Pretextos, excusas y mentiras descaradas (I)

 Guridi 

 Los llamados partidos emergentes dicen estar dispuestos a renovar la democracia, pero sus condiciones para los pactos son una serie de excusas, más o menos rebuscadas que buscan cubrir sus oportunismos y sus vergüenzas mientras esperan a las elecciones generales. 

 No deja de sorprender, por ejemplo, que Albert Ribera se ponga tan digno con Chaves, Griñán y los ERE, mientras parece ignorar que varios jueces de la Audiencia Nacional ya dan por probado que el PP, no sólo se ha financiado de manera corrupta desde su fundación, sino que además repartían todo ese dinero negro en forma de gratificaciones y sobresueldos a sus líderes. En realidad no sorprende, lo que ocurre es que la lucha contra la corrupción no deja de ser más que una cínica excusa para no pactar con el PSOE y algo mucho más flexible cuando se trata de pactar con el PP. Por que el PP es corrupto, sí, pero sabe repartir los frutos de su corrupción de tal manera que todos queden contentos, como se va sabiendo por la “Operación Púnica”. Granados y sus amigos no sólo montaron un tenderete corrupto, sino que de paso invadieron la agrupación del PSOE de Valdemoro, hicieron cariñitos al ex-alcalde de Parla, fueron generosos con unos cuantos guardias civiles y se encargaron de que Indra regalase dinero a los jueces madrileños por no saber manejar los ordenadores que les estaban instalando. Mientras se sigue instruyendo el caso, seguirán saliendo nombres de la lista de Cifuentes. Y si no es por púnica, será por Gürtel o por otra cosa, como en el caso de Álvaro Ballarín, al que le tocan desde Gürtel, hasta la prevaricación inmobiliaria pasando por el Pequeño Nicolás, el Balcón de Rosales y el fraude electoral. Pero tampoco olvidemos a los guapos y aseados Salva Victoria y Lucía Figar, que ya han aparecido en la Púnica por contratar a dedo al buscavidas Alex de Pedro, que les sacó dinero público para hacerles creer que podía manipular internet a su favor. Como también se lo sacó, por cierto, al PP de Valencia, al Real Madrid y a Telefónica, entre otros muchos. Y no se lo llegó a sacar al PSOE de pura casualidad. 

Bueno. Pues para Ciudadanos nada de eso parece existir, sino que lo importante es que Gallardón y Leguina dimitan del Consejo Consultivo de la Comunidad de Madrid. No tanto porque los ex-presidentes disfruten de una cómoda jubilación anticipada a cargo del erario público, sino porque, de nuevo, con la excusa de la limpieza, tratan de hacer algo que salpique de paso al PSOE, para que el PP de Madrid no aparezca en toda su rampante putrefacción. 

Rivera se muere de ganas de pactar con Cifuentes y regalarle la Comunidad. Y el PP necesita desesperadamente no salir del gobierno madrileño. No sólo por razones políticas, sino porque el acceso de los socialistas a los papeles del gobierno, sus contratos y sus obras pueden hacer que los miembros de la lista de Cifuentes sigan desfilando ante los jueces de dos en dos cada semana. 

Pero Rivera está atrapado por su propia palabrería sobre la limpieza y la nueva política. En realidad, haga lo que haga, quedará como un verdadero cínico -que es lo que es-. Si se abstiene para permitir un gobierno de Gabilondo, será percibido como un traidor por la derecha que constituye el grueso de sus votos. Si apoya al PP, será claro y evidente que lo de la corrupción en realidad le importa un pimiento. 

Así que Rivera sólo puede seguir escalando en pedir requisitos absurdos y certificados de pureza simplones, para aparentar que sigue por encima de todas las cosas. A ver si de tanto marear la perdiz, no se ve el cartón piedra de sus trucos. 

Por cierto, observaréis que no he mencionado a Aguado, el encargadillo de Rivera en Madrid. Es porque precisamente es eso: un tipo aguado que espera órdenes de arriba. Del líder máximo. De Rivera, este que dice que quiere todos los partidos tengan primarias para pactar con él. 

En el resto de casos, donde los ojos de los medios llegan a menos sitios, Rivera se encargará de que Ciudadanos respalde sistemáticamente al PP. En ayuntamientos, comunidades y diputaciones. Si no os lo creéis, echad un vistazo a lo que pasa en todas las capitales de provincia donde el PP dependa de Ciudadanos para salvar el pescuezo. 

Rivera ha conseguido lo que Revilla, el folclórico cántabro, soñó con hacer: ser un partido bisagra a nivel nacional. Para administrar favores, prebendas y puestecitos como en provincias, pero a mayor escala. Sin ser de los grandes, pero chupándoles la sangre con comodidad, mucho morro y desvergonzadas poses de “tipo decente”. Sólo que Rivera le ha añadido lo de ser joven, más guapo el bigotudo habitante de Astillero y hablar con una actitud aprendida de sus adversarios nacionalistas de Cataluña, la de “soms millors”. 

Mañana hablaremos de Podemos.