¿Por qué no un referéndum?

Barañain

Una nueva etapa de oposición requiere de algo más que el enunciado de la voluntad de ejercitarla (¡ahora sí, se van a enterar!). ¿Hay algo nuevo en el documento político que ha discutido – si es que lo ha hecho realmente -, el comité federal del PSOE este último fin de semana? Yo al menos no he sido capaz de detectarlo.  He leído detenidamente, en la web del PSOE,  la explicación de Elena Valenciano sobre lo tratado en ese comité federal y no he visto una sola mención a cómo conseguir atraer hacia la política -no digo ya hacia la política socialista-, a esos millones de ciudadanos que han dejado de creer en ella. ¿Y hay acaso lago más urgente para un partido político cuya única razón de ser, es la voluntad de participación de la ciudadanía progresista?

 En esta última reunión de la dirección socialista, la primera del nuevo y trascendental curso político, más allá de reiterar las críticas ya conocidas a la política del PP, no se ha planteado nada ilusionante. Quiero decir, nada que permita suponer que los socialistas emprenden de veras la tarea de convencer al electorado -convenciéndose primero a sí mismos-, de que son la alternativa al calamitoso gobierno actual y de que es posible sacar al país del agujero negro de incertidumbre, y desilusión en el que está sumido.

 Mientras Rajoy sigue instalado en el recordatorio continuo de la herencia recibida (por cierto, justamente lo que en su investidura prometió no hacer), los socialistas siguen sin saber cómo contestar ante ese ataque  y parecen limitarse a esperar que el desgaste del PP les allane el camino de vuelta al gobierno. Respecto a su propio papel ante la crisis, el objetivo parece tan modesto como contradictorio: que se olvide mayo de 2010. Sigue sin saberse cuál es la valoración del PSOE, como colectivo político, sobre lo que ocurrió entonces. Por lo visto, se trata de conseguir que, simplemente,  transcurrido un tiempo prudencial -un luto de meses-,  se aleje de la memoria ciudadana cualquier posible vínculo del actual PSOE que quiere volver a ser alternativa de gobierno con las medidas adoptadas por el gobierno de Zapatero.

 Aquellas decisiones  pueden defenderse, dadas las circunstancias y creo que hay argumentos para ello. También pueden criticarse por supuesto, pero  a condición de que se explicite cual hubiera sido la conducta adecuada a seguir entonces. A toro pasado es fácil ponerse estupendo pero una crítica constructiva es la que cuestiona decisiones tomadas en base a los datos que entonces se tenían y en aquellas precisas circunstancias. Hay una tercera posibilidad, la peor a mi juicio, que es a la que se ha apuntado la dirección del PSOE: no decir ni sí ni no sino todo lo contrario, dejarse llevar por la marea, adoptando un aire de compungido arrepentimiento por lo ocurrido pero sin explicitar claramente por qué estuvo mal o cómo, alternativamente, debiera haberse  actuado. Hacerse perdonar el pecado sin haberlo confesado claramente.

 A falta de mayor claridad sobre el fondo del asunto, esto es, sobre la política económica a adoptar     – y sobre la relación con los socios europeos-,   la cuestión que suele plantearse es más bien de tipo meramente formal: si se acierta en el tono de la crítica o si la oposición al gobierno debe ser más contundente. Da la impresión que los dirigentes socialistas no se  han planteado otro debate que ese.

 La verdad es que tengo mis dudas de que incluso sobre eso se haya debatido en serio.  Por vez primera, en mucho tiempo, la discusión  se ha hecho a puerta cerrada, al parecer  “para favorecer el debate”. Otros han apuntado, misteriosamente, que ha sido  una “concesión al aparato”. A estas alturas, a los experimentados miembros del comité federal socialista parece que les cohíbe expresarse ante los medios. Suena raro. Y suena viejo: no es lo que uno esperaría de esta nueva etapa.

 El madrileño Tomás Gómez estaba dispuesto a animar la cosa con su propuesta de defender la necesidad de un referéndum para que los ciudadanos aprobaran o no la petición de rescate a la que el Gobierno de Rajoy está abocado. Parece ser que el resto ve demasiado riesgo en la iniciativa.

No sé si ha sido Patxi Vázquez el que ha expresado la opinión mayoritaria en contra de la idea -ya rechazada previamente por Rubalcaba-, aludiendo a que es “la hora del parlamento, que es el representante legal de los ciudadanos”. ¡Gran descubrimiento! Pero en una democracia parlamentaria el congreso de los diputados no tiene “una hora”, no hay un momento concreto en el que adquiera un valor mayor su papel en el sistema político.  Pero, sin demérito del parlamento, sí puede haber un momento en el que debe darse la palabra a los ciudadanos.

 Y este que vivimos puede ser ese momento. Precisamente porque incumpliendo el contrato con los ciudadanos la actual mayoría parlamentaria viene haciendo lo contrario de aquello a lo que se había comprometido. Porque no se trata sólo del rescate en sí, sino del conjunto de políticas que viene ejecutando Rajoy, pasándose por el arco del triunfo, desde el minuto primero, el programa con el que consiguió la mayoría absoluta. ¿No tienen derecho los ciudadanos, ante tan flagrantes incumplimientos, a revalidar su apoyo o censurar a sus supuestos representantes? ¿No tienen derecho a ser consultados sobre la aceptación o no de las condiciones del rescate? 

 ¿No estamos todos convencidos -también los dirigentes del PSOE, o eso suelen repetir-, de que el mayor peligro de la situación actual es la desafección de los ciudadanos hacia la política democrática? Si es así – y lo es-, apelar al protagonismo de los ciudadanos, en este contexto tan excepcional, mediante el referéndum, es una propuesta que merece ser debatida antes de despacharla sin más, aludiendo tontamente a un respeto al parlamento que nadie ha cuestionado. No sé si la propuesta en cuestión llegó a debatirse, pero supongo que no (en los resúmenes de lo tratado ni se menciona siquiera), y me parece un error.

 Denunciar las falsedades del gobierno y la ilegitimidad de su política, apelando a los ciudadanos -aún sabiendo que el actual gobierno no estaría por la labor de plantear una consulta-, dotaría de fuerza e identidad política a  quien aspira a ser alternativa. En vísperas de movilizaciones como las convocadas por los sindicatos y otras en el horizonte inmediato, enarbolar la bandera del referéndum supondría algo más que un chispazo -algo ingenioso condenado a agotarse enseguida-, en el sombrío panorama político. Condicionaría seguramente la política a corto/medio plazo. Para el PSOE -el único capaz de liderar una propuesta así-,  supondría retomar la iniciativa después de mucho tiempo de recular a la defensiva.

 No soy para nada adepto a la política de plebiscitos y referendos por sistema. Pero pocas situaciones como la actual -verdaderamente excepcional-, son tan propicias para apelar a la voluntad ciudadana como esta. Tiene sus riesgos, qué duda cabe. Sobre todo, si no se acaba de precisar cuál es el límite de las críticas a la política del gobierno actual. El PSOE del “ni sí, ni no” puede temer que un referéndum, fórmula siempre propicia al blanco/negro le obligaría a pronunciarse con más rotundidad de la que tal vez esté en condiciones de soportar.  Me temo que ese es el auténtico problema.