Prisiones que elegimos para vivir

Frans van den Broek

Hace muchos años se me ocurrió la idea de escribir un cuento, que jamás escribí, inspirado sin duda en alguna ficción de Borges y cuyo argumento era más o menos el siguiente. Al inicio de una humanidad ficticia – ¿y qué humanidad no lo es, de algún modo u otro?- los castigados a detención eran recluidos en una cueva profunda, por un tiempo largo que precedía su eventual ejecución. La cueva poseía entonces significado simbólico, como un nuevo útero purgatorio del que los condenados emergerían a una nueva vida, que era la de su muerte al sol y a la vista de sus congéneres. No faltó quien añadiera refinamiento al castigo, negando a los presos la información sobre el día exacto de su muerte, para su mejor purificación y en concordancia con el carácter errático del universo visible, lleno de peligros, catástrofes, alimañas. Esta situación duraría casi toda la historia de dicha humanidad, dejando una heredad profunda en la psique de sus habitantes.

Más tarde, atemperadas las costumbres por el gradual surgimiento de la civilización, los castigos se hicieron menos severos, se enmarcaron en leyes y papeles, y se trocaron las cuevas por prisiones. Las primeras prisiones no diferían mucho de las húmedas cuevas de antaño, pero con el tiempo empezaron a mejorar, a hacerse más habitables, aunque el condenado no dispusiera aún de libertad. Muchas revoluciones y guerras después, en las que más de una vez se revirtió a las cuevas sin saberlo –pues su memoria ya se había desvanecido u obnubilado- los modos de hacer de los hombres se aquietaron aún más, convencidos por fin de que el prisionero, cualquiera su falta, merecía también un trato digno y respetuoso que solo le privara de su libertad, no de su humanidad.

Las prisiones se hicieron entonces complejos habitacionales provistos de todas las facilidades de las ciudades adyacentes, si bien rodeados de muros cada vez más infranqueables. Los presos disfrutaban, no obstante, de una vida holgada, podían relajarse en los parques o explorar las tiendas o talleres, o usar los gimnasios, psicinas, bibliotecas o universidades que se establecerían en el recinto penitenciario. La tecnología avanzaría tanto, sin embargo, que en cierto momento fue posible reemplazar los muros por barreras digitales que permitían al preso sentirse parte de la ciudad, interaccionar con sus vecinos sin alejarse de la prisión, integrarse mejor en la sociedad una vez cumplida la condena. Esta última idea fue la que propulsó el desarrollo final del sistema de prisiones, cuando los sabios de dicha humanidad, regida ahora por ellos y no por generales o advenedizos dictadores o aleatorios presidentes, decidieron llevar el proceso de reintegración de los presos en la sociedad hasta su culminación y abolieron las barreras digitales y hasta los registros de los presos, para que la sociedad los alojara sin prejuicios ni distinciones injustas. Desde entonces, nadie sabría quién era prisionero y quién no, salvo unos pocos elegidos y los condenados. Pero al final ni siquiera ellos mismos, pues el mundo entero podía ser una prisión y cualquiera los elegidos y cualesquiera los presos, olvidados todos de la cueva, los muros, las mazmorras, las residencias, las ciudades. Y la prisión estaría en todas partes y en ninguna.

El lector más avezado o mordaz habrá advertido en el anterior argumento la influencia del famoso cuento “La lotería en Babilonia” de Borges, a lo que solo puedo replicar que fue una de las razones, además de la más vulgar ociosidad, de que no lo escribiera jamás. También podría añadir de que el cuento me vino a la memoria no con la intención de retomar la idea y escribirlo, pues no vale la pena, sino tras la relectura, también después de muchos años, de un libro de la escritora Doris Lessing, no de ficción, como suele ser su producción, sino de ensayos, o mejor dicho, hecho de una serie de conferencias que diera bajo el auspicio de la Canadian Broadcasting Corporation en 1985. El libro de llama “Prisons we choose to live inside”. No es un libro que haya visto citado por la crítica o mencionado al tratar de su obra, aunque no soy especialista, por lo que mi atención es parcial y muy imperfecta. Pero si de veras no se lo toma mucho en cuenta, me sorprendería y lo consideraría injusto, pues contiene algunas de las ideas centrales que nos permiten comprender el pensamiento que anima buena parte de su obra literaria.

¿Cuál es el hilo que enhebra estas conferencias? En pocas palabras, el funcionamiento de la mente humana, sobre todo en sus interacciones con el grupo, algo que ha sido y es estudiado por distintas ciencias, desde la psicología social hasta la antropología, ciencias a las que a veces se menosprecia o se considera inferiores a las ciencias fuertes en las que nos basamos para concebir el modelo ideal de conocimiento científico, como la física, la biología o la química. Estas ciencias han producido ya una ingente cantidad de resultados sobre los mecanismos mentales y sociales que gobiernan nuestro comportamiento y nuestros modos de pensar, resultados no siempre halagadores para la imagen del ser humano como ente libre y responsable capaz de pensar por sí mismo, pero lo paradójico, enfatiza una y otra vez Lessing, es que a pesar de poseer este material, no lo usemos para mejorar nuestra existencia y reformar las instituciones a modo de protegernos contra los efectos más perniciosos de nuestras operaciones psíquico-sociales. La conferencia inicial tiene el revelador título de “When in the future they look back on us”.

