Prostitución

José S. Martínez

Con cinco votos a favor, 329 en contra y seis abstenciones, el Congreso de los diputados ha rechazado la moción de ERC para regular la prostitución. No siempre se encuentra tanta unanimidad en el Parlamento. Mucha claridad política para un problema con muchos matices, que creo que refleja grandes tensiones sociales, las que hay en torno a la explotación económica, común a todo el trabajo asalariado, la dominación, que afecta a todos aquellos con escasos recursos y pocas alternativas, y la intimidad. Aquí presento algunas ideas que espero que ayuden a entender mejor las dificultades de pensar la prostitución.

Quienes defienden la prohibición de la prostitución emplean argumentos basados en derechos humanos. El argumento de la explotación señala varias características asociadas a dicha actividad. Una de ellas es que las prostitutas trabajan con su cuerpo, con grave riesgo de enfermedades profesionales, ¿prohibimos entonces el trabajo de los mineros? Otro argumento es que trabajan con un ámbito íntimo, ¿prohibimos los programas de cotilleos y perseguimos a esos vendedores de su vida erótico-afectiva? No sólo es la intimidad afectiva, es también la intimidad sexual lo que está en venta: si este es el buen argumento, deberíamos prohibir dichas escenas entre actores y actrices (estuvieron prohibidas hasta los 70). Y puestos a prohibir, los masajistas también, pues al igual que las prostitutas, trabajan con su cuerpo sobre otro cuerpo. También se señala la hipocresía de quienes defiende el derecho a ejercer un trabajo que no quieren para sí, o, en el caso de los varones, para sus mujeres (esposas, madres, hermanas, hijas…). Si es así, deberíamos prohibir todo tipo de actividad que no queramos para nosotros o para nuestros seres queridos, por ejemplo, prohibir que haya monjas de clausura. En general podemos decir que las prostitutas están explotadas, sí, pero como muchos otros trabajadores; nos recuerdan que el capitalismo se basa en la explotación, una relación formalmente entre iguales, pero en la que uno de ellos está en desventaja material. La única especificidad de su trabajo es que está vinculado al sexo.

Todos los argumentos expuestos en el párrafo anterior tienen en común un enfoque que corresponde al ejercicio de la libertad individual. Como decía Justine Abellán, representante en CCOO de las trabajadoras del sexo catalanas hace unos años: “Estamos hartas de que otras mujeres hablen por nosotras”. Es decir, si una persona mayor de edad decide bajo una situación en la que tiene otras alternativas válidas, nadie puede prohibirle ese trabajo (nadie está defendiendo la existencia de esclavas sexuales). En El País Semanal de hace unos años, si no recuerdo mal, Juan José Millás acompañó durante 24 horas a una prostituta, que consideraba más humillante que la prostitución estar limpiando durante varias horas vómitos de otras personas, un trabajo que también había realizado en un barco.

Otra línea de argumentos tiene que ver con derechos colectivos. Desde esta perspectiva, el ejercicio de la prostitución no es un derecho individual, sino una actividad que degrada a todas las mujeres en su conjunto; es por esto por lo que esta actividad se considera violencia contra las mujeres, independientemente de que sea consentida o no. Un mundo en el que haya prostitución es un mundo donde los hombres terminan por ver a todas las mujeres como objetos sexuales, y por tanto, un mundo que fomenta la desigualdad de género. El que haya una prostituta atenta a los derechos de todas las mujeres. Por tanto, de nada sirve que haya prostitutas que hayan optado libremente por serlo, pues en el ejercicio de esa actividad, degradan a todas las mujeres. Como vemos, la naturaleza de este argumento es muy distinta de los anteriores, pues contradice los derechos individuales. Y como todos los argumentos sobre colectivos, el problema está en hasta qué punto el colectivo sobre el que se razona se corresponde con el conjunto real. Es decir, ni todas las mujeres se sienten humilladas como tales por el hecho de que haya prostitución, ni está claro que los hombres varíen su relación con las mujeres, dependiendo de que haya o no prostitución. Es decir, es un argumento que formalmente puede ser correcto, pero que depende de demasiados supuestos que no está claro que sean ciertos. Esto no impide que haya ámbitos en los que los derechos colectivos se viven como conquistas irrenunciables. Por ejemplo, cuando hubo un intento por parte de un sector de la Unión Europea para ampliar la jornada laboral a 65, la mayoría nos escandalizamos. Pero desde un punto de vista formal, el problema es similar. Si alguien quiere trabajar 65 horas, ¿por qué se lo prohibimos los demás? Porque si alguien acepta ese contrato, nos está obligando a los demás a aceptarlo. El que haya prostitutas, ¿cambia la sexualidad del resto de mujeres en un sentido que no desean?

