Presidente, estamos contigo

H2S3

De seguro recordarán cuando Zapatero era bambi, un blandito incapaz de hacerle sombra a los duros políticos del PP que lideraban España con mano firme, fuera el ínclito Ansar o el designado Rajoy. Luego ocurrió lo que ocurrió, ganó mucho espacio en las elecciones municipales y autonómicas de 2003 e hizo imposible la reedición de la mayoría absoluta pepera del 2000. La frescura de la campaña del talante y el 11-M hicieron el resto, con la inestimable ayuda de la conspiración electoralista de Ansar y Acebes al peor servicio del candidato Rajoy, que hubo de sufrir en su propia carne el insensato apoyo a la invasión de Irak y la conjura para engañar a la ciudadanía sobre la autoría de los atentados.

En su primer discurso de investidura, Sosoman, que también así le descalificaban, lanzó una serie de propuestas institucionales como la reforma de la Constitución (sucesión de la Corona) o la inclusión de los ex-Presidentes del Gobierno en el Consejo de Estado. Pero además se propuso gobernar, con talante pero con talante de izquierdas, haciendo honor al “no nos falles”, retirando las tropas de Irak, desarrollando la esencia de la “Declaración de Santillana” para articular la España plural, abordando una política exterior autónoma y centrada en la defensa de los intereses presentes e históricos de España y, por supuesto, encarando con el refrendo del Congreso el reto de la derrota de ETA, que llevaba tres años sin matar y había transmitido su disposición a poner fin a su siniestra y prolongada campaña a través de un final dialogado.

De golpe y porrazo, Zapatero pasó a ser un pérfido traidor, capaz de haber pactado con ETA vía Carod la comisión de los atentados para robarle las elecciones al PP y determinado a romper España. En qué quedamos, ¿tonto o malvado?

Desde el principio, Zapatero mostró sus flancos más débiles. Pagó cara su promesa de que respetaría lo que decidiera Cataluña por seguir confiando en el mismo President que se había resistido como gato panza arriba a cesar al desleal Carod cuando se lanzó por su cuenta y riesgo a dialogar con ETA. No se escudó en privilegios y optó por testificar en persona durante casi 12 horas ante la Comisión de investigación parlamentaria del 11-M pero sólo se recordará que canceló la Cumbre con Polonia que debía haber tenido lugar esa misma noche, en un alarde de mala planificación e inexperiencia internacional.

En aquel tiempo, algunos próximos nos desesperábamos ante algunas de las decisiones del nuevo Presidente, particularmente respecto a los nombramientos. Difícilmente recordará nadie el nombre de su primera Ministra de Educación. Pronto quedó claro que la Vicepresidenta primera era una gestora eficaz, trabajadora incansable, pero una pésima comunicadora, todo lo más una sobria notaria de las decisiones del Consejo de Ministros. ¿Dónde estaba el MAR de Zapatero que transmitiera la esencia de su política? Barroso dejó la Secretaría de Estado de Comunicación sin haber comparecido ante los medios una sola vez. Le sustituyó Moraleda, sindicalista rural sin ninguna experiencia en medios y que siguió sin dar la cara, por fortuna en este caso. Durante cuatro largos años hubimos de soportar las comparecencias de Blanco en Ferraz los lunes, hasta convencernos de que era completamente obtuso, hasta que empezó a acumular crédito como Ministro.

Tras la reválida electoral Moraleda dejó paso a Nieves Goigoechea, por fin una periodista, que sin embargo carecía del peso político necesario y que ni siquiera fue capaz de mantener a raya a PRISA, el medio del que venía. No fue el único recambio en Moncloa. A destacar el bienvenido nombramiento como Secretario General de Bernardino León, con su dilatada experiencia internacional. La cuestión que se planteaba, sin embargo, era por qué Zapatero esperó tanto para reemplazar al anciano ex Jefe de Protocolo de Felipe González, que desde el primer día venía materializando el principio de Peter en un cargo que le venía tremendamente ancho.

El otro peso pesado del Gobierno desde la llegada al poder, el Vicepresidente Solbes, transmitió desdén desde el principio, jugando a la contra desde dentro de manera creciente. Y aún así, aguantó toda la Legislatura y repitió en el primer Gobierno de la segunda. Por no hablar de los fiascos de la oferta semi-pública a Bono para liderar la campaña a la Alcaldía de Madrid tras su nunca bien explicada espantada del Ministerio de Defensa, o de los ministros estrella fugaz como Bernat Soria en Sanidad, aquel de Cultura que llegó al cargo haciendo manifestaciones públicas extravagantes y absurdas sobre su valía y gran experiencia o Mercedes Cabrera, que estuvo calentando banquillo mucho tiempo pese a haber ido de número dos en la lista de Madrid y cesó como Ministra mucho antes de lo que se esperaba.