Doris Lessing no pretende hacer filosofía social, aquí o en ninguna parte, como tampoco pretendió nunca, aparte de su paso por el partido comunista, pertenecer a grupo alguno que la categorize o la entrampe ideológicamente, llámese feminista o posmoderno o lo que sea. Pues de eso se trata justamente, de la tendencia humana a categorizar y reducir la realidad a estereotipos, a formar grupos y confrontarlos a otros, a ser vulnerable al condicionamiento, a ser vícitima fácil de todo tipo de lavados de cerebro, y a no darnos cuenta de todo esto ocurriendo en nuestras propias narices y, quizá mejor dicho, detrás de nuestras narices, en el que es el órgano más complejo del universo conocido, pero mecánico también, repetitivo, predecible y engañoso. Las conferencias reunidas tienen un tono familiar, hasta amable, pero su mensaje es áspero y debiera ser escuchado: desdeñar o ignorar lo que la ciencia descubre sobre el funcionamiento de nuestra mente solo juega en nuestra contra y ya es tiempo de que la humanidad lo tenga en cuenta o seguiremos siendo víctimas de nuestra propia psique y de los grupos en los que nuestra mente inevitablemente se despliega.

Lessing cuenta de una mujer, por ejemplo, quien ante las cámaras revela su sorpresa, su estupor ante ciertos acontecimientos que tuvieron lugar durante las huelgas de mineros en Gran Bretaña, aquellas que enfrentaron a la intransigente Thatcher con los trabajadores de la industria. La pobre mujer relata cómo su casa fue destrozada y su marido, minero también, maltratado seriamente no por la policía o por delincuentes o por matones, sino por sus propios vecinos, aquellos con los que hasta entonces había convivido en armonía y hasta jovialidad. ¿Y a cuenta de qué? Por la sencilla razón de que el marido, después de meses y meses de huelga había decidido retornar a trabajar para salvar a su familia del hambre, y descontento con la manera en que la huelga había sido negociada y administrada por la dirección sindical. Y esto a pesar de las promesas de que todo el mundo era libre de trabajar cuando quisiera si sus necesidades o conciencia así se lo dictaban. Pero Lessing apuntala de que la mujer no debiera haber estado sorprendida, de que comportamientos como aquellos debieran esperarse, como lo demuestra una y otra vez la historia y los avances de la psicología social. En las circunstancias adecuadas, bajo tensiones agudas y formados los bandos de batalla, uno debiera esperar de que la propia familia se vuelque contra uno, los vecinos, los amigos. Es más, uno debiera esperar que uno mismo se comportará de la misma manera y abandonar la ilusión de que uno es inmune a dichas influencias, a las presiones de los grupos, a los regulares brotes de histeria colectiva que son comunes en todo grupo humano conocido. A menos que uno esté advertido y tome medidas para impedirlo, e incluso en dichos casos, con mucho esfuerzo y atención desapasionada a los efectos del grupo y el ambiente sobre la propia mente.

Porque pocas fuerzas hay más difícles de resistir que la presión de los grupos, sobre todo cuando la identidad está en juego y la pertenencia supone el paraíso y la exclusión el infierno, como quiera que se conciban estos conceptos. Doris Lessing no deja de mencionar aquellos experimentos famosos que hoy en día aburren a cualquier estudiante de psicología, como aquellos que prueban la influencia de los símbolos de autoridad hasta el punto de llevar a otros a una posible muerte. A lo que podríamos añadir el famoso experimento de Zimbardo simulando una prisión en la que estudiantes asumen roles que al final terminan fagocitándolos a ellos mismos, y que tuvo que ser detenido por razones de seguridad. La escritora recurre a su propia experiencia como miembro del partido comunista, y al especioso clima que hizo a gente inteligente, noble y dedicada creer cosas que eran patentemente irreales, mentirosas o hasta criminales. Recurre también a su experiencia de dos guerras mundiales, en las que un lunático como Hitler pudo domeñar a una nación entera. Nuestras mentes son mucho menos libres de lo que creemos, y hasta se configuran en mentes grupales que se reflejan unas a otras, algo que Lessing constató muchas veces en su propia terreno, la literatura, donde ve a los críticos repetir los mismos clichés según modas y vendavales intelectuales pasajeros. Hasta llegó a escribir bajo seudónimo para ver qué pasaba y no le sorprendió ver que su propio editor la rechazara y que la crítica se sintiera ofendida por su incapacidad para reconocerla, solo para después cambiar de opinión, como borregos, y alabar su experimento y sus libros.

Pero aun sabiendo todo esto, aun teniendo evidencia de que la mente humana es condicionable, manipulable, susceptible de influencia y dominación, ¿dónde están las escuelas que enseñan a los niños desde muy temprano de que estos fenómenos ocurren y que deben esperarlos? ¿Dónde los programas que inculquen este conocimiento en los jóvenes, particularmente vulnerables, en los que se les advierta sobre los mecanismos de indoctrinación a que son sujetos desde todas partes? ¿Por qué los sistemas políticos no han incorporado estos hechos en sus instituciones? ¿Se le dice a quien quiera participar en un partido político, por ejemplo, o hacerse funcionario, o enseñar en una universidad: toda organización o grupo está sometido a fuerzas fuera del control exclusivo del individuo y es de esperarse que lo que es hoy un conjunto de ideas admirables se transforme en poco tiempo en un sistema de condicionamiento y lavado de cerebro que le enfrente a otros grupos considerados antagónicos? Por supuesto, la democracia asegura la libre circulación de ideas y en ese sentido es un antídoto, hasta cierto punto, pero seguimos siendo víctimas inocentes de nuestras propias mentes, que nos llevan a construir nuestras propias prisiones, en las que nos sentimos confortables, superiores, normales y respetados, como los prisioneros invisibles de mi fantasía juvenil, que al final eran todos, ignorantes de las cuevas que llevaban dentro y de los tambores tribales que siempre podrían anunciar su próxima ejecución o la de otros, a sus propias manos o no.