Primicia europea

Europeista convencido

 

Se nota en el ambiente, llegan las navidades y el que más y el que menos se ve imbuido en ellas. No me dejo llevar ni por la liturgia de la Santa Madre Iglesia ni por la del Corte Inglés y sin embargo me suscitan menos rechazo que aquéllos a los que las Navidades les provocan sarpullidos, como a un reciente ex Presidente del Congreso: infeliz infancia habrán tenido, o adultez, quién sabe.

 

El caso es que el reciente ex Presidente pululaba por ahí denunciando la mediocridad política que imperaba en la Unión Europea, crítica que el común de los lectores haría extensible a la situación actual por mucho que el sujeto en cuestión la hiciera hace una década: cualquier tiempo pasado fue mejor.

 

Lo cierto es que hace ya más de tres años y medio que Francia votó no a la Constitución Europea, sopetón del que todavía no nos hemos recuperado. La negativa de uno de los fundadores sumió a la Unión en una crisis de la que empezábamos a recuperarnos cuando Irlanda, of all places, volvió a votar en contra. Obviamente no es lo mismo Francia que Irlanda. Francia es país fundador, central en Europa y sin el cual no cabe concebir un desarrollo europeo que merezca la pena. Irlanda, en cambio, es un país pequeño, como los Países Bajos que también torpedearon la Constitución. Países de los que cabría prescindir si no fuera porque la Unión es un proyecto político pero también jurídico, en el que las normas imperan sobre las finalidades. De ahí que el más, y sobre todo, el que menos, pueda torpedear lo que la gran mayoría quiere y ansía.

 

 

Bien, los irlandeses votaron en contra del Tratado de Lisboa, que poco más o menos viene a ser lo mismo que la Constitución Europea primigenia pero con otro nombre y con menos ínfulas. En el fondo de lo que se trataba era de dotarse de algunas normas indispensables para seguir funcionando a 27, y en el futuro a más, con la misma eficacia, por mucho que los derechistas y los izquierdistas a ultranza hayan querido ver otra cosa (o no haber sido capaces de entenderlo).

 

Hay mucho idiota a propósito de Europa y, sobre todo, mucho idiota empecinado en manipular a la opinión pública en contra de la Unión Europea pese a sus, absolutamente evidentes, beneficios para el común de los mortales, llámese Erasmus, efecto Bosman en el futbol, paso libre de fronteras sin pasaporte, ampliación de mercados, etc. Pero no, los que pierden las batallas en casa tienen la opción de jugarlas contra el enemigo europeo, ya sea contra el fontanero polaco, como en Francia, o contra la mal explicada y entendida directiva sobre la jornada laboral o la de la inmigración ilegal. Por no hablar de la cantidad de universitarios que en estos momentos deben de estar bramando contra Bolonia en vez de contra los Rectores y Ministerio español que no han aplicado correctamente algo tan absolutamente positivo como la homologación de títulos a nivel europeo: apenas nadie percibe las ventajas de poder prestar sus servicios profesionales en 26 países adicionales sino sólo las potenciales complicaciones de poder concluir sus estudios en casa. En fin.

 

Perdonen la digresión pero es que cuando se habla de la Unión Europea me llevan los demonios porque soy de los que comulgarían, y el verbo no está escogido al azar, con la idea de que todos los estudiantes españoles, cada mañana, dieran gracias a la Unión por el 0.8% adicional de crecimiento del PIB desde 1986, ahí queda eso. Pero no, eso no lo dirá ningún político español, afanado en apuntarse todo los tantos y en despejar el balón a Bruselas de cualquier cosa que pudiera ser conflictiva, empezando por la malograda Loyola de Palacio que inauguró la faena convocando a la guerra del aceite de oliva contra las directrices, absolutamente sensatas, de la Comisión Europea.

 

Si han sido capaces de leer hasta aquí (se lo agradezco), seguramente lo hayan hecho inspirados por el título, y espero no defraudarles porque en pocos párrafos creo ser capaz de desgranarles lo que va a ser de la Unión Europea en los próximos once meses. No en vano en casa me apodan oráculo por eso de haber predicho que Obama iba a ganar las primarias antes de que empezaran o por aquello de haber advertido contra la deflación global cuando la flor y nata de la economía nacional luchaba a brazo partido contra la estanflación.

