Primavera invertebrada

Jon Salaberría

Acabamos de vivir un fin de semana intensamente reivindicativo: se cumplían dos años de la explosión en las calles, de modo inesperado y espontáneo, del que se denominó “movimiento de los indignados”, también movimiento o “espíritu del 15M”. Miles de personas ocuparon durante días el “Ágora”, muy al estilo de los albores de la democracia, para expresar su posición frente a los efectos sociales de la recesión instalada en España y en Europa, así como su frontal oposición a las políticas de austeridad como únicas posibles frente a dicho momento del ciclo económico. Desde aquí, y con la pretendida ascendencia doctrinal del brevísimo alegato “Indigne-vouz ¡”, del recientemente desaparecido Stephane Hessel, la reunión en las plazas y lugares públicos emblemáticos sugirió debates y asambleas sectoriales en las que, más allá de la coyuntura concreta, se impuso la discusión sobre cuestiones de más amplio alcance, incluyendo el debate sistémico e incluso el cuestionamiento profundo del propio proceso democrático. Recuerdo que por aquellas fechas servidor tenía muy clara la oportunidad y la justificación de muchas de las reflexiones que llenaron la calle. Por poner un ejemplo, las discusiones de aquellos días sobre el modelo hipotecario y el drama de las ejecuciones judiciales han determinado muchos cambios de postura en el ámbito de la política, digamos “convencional”, y fuerzas políticas como el mismo PSOE han adoptado como propias algunas de ellas tras haber rechazado iniciativas similares en la legislatura anterior. Era difícil no estar de acuerdo con argumentos de los que se desplegaron en aquellas peculiares asambleas, como no es menos constatar la existencia de razones más que objetivas para justificar un desapego social generalizado respecto de lo que ha significado, hasta la fecha, la política. Si recuerdan, desde la misma indignación y hartazgo pero desde la firme convicción de que en la política están las soluciones para los problemas de la política, expresé aquí la necesidad de que los partidos políticos democráticos, y especialmente los partidos de la izquierda política (en uno de los cuales yo milito) fuesen permeables a las sugerencias, al pulso y a las inquietudes de los desencantados, antes de que fuese tarde. Atención a posicionamientos más complejos que un simple despliegue de eslóganes más o menos ingeniosos, una de las críticas más recurrentes a este movimiento por parte de sus críticos a un lado y otro del espectro político.

Pero si una falla fundamental caracteriza a este movimiento “atípico” es la ausencia de articulación política: pese a la innegable, digamos, baja calidad de nuestro sistema democrático, son los mecanismos característicos del “menos malo” de los sistemas los más idóneos para conseguir esa segunda transición a un nuevo modelo, igualmente democrático, pero de mayor horizontalidad y representatividad real, con un mayor grado de inmediatez en a respuesta a las demandas ciudadanas. El periodista Carlos Carnicero, en el mes de octubre previo a las Elecciones Generales de 2011, decía al respecto: “No me imagino una vida sin partidos políticos como no me imagino que estos partidos nos arreglen la vida. Por eso estamos en época de grandes transformaciones que deben formularse sin complejos. Ni hay que cambiar todo ni podemos quedarnos como estamos. Hay que limpiar la vida política de sus defectos y articular mecanismos de participación que permitan el control de los ciudadanos de sus representantes. El reto es articular mecanismos de intermediación que den continuidad a los sueños transformándolos en propuestas”. En este sentido, los resultados electorales de ese mismo 2011 son la muestra de hasta qué punto fallaba esta necesidad de articulación que algunos reclamábamos, junto a la necesidad de integrar propuestas dentro de la oferta electoral de los partidos. El Partido Popular obtuvo pocas jornadas después de aquel 15M una sonada victoria en las Municipales y Autonómicas, completada con el ascenso al poder de Mariano Rajoy en noviembre, consiguiendo unos niveles de poder institucional y político con pocos precedentes en nuestra historia democrática. Su consecuente: una menor calidad democrática por el ejercicio del “rodillo” en todas esas instancias de poder. Justo el efecto contrario al pretendido.

Dos años después, el balance de aquel espíritu es agridulce, en mi humilde opinión. En el debe, la ya referida falta de articulación dejó manos libres a un PP hegemónico frente a una oposición (ya de por sí débil) carente de mecanismos de control parlamentario y sin opciones frente a la profundización del “austericidio”. Pero en el haber, propiciar el aumento de la capacidad de movilización de la izquierda social frente a la ofensiva gubernamental. Luis Giménez San Miguel y Daniel del Pino elogian la influencia que el espíritu movilizador de aquellas fechas tiene en la posterior movilización de los colectivos (“mareas”) contra las políticas de recorte del Gobierno popular, si bien inciden también en la necesidad de convergencia con la izquierda política para que se consigan resultados tangibles más allá de la propia movilización: “La PAH, las mareas por la sanidad y la educación públicas, las marchas de los mineros e iniciativas como la Plataforma 25-S se han convertido en símbolos de la lucha social frente a las políticas de austeridad que aplica fervientemente el Partido Popular al dictado de Bruselas, la corrupción, la represión policial, las desigualdades y sobre todo, los signos de agotamiento del sistema político de la Transición. Sin embargo, a pesar del esfuerzo, han sido pocas las victorias palpables, lo que de algún modo ha comenzado a alimentar un sentimiento de que si todas estas fuerzas no se unen entre sí será difícil conquistar los cambios que todos buscan”. Por su parte, Manuel Gálvez afirma, en “El poder de la indignación colectiva”, que además de la dinamización del entramado social, el movimiento aporta a la vida pública una oferta de estructura: “La originalidad y la actividad frenética del movimiento no sería posible si no estuviera estructurado de forma horizontal y descentralizada. Una estructura de código abierto en la que los recursos, la información y las propuestas nacen desde cualquier nodo y fluyen libremente por la red. Cada uno de los nodos que componen la red descarga la información, la modifica, la adapta a su especificidad local y la comparte de nuevo”. Una estructura flexible, “líquida”, adaptable a la realidad social, pero incómoda cuando lo que se trata es de hacerla compatible a las estructuras políticas preexistentes.

