PSM: la perfección no existe pero hay que aspirar a ella

MCEC

Ante la dificultad para reformar algo profundamente viciado, a veces parece más fácil y eficaz derribarlo completamente y reconstruir desde cero antes que intentar arreglarlo. A medida que voy conociendo las interioridades del Partido Socialista de Madrid más me parece aplicable el concepto al PSM. El lector que no milite en un partido político pensará que la inapelable derrota del PSM en las recientes elecciones municipales y autonómicas debería llevarse por delante cualquier atisbo de continuidad en un partido condenado por los ciudadanos de Madrid a la oposición desde 1991: desde hace 17 años!!! Especialmente si la dimisión del Secretario General provoca la creación de una gestora y la convocatoria de un Congreso extraordinario, como ha sido el caso. Pues no está tan claro en absoluto.

A pocos días vista de la elección de delegados para el congreso, abundan los supervivientes profesionales, expertos en maquinaciones y dispuestos a perpetuar sus malas artes sin rubor alguno.  No se preocupen que no es mi intención resumir los últimos 20 años de corrientes, familias y movimientos “corporativos��? en la ex FSM, que me interesan tan poco como al lector inteligente y que por ello mismo, no conozco en detalle, más allá de las etiquetas popularizadas por los medios de comunicación: guerristas, luego acostistas, renovadores, renovadores por la base (el nombre intuía un Tamayo escondido) leguinistas, simanquistas, etc. Baste decir que la única corriente de opinión ha sido siempre Izquierda Socialista, operando todas las demás como familias, clanes o tribus, para el reparto de cuotas de poder orgánico e institucional (este último, no es de extrañar, menguante), en función de lealtades y odios personales.  Ahora todo el mundo reniega de las familias y, supuestamente, todas se han disuelto. Pero al mismo tiempo se multiplican las llamadas a no vetar o excluir a nadie, entre otras cosas porque quien más y quien menos tiene un pasado de, cuando menos, afinidad a una de ellas, y en la mayoría de los casos, a varias, según iban soplando los vientos.Estamos hablando de una organización con vocación de masas, es decir, con aspiración a atraer a la mayor cantidad de ciudadanos posible. Y sin embargo, la militancia no pasa de 23.000 personas, para una comunidad autónoma de alrededor de 5 millones y un partido que, incluso en los peores momentos, no baja de varios centenares de miles de votos. Hay mucho votante y simpatizante que no tiene ninguna gana de militar en el partido pero también muchas personas que han tratado de entrar y, o bien no les han dejado hacerlo, o bien han acabado abandonándolo al poco tiempo por la imposibilidad de contribuir a hacer nada interesante o por estar hasta el moño de ser vilipendiados innecesariamente. De hecho, uno de los tres candidatos a la Secretaría General (en realidad dos, el tercero es meramente virtual), declaró el otro día en presencia de un centenar de militantes que él no tenía miedo a crecer en militancia. Y se quedó tan ancho. O bien se trataba de una “excusatio non petita��?, o bien su entorno sí tiene miedo a perder el control de la minoría de bloqueo de la que presume el ínclito Acosta. Tras la bofetada electoral y la subsiguiente dimisión de Rafael Simancas, el alcalde de Parla, Tomás Gómez, fue literalmente impelido a salir a la palestra y presentarse como candidato a la Secretaría General. Al parecer fue guerrista en su juventud. Pero importa bastante más que dejó de serlo años ha, atreviéndose a encabezar una lista electoral que resultó ser la más votada entre los municipios nacionales de entidad suficiente. Y consiguió revalidar su mandato, probando con ello la virtud de su gestión. Frente a Tomás se presenta Cepeda, diputado autonómico de buen verbo mitinero, que se ha aprendido el discurso de moda: quiero junto a mí a los mejores, incluso críticos; se acabaron las familias, tenemos que volver a conectar con la ciudadanía madrileña, etc. El problema es que a la primera de cambio desliza que “su gente��?, que es muy disciplinada, representa al menos al 40% de la militancia… Y se te viene a la cabeza eso de que no le dé miedo crecer en militantes; no vaya a ser que la minoría de bloqueo se reduzca. Hasta aquí todo normal: un candidato que declara que prefiere ganar por poco a casarse con nadie para ganar y otro que se declara el candidato de los militantes, pero que no hace ascos cuando se le describe como el guardián de las esencias. ¿De qué esencias? ¿De las rechazadas repetidamente por la ciudadanía madrileña? No, de las esencias de Pablo Iglesias y Largo Caballero, de lo público frente a lo privado, etc. Lo que no obsta para criticar en la misma oración la campaña electoral de Simancas, precisamente por incidir en mensajes no verdaderamente actuales. Está por ver que el tal Tomás Gómez merezca el lema acuñado por algunos de sus fans de “Tomás na más��?. Pero tanto su discurso, en completa sintonía con lo que cabría esperar tras las repetidas derrotas y el pésimo funcionamiento interno del partido, como su actitud personal, cercana a los interlocutores, le convierten en “la gran esperanza blanca��? para el PSM. La necesaria neutralidad de la gestora nombrada por Ferraz no es óbice para que el sentimiento de que Tomás es el caballo ganador se haya filtrado a la militancia. De tal manera que junto a los militantes que desean un cambio de verdad, los “supervivientes��? de las familias se han convertido en fervientes Tomasistas de la noche a la mañana. Ley de vida, se puede aducir. Sí, el problema es que “los supervivientes��? son el cáncer que hace necesario que Tomás Gómez se presente, gane y cambie el partido de arriba a abajo. Y se han ganado la supervivencia a base de acudir a congresos del partido negociando el apoyo de sus votos a cambio de prebendas personales, tanto puestos en listas autonómicas y municipales como nombramientos lucrativos en entidades públicas. 

En este sentido Cepeda y sus acostistas son muy transparentes. No aspiran a ganar, quieren simplemente dejar claro que controlan un porcentaje suficiente de los delegados, de las agrupaciones, de la militancia, como para que no se pueda prescindir de ellos. Y poder así incluir a sus primeros espadas en el reparto. Igualmente transparentes son los militantes que, con sentido común, observan que el PSM tiene que reinventarse completamente, modernizar su discurso, adecentar sus mecanismos de decisión internos y conectar con la realidad social de Madrid, objetivos todos ellos perfectamente realistas si las personas escogidas para ponerlos en práctica son minimamente capaces y sensatas. El problema es que al Congreso acudirán muchos delegados “tomasistas��? sólo de boquilla, avalados por una trayectoria que les inhabilita para apoyar un discurso de cambio real. Y el peligro es que Tomás Gómez y el entorno de su candidatura, temerosos de que una criba demasiado profunda entre sus apoyos pudiera provocar una sobre representación de Acosta y su gente, ceda y transija. Yo sólo tengo un voto para la elección de delegados que tendrá lugar el próximo viernes en mi agrupación, la de Centro. Pero, en lo que valga, irá a favor de una lista que apoye a Tomás Gómez siempre que no incluya a personajes que se han distinguido precisamente por hacer lo contrario de lo que Tomás predica debe ser el futuro del PSM. La perfección no existe pero es hora de tomarse el cambio del PSM verdaderamente en serio. Son demasiados años de cambalaches y prácticas cuasi mafiosas como para sumarse a un nuevo ejercicio de que todo cambie para que todo siga igual.

Tomás Gómez a la Secretaría General, sin duda, pero libre de servidumbres frente a los que pidieron la retirada de Miguel Sebastián para tratar de singularizar la derrota y trataron de convencer a Rafael Simancas de que no dimitiera con el exclusivo fin de evitar la catarsis y poder así preservar su poder orgánico.