Previsiones

LBNL

Como era previsible, la militancia socialista ha refrendado por amplio margen y no desdeñable quorum – un 50% es suficiente teniendo en cuenta el brevísimo plazo entre la convocatoria y el voto mismo – el acuerdo alcanzado con Ciudadanos. Igualmente previsible es que el acuerdo supere el tramite de su confirmación por el Comité Federal del PSOE y sea rechazado en el Congreso, incluendo la segunda votación por no alcanzar una mayoría simple que requeriría de la abstención del PP o de Podemos. El acuerdo PSOE-Ciudadanos es, por tanto, sólo un paso intermedio que no garantiza en absoluto la consecución de sus objetivos, pero no deja de ser positivo que dos de las cuatro formaciones políticas con respaldo nacional significativo (IU lo tiene en votos pero no en escaños) hayan dado un primer paso para que finalmente podamos contar con un nuevo Gobierno. Y me atrevo a prever que finalmente se pondrá en práctica, también después de una repetición de las elecciones que PP y Podemos pueden forzar.

Sobre todo desde fuera del PSOE, pero también desde dentro (veáse el artículo de Guridi aquí el viernes pasado), el acuerdo con Ciudadanos ha suscitado rechazo y no demasiado entusiasmo. PP y Podemos lo han denunciado con virulencia por insuficiente, contradictorio y, aunque no lo confiesen, sobre todo por haberse hecho sin su concurso. Ambos partidos aspiran a gobernar y que otras dos fuerzas se pongan de acuerdo dejándoles al margen no resulta ni agradable ni tranquilizador. Lo de menos es que el pacto sea muy sensato y una buena componenda entre las posiciones que mantuvieron PSOE y Ciudadanos durante la campaña electoral, que es precisamente lo que un pacto post-electoral debe ser. Lo de más es asegurarse de que no sale adelante un pacto de los otros que les deja fuera e, igualmente importante, tratar de que la opinión pública no les responsabilice de las consecuencias de su frustración, lo que les debilitaría – por motivos contrapuestos – de cara a una repetición de las elecciones.

Es de cajón y lo confirman las encuestas, que la mayoría del electorado de Podemos quiere un gobierno de izquierda y que la única opción para ello pasa por pactar con el PSOE. Como es igualmente de cajón que las formas de Podemos hasta la fecha, con cuidadas puestas en escena, exigencias maximalistas y portazos durante la incipiente negociación, no son las más apropiadas para llegar a un acuerdo con otra formación que, además, es algo más representativa en número de escaños que la propia. El núcleo duro de Podemos ha maniobrado con torpeza desde el 20, incluso si su objetivo principal es conseguir que se repitan las elecciones: ¡no puede notárseles tanto! Habría resultado mucho más eficaz rasgarse las vestiduras por tener que sentarse a negociar por responsabilidad con los representantes de la casta y las puertas giratorias y plantear una serie de medidas sociales de imposible cumplimiento para denunciar que el PSOE en realidad no quería un gobierno de izquierdas. Justo lo contrario de anunciar sorpresivamente que un referendum de autodeterminación para Cataluña era un elemento sine qua non de cualquier pacto con el PSOE (respetable pero no social y desde luego no planteado a las claras durante la campaña, al menos no fuera de Cataluña) y a continuación repartir públicamente las carteras ministeriales desde Zarzuela sin haber siquiera empezado la negociación.

Aparte de los muchos cabreados en el PP con los continuos escándalos de corrupción, no deben ser pocos los que consideren que si Rajoy hubiera aceptado el encargo del Rey, tendría mucha más legitimidad negarse a abstenerse para coadyuvar a impedir un gobierno populista de extrema izquierda y para seguir insistiendo en que el PP debe estar en el gobierno y encabezarlo, dada su condición de partido más votado. La cesión de turno podía parecer tácticamente ventajosa, pero sólo si Pedro Sánchez fracasaba en conformar acuerdo alguno o llegaba a un acuerdo con Podemos, insuficiente y letal de cara a unas nuevas elecciones dadas las exigencias de los payasetes leninistas. En cambio, ahora un Rajoy en horas bajas que cada vez menos acólitos querrían ver repetir como candidato, tendrá que salir a la palestra a denunciar un acuerdo entre los dos socios a los que quiere liderar sin que haya ninguna razón de peso para hacerlo, aparte de su participación en el mismo.

Me atrevo a aventurar que la presión sobre PP y Podemos no hará más que crecer tras el rechazo del acuerdo en las dos primeras votaciones. Tras una tercera tanda de consultas el Rey podría encargarle de nuevo a Rajoy que trate de formar gobierno. ¿Rechazará otra vez el encargo al persistir el PSOE en su rechazo? ¿O tratará de formar gobierno alcanzando un pacto muy similar con Ciudadanos e igualmente insuficiente? ¿Y si ni siquiera consigue alcanzarlo en vista de las posibles condiciones draconianas que Ciudadanos le exija contra la corrupción? Previsiblemente el Rey mantendría una cuarta ronda de consultas y volvería a hacerle el encargo a Pedro Sánchez y ahí si que la posición de Rajoy sería insostenible.

Para Podemos será incluso peor, porque cuando le vuelva a llegar el turno a Sánchez será previsiblemente el PSOE quien más haga por darle máxima publicidad a los términos de su oferta, especialmente a todos aquellos que Podemos recogía en su programa electoral. La repetición de las elecciones estará ya a la vuelta de la esquina y las encuestas mostrarán que el ansiado sorpasso está cada vez más lejos: tanto para asegurar un gobierno de izquierdas como para “pillar cacho” de poder, mejor hacerlo antes de perder escaños y fuerza negociadora.

Mientras tanto, Pedro Sánchez y Albert Rivera habrán seguido ganando enteros en términos de “presidenciabilidad” y responsabilidad de Estado, especialmente dado que las encuestas anticiparán movimientos limitados en la correlación de fuerzas en el Congreso pero no un vuelco, lo que implicará la necesidad de abordar un pacto a dos o a tres bandas también después de una eventual repetición de las elecciones. Marzo está apenas empezando, pero las posiciones de PP y Podemos y el calendario electoral nos pondrían en el escenario de nuevas negociaciones de gobierno en julio, con el trasfondo de más de medio año de gobierno en funciones, un recrudecimiento de las dificultades económicas globales y el avance paulatino pero constante de la investigación de los múltiples casos de corrupción del PP.

Apostar resulta siempre arriesgado, pero para mi es evidente que el próximo Presidente del Gobierno será Pedro Sánchez, antes o después – escenario todavía más probable pese a todo lo anterior – de nuevas elecciones y con el apoyo explícito de Ciudadanos, con la única incógnita de si será el PP o será Podemos – también más probable – quien se vea obligado a “consentirlo” con su abstención o su voto favorable a cambio de contrapartidas programáticas.