 

Seguramente sabrán que los Jefes de Estado y de Gobierno de la UE se reúnen cuatro veces al año, dos formalmente y dos informalmente. El caso es que en su última reunión, hace muy pocos días, acordaron que Irlanda volvería a llevar a referéndum el Tratado de Lisboa antes del 15 de octubre de 2009, tratado que como ya creo haber explicado, es un remedo bastante decente de la Constitución Europea original: mantiene lo esencial e incluso simplifica bastante de lo accesorio.

 

La clave está en los plazos. El mandato de la Comisión Europea llega a su fin a finales de octubre de 2009. Su Presidente, el ínclito Barroso, sí, el Barroso de la foto de las Azores, tiene todas las bazas para ser confirmado en el cargo. Es verdad que es portugués, que nadie se ofenda pero un país, digamos, poco significativo. No es menos cierto que adolece de carisma por más que lo trate de compensar con su dominio multilingual. Pero también es verdad que ha sido capaz de mantener el timón durante unos años bastante duros en los que no eran pocos los dispuestos a tirar la toalla del sueño europeísta. Todo ello en su conjunto hace de él, de Barroso, el mejor candidato posible a que el Consejo Europeo de junio de 2009 le confirme como Presidente de la Comisión Europea para los próximos cinco años. Además, en tiempo de mudanza no se cambia al patrón que ha sido capaz de mantener, mal que bien, el rumbo.

 

Durante el verano, los diferentes Estados Miembros de la Unión le irán sugiriendo a sus preferidos para integrar la nueva Comisión. Barroso tendrá, en principio, la capacidad de vetar a los dinosaurios y a los desterrados políticos que, sin duda, más de un Gobierno le propondrá. Pero lo importante es que cuando todos volvamos de la playa el próximo verano, habrá un nuevo equipo de 27 comisarios, uno por país de la Unión, dispuesto a ser entrevistado por el nuevo Parlamento Europeo. Quién ganará las elecciones europeas? La derecha democristiana? La izquierda socialdemócrata? MentiRosa? Quién puede predecirlo… Muy claramente tendría que ganar la izquierda para que Barroso viera peligrar su nuevo quinquenio al frente de la Comisión. Y en todo caso, el Parlamento Europeo refrendará a la nueva Comisión que estará lista para tomar posesión el 31 de octubre.

 

Pocos semanas antes, el votante irlandés será convocado de nuevo a votar a favor o en contra del Tratado de Lisboa. Si vota a favor tendrá la garantía de no poner a su país en riesgo de ser expulsado de Europa, por más que semejante opción no haya sido ejercitada nunca. Si vota a favor, en cambio, tendrá la seguridad de que uno de los 27 comisarios será irlandés, con nombre y apellidos prefijados. Ahí está el truco! En virtud del Tratado de Niza, el de Ansar, el hoy vigente en ausencia de la malograda Constitución y del Tratado de Lisboa, la próxima Comisión tendría un número de comisarios inferior al de los Estados Miembros. De tal manera que es fácilmente predecible que los Europistas centrarán la campaña electoral irlandesa sobre la necesidad de garantizar la pervivencia de un Comisario irlandés. Y seguramente este motivo, unido a muchos otros de mayor importancia, hará que el sufragio popular refrende el Tratado posibilitando su entrada en vigor.

 

La cosa tiene aún más miga (siguen ahí?). La Unión ha acordado que el país que detente la presidencia semestral cuando se cumplan las condiciones para la entrada en vigor del Tratado de Lisboa no se vea afectado. Es decir, que si los irlandeses votan sí en octubre de 2009 y el Parlamento Europeo refrenda a la nueva Comisión y al nuevo Alto Representante (Solana, no es hora de retirarse?), le corresponderá a la Presidencia española del primer semestre de 2010 fijar las condiciones y el ritmo de entrada en vigor del nuevo Tratado. Y luego dicen que a Zapatero no le importa la política exterior y que España no juega un papel global importante…