el poder. Ya en  2006, durante la segunda guerra del Líbano, Erdogan permitió que Irán enviara armas a Hezbollah a través de territorio turco. En febrero de 2006, recibió oficialmente en Ankara al líder de Hamás Khaled Mashal (que vive escondido). En el 2009, durante el Foro Económico Mundial de Davos,  un grosero Erdogán insultó públicamente al Presidente de Israel Simón Peres. Y en ese mismo 2009, la televisión estatal turca comenzó a transmitir series de ficción que mostraban a soldados israelíes asesinando intencionalmente a niños palestinos. En marzo de 2010, Erdogan afirmó que el Monte del Templo, Hebrón y la Tumba de Raquel en Belén nunca fueron lugares judíos, disparate que gusta mucho cultivar en los medios árabes más fanatizados. Todo eso antes de  promover o facilitar al menos en 2010 la excursión de la tristemente famosa flotilla.

 A menudo, en el contexto de la “primavera árabe” se ha invocado el caso turco como ejemplo de convivencia entre islam y modernidad. Pero Turquía no ha alcanzado su actual grado de modernidad -que no está, por cierto, asegurado-, gracias al islamismo ahora gobernante, sino a pesar del mismo. Edorgan fue criado como musulmán sufí y apenas hace una docena de años estaba detenido por cantar en voz alta que “las mezquitas son nuestros cuarteles, las cúpulas nuestros cascos, los minaretes nuestras bayonetas y los soldados nuestros fieles“. Mientras los grandes medios occidentales se esfuerzan por describir a su partido islamista, el AKP, como “moderado“, el propio Erdogan ha declarado que describir al Islam como moderado “es ofensivo y un insulto a nuestra religión“. Es el mismo Erdogan que ha abrazado a los presidentes de Irán y de Sudán (Erdogán dijo que prefería recibir al siniestro Omar al-Bashir, acusado de genocidio ante el Tribunal Penal Internacional antes que a Netanyahu). El mismo Erdogan que se enfada cuando se le mencionan las matanzas de armenios achacadas a Turquía porque según él “ningún musulmán puede perpetuar un genocidio“.

 Un Erdogan que mientras regaña a Assad por disparar a los manifestantes sirios, ordena ataques aéreos contra el Kurdistán (que en el último mes han causado la muerte de más de un centenar de kurdos) pues mientras insiste en que Israel debe aceptar el establecimiento de un Estado palestino, ni se plantea imaginar como vecino a un estado kurdo independiente. Un Erdogan que  insta a Israel a negociar con Hamás, pero no se inmuta al proclamar que para Turquía -que acaba de celebrar sus 37 años de ocupación de parte de Chipre-,  es “una desgracia tener que sentarse en la mesa de negociaciones con los chipriotas griegos en las Naciones Unidas“. 

Afortunadamente, sus críticos confían en que aunque su fobia antijudía sea auténtica, sus arrebatos públicos contra Israel son oportunistas. Perro ladrador, poco mordedor. El actual conflicto diplomático cederá: cuanto más presiona Turquía para que Israel se disculpe, más excesivas parecen las amenazas de Turquía si no lo hace, y por lo tanto, más probabilidades existen de que Israel no haga lo que Erdogán pretende, o sea, comportarse como un estado “dhimmi”. La sangre no llegará, probablemente, al río. Pero, de momento, su histrionismo amenaza con hacer descarrilar la política de Oriente Medio de los Estados Unidos al colocar a sus principales aliados, Turquía e Israel, en riesgo de colisión militar. Todo un disparate.