Dos años después, la valoración social en torno a lo que significó aquel movimiento en su momento germinal, así como la concreción e influencia de sus acciones en diversas direcciones reivindicativas, es todavía muy alta y así se pone de relieve en las diferentes oleadas de opinión. Pero para que se deriven efectos positivos en el sentido de la “regeneración democrática” (noble aspiración convertida en latiguillo recurrente hasta el empacho por nuestra bien ponderada “Rosa de España”), habría que estar a la hora de “Hacer política”, en el sentido que editorializa “El País”: “La situación comienza a estar madura para que surjan nuevos actores políticos. Lo peligroso de estas circunstancias son los oportunismos, tanto los de corte populista como los radicalizados, pero no por eso hay que fosilizar el bipartidismo …”. En el actual escenario político (pujanza relativa de las “terceras opciones”, el peligro del abstencionismo y el crecimiento del voto en blanco, en paralelo con la pérdida de confianza en las opciones “centrales”) “ … las reivindicaciones del 15-M, incluidas la reforma de la ley electoral o la exigencia de más espacio para formas abiertas de participación, permanecen al fondo de cualquier proyecto de transformación, por lo menos de la izquierda”.

En el ámbito del Partido Socialista, y a pesar de que hay personalidades de la organización que han subestimado la importancia de este espíritu en público y el privado, es innegable que algunas de las reivindicaciones sobre calidad democrática han influido. Coincidiendo con el aniversario que comentamos, y dentro del proceso cara a la Conferencia Política de otoño, la Ejecutiva Federal inicia este mes un nuevo debate sectorial, “Ganarse otra democracia”, con un documento de bases en el que se recogen, con vistas a la Conferencia, muchas de aquellas propuestas de “redemocratización” discutidas en las calles y en los medios: “Mejorar la calidad de la democracia en Europa” es el nombre del pretexto de debate. Desde la preocupación por el descrédito de las organizaciones políticas que han sido hasta ahora los grandes sujetos de nuestra vida democrática, los socialistas intentarán dar solución a cuestiones internas como la elaboración de listas, elección de candidatos, cargos orgánicos e incluso secretario general con un papel más destacado de la militancia, tanto la tradicional como la moderna “militancia en red”, y de la sociedad civil, mediante los anhelados procesos de primarias; analizar la necesidades de una pronta reforma del sistema electoral; imponer nuevas exigencias de transparencia en organismos, partidos y sindicatos; ofrecer nuevas fórmulas de participación ciudadana en la elaboración legislativa, la gestión ejecutiva (mediante fórmulas de “gobierno abierto”; redefinir el papel y las funciones de las Cortes Generales mediante una ambiciosa reforma parlamentaria y más (eficaces) procedimientos de lucha contra la corrupción.

Me atrevo a decir (con toda la prevención y escepticismo respecto del alcance final real de este debate) que se trata de abordar estas reivindicaciones de regeneración con más amplitud de lo que puedan hacerlo otras fuerzas políticas. Me consta que, con las innegables diferencias, Izquierda Unida trabaja en el mismo sentido, con la posibilidad de convergencia de caminos en un medio plazo cercano. Como empieza a constar la posibilidad de que nuevos sujetos estructurados dentro de la izquierda comiencen a trabajar pronto en el mismo empeño, desde la pluralidad. Toca vertebrar (verbo “de moda” toda que la memoria de Ortega y Gasset vuelve a estar presente en los problemas sempiternos de España que reaparecen en el debate) para el encaje democrático de la indignación. De lo contrario, volveremos a celebrar en 2014 y 2015 el aniversario de un magma multicolor pero insustancial, preludio de un nuevo tsunami de las soluciones convencionales, que seguirán creando dolor social.

Posdata 1: Me tentaba hablar de Antonio Quero. Pero me remito al estupendo artículo de ayer. Felicito al autor, siempre atinado.

Posdata 2: No me resisto a hablar, sin embargo, de Miguel Sebastián, ex ministro y ocasional colaborador de este blog. Alguno de los amigos de DC se ha hecho eco de ello. Cuando en la red Twitter, en la que 140 caracteres no dan para ser muy expositivo (aunque sí en ocasiones para ser ingenioso), leí que Miguel Sebastián “felicitaba a Rajoy por salvarnos del rescate”, para pasar de ahí a la sentencia “ex ministro de Zapatero apoya al Gobierno del PP”, lo primero e inevitable era pensar “Miguel, no me hundas, que ya lo hago yo solo”. Cuando a la tarde y con más tiempo tuve ocasión de ver íntegra la intervención de Miguel en “Al Rojo Vivo”, me quedó claro, una vez más, que el prejuicio sin información, la inmediatez de ciertos canales y la necesidad de titulares espectaculares conducen en ocasiones a la estulticia más absoluta; o lo que es peor, a la manipulación y la mentira más abyecta, poniendo en su haber palabras y posicionamientos que no mantuvo en su intervención. Me confortó ver esa grabación, para acabar pensando, una vez más, “este es el alcalde que se han perdido los/as madrileños/as”.