 Sí, la política de personal, cuando menos errática y arbitraria, no ha sido nunca lo más admirable de Zapatero, como tampoco algunas de sus declaraciones públicas imprudentes, como por ejemplo cuando declaró, con toda razón pero sin ninguna necesidad, que animaba a otros países a seguir el ejemplo de España y salir de Irak, o cuando demostró la falta de información sobre lo que se estaba cociendo en ETA con aquella aciaga frase en vísperas del atentado de la T4.

Y sin embargo, sigue siendo mi mejor opción para la Presidencia del Gobierno. La lamentable, tremendista y demagógica oposición practicada por el PP durante la primera Legislatura al albur de la acción combinada de Acebes y Zaplana, los obispos, la AVT y Pedro Jeta sembrando conspiranoia sin cesar respecto al 11M, descalificaba cualquier opción de alternancia.

Al principio de la segunda la cosa mejoró un poco y parecía que Rajoy había optado por centrarse pero el escándalo Gurthel y la crisis económica han vuelto a poner de manifiesto la verdadera naturaleza del principal partido de la oposición, que no tiene ningún escrúpulo para revivir campañas calumniosas sobre la negociación con ETA pese a las detenciones masivas y ha está reciclando los peores modos del “váyase señor González” con el agravante de que la situación económica requeriría urgentemente de su colaboración.

Lo peor es que la campaña de acoso y derribo contra Zapatero parece estar encontrando, en esta ocasión, no pocos cómplices en las filas del antaño cohesionado PSOE, especialmente entre la generación más veterana, la que mantiene la sintonía con PRISA.

No es ningún secreto que Felipe González, Javier Solana, Joaquín Almunia o Pepe Bono, nunca le han tenido demasiado respeto a Zapatero. No es mucho exagerar decir que le consideran un niñato sin experiencia que consiguió llegar al poder de forma circunstancial y cuyo mayor error ha sido prescindir de los grandes próceres del Partido, es decir, de ellos mismos, que tanto hicieron por España y por el PSOE. Quitando al primero de la lista, el resto tiene un problema serio de frustración de sus propias ambiciones personales: todos abrigaban la esperanza de que su gran valía les llevara en volandas al liderazgo de Partido para, desde ahí, llegar a dirigir el país.

Pues bien, fracasaron y no por casualidad. La transformación de España que articularon desde el Gobierno durante los años ochenta fue espectacular pero su tiempo pasó, entre otras cosas por su contribución al descrédito y caos institucional de la primera mitad de los años 90: Juan Guerra, Roldán, Mariano Rubio, GAL…

Pero no parecen haber entendido que su tiempo pasó, especialmente aquellos que gracias a la generosidad integradora de Zapatero, han podido seguir en el Gobierno. Me refiero a los Rubalcaba, Jose Enrique Serrano, Elena Salgado, etc., que han venido manteniendo apretadas las filas hasta que han empezado a venir mal dadas, momento a partir del cual se suceden las filtraciones interesadas sobre cambios de gobierno y disensiones internas, curiosamente siempre a los medios de PRISA, los mismos que ignoran completamente -cuando no les atacan directamente- a los fichajes más zapateriles como Carme Chacón, Trinidad Jimenez, Miguel Sebastián o Leire Pajín.

Pues bien, Zapatero es de carne y hueso y por tanto tiene muchos defectos y comete muchos errores, pero entre ellos está el de dar demasiada cancha a los “felipistas”, a la vieja guardia que se ofrece como salvadora frente a una adversidad que en el pasado no fue capaz de superar. En este sentido, sería un grave error ampliar su ámbito de influencia todavía más con ocasión de la esperada remodelación del Gobierno. Al contrario, Zapatero debería aprovechar la conveniencia de eliminar carteras ministeriales para conformar un núcleo de Gobierno más leal, más moderno, menos felipista en suma, liberándose así del corsé que se ha dejado imponer en los últimos tiempos y situándose en condiciones más idóneas para explotar sus mejores cualidades.

En fin, ya decía que la política de personal no es, a mi juicio, uno de sus fuertes, así que mis expectativas son limitadas, pese a lo cual mi apoyo a Zapatero, crítico pero leal, permanece incólume, especialmente en vista de las mediocres y desgastadas alternativas dentro y fuera del PSOE.