Y para finalizar con la argumentación en torno a derechos, queda por último considerar que la sexualidad es un derecho inalienable y, por tanto, no comerciable. Son varios los mercados prohibidos relacionados con el cuerpo humano, a pesar de que oferente y demandante estén de acuerdo en la transacción. No se venden órganos humanos, aunque sus propietarios estén de acuerdo en venderlos, ni tampoco niños. Por tanto, aquellas actividades que implican comerciar con el cuerpo humano deben estar por necesidad prohibidas. Este tipo de argumentación olvida que esta transacción es solo por la prestación de un servicio, que, como señalábamos antes, al igual que en otros trabajos, implica la actividad del cuerpo de quien ofrece el servicio sobre quien lo recibe, pero por un tiempo limitado. La esclavitud, la venta de órganos, la venta de niños, suponen negar los derechos de la persona o de una parte de su cuerpo de forma total, mientras que en el caso de la prostitución esta renuncia es por tiempo limitado. Prohibir una prestación parcial de servicios corporales supondría prohibir todo trabajo con el cuerpo.

Entonces, si ejercer la prostitución es una libertad individual, no es una explotación cualitativamente diferente a la del resto de trabajos, puede atentar a la intimidad afectiva o física como lo hacen otras actividades legales, puede ser cuestionable que lesione derechos colectivos, no supone renunciar de forma permanente a una parte inalienable de la persona ¿por qué tanta tensión? Por el estigma y el sexo. El problema no es la explotación económica (por definición, común a toda el trabajo asalariado), ni la exposición de la intimidad, no podemos prohibir a los demás algo que a nosotros nos aborrece, ni negar que otras personas trabajen con su cuerpo. Lo importante es que se realiza una actividad con un alto nivel de estigma. El problema serio de este tipo de ocupaciones es que quienes las realizan se convierten en personas despreciables, reciben humillaciones, son marginadas… Si concluimos que el problema es el estigma, se puede luchar, como se está luchando contra el estigma de la homosexualidad.

Para entender la tensión que genera el debate sobre la prostitución, plantearía qué tipo de mundo prefiere. ¿Un mundo en el que el trabajo relacionado con el sexo no tenga estigma?, ¿o un mundo en el que nadie trabajase en ocupaciones relacionas con el sexo? Según el mundo que prefiera, así se orientarán sus actitudes ante la prostitución. Si considera que el problema con la prostitución es el estigma, defenderá todas aquellas medidas que contribuyan a disminuir ese estigma, como los salarios de inserción profesional que llegó a proponer Caldera, que coticen a la Seguridad Social, que una inmigrante que la haya ejercido puede regularizarse, de la misma forma que cualquier otro trabajador, dar facilidades para que abandonen esa actividad en cuanto quieran. Si me permiten una provocación, podríamos equipararlas a los mineros, otra profesión tan dura que hasta no hace mucho se ejercía en condiciones que rayaban la esclavitud. A los 40 años de edad las jubilamos con 2.000€ mensuales… Ahora bien, si considera que todo trabajo relacionado con el sexo es intrínsecamente malo, será abolicionista. En el caso de quienes están a favor de la abolición, me queda una duda ¿a qué sexualidad tienen derecho aquellas personas con dificultades para encontrar pareja sexual? Recuerdo un reportaje sobre la prostitución, de un manicomio en Holanda. Los enfermos, que llevaban mucho tiempo internados, estaban de normal tensos por la falta de pareja sexual, y eso había producido situaciones violentas. Una enfermera, que había sido previamente prostituta, tuvo la idea de que un día a la semana fuesen prostitutas al centro. La convivencia mejoró considerablemente.

Queda una última dificultad práctica. Se puede estar a favor de regular esta actividad, pero reconocer que la mayor parte ejercen en condiciones de esclavitud, y que es difícil diferenciar entre la prostitución “voluntaria” y la debida a la pura coerción. Quizá, ante esta duda, lo mejor sea fomentar la lucha contra las redes mafiosas, y facilitar la salida de quienes deseen dejar esta actividad. Para ello es importante contar con buenos servicios sociales y colectivos que trabajen en colaboración con estas trabajadoras (un ejemplo es Hetaira). Tenemos países con los dos tipos de políticas, como Alemania u Holanda, que han optado por la regulación, o Suecia, por la abolición. Ninguno de los modelos ha terminado con los problemas. En España el debate se ha planteado con cierta hipocresía, como que queda feo ver la prostitución o en los anuncios de prensa. La solución no la tengo clara, pero creo que tiene que venir de combinar la lucha contra el estigma, con el apoyo a quienes quieran dejar esa actividad y el castigo contra la explotación, como sucede con otras redes de trata de personas.

Por último, cabe resaltar que en el abolicionismo coinciden una parte del movimiento feminista y de los defensores del patriarcado, pues ambos quieren imponer al resto una sexualidad correcta mediante la legislación, y no consideran como válidos los testimonios de quienes practican una sexualidad diferente, que no serían más que alienados o pecadores.