Por la gratuidad de la universidad pública

David Rodríguez

Hace unas semanas el Parlament de Catalunya aprobaba una ampliación de las becas equidad para las rentas más bajas, que en la práctica supone una rebaja del 30% del precio de las matrículas para las familias de tramos de renta inferiores a los 40.000 euros anuales. Esta propuesta representa una aceptación parcial de la enmienda a los presupuestos presentada por el grupo parlamentario de Catalunya Sí Que Es Pot (CSQP), que aspiraba a una rebaja generalizada para todo el alumnado.

El debate en torno a las tasas universitarias viene de bastantes años atrás y se halla lejos de estar resuelto. Desde posiciones liberales, se trata a los estudiantes como meros clientes que consumen la mercancía educativa. Por tanto, han de asumir una parte del coste de sus estudios, con independencia de su nivel de renta, y el conocimiento y pago del mismo es un incentivo para estudiar de manera más competitiva. Además, añaden un argumento supuestamente progresista que ha calado incluso en algunas posiciones presuntamente de izquierdas: dado que a la universidad acceden mayoritariamente estudiantes de rentas medias y altas, no sería justo que este servicio fuera sufragado por el conjunto de la sociedad.

Frente a estas tesis de la derecha, creo que es bueno recuperar algunos principios básicos de un modelo más progresista, que puede compartirse tanto desde posturas socialdemócratas como de una izquierda más alternativa. Se trata de colocar como punto de partida la gratuidad de las matrículas, por entender que la enseñanza universitaria es un servicio público. Además, se considera que los y las estudiantes están preparándose para un puesto de trabajo al que de momento renuncian, por lo que han de recibir un sueldo para estudiar (o beca salario). La universidad se financia mediante un sistema fiscal con un importante peso de los tributos directos, mayor participación de los impuestos sobre el capital, gran progresividad y ausencia de fraude. Los países escandinavos son el paradigma de este modelo, con un gasto público que dobla al español, ausencia de tasas y becas mucho más generosas que las nuestras.

Es importante observar que no podemos partir de la base de que a la universidad sólo puedan acceder las clases sociales con rentas más altas. El modelo liberal no sólo lo hace, sino que lo utiliza como excusa para proponer que se paguen mayores tasas. Esto resulta bastante absurdo si se tiene en cuenta que una financiación mediante impuestos progresivos debería implicar precisamente una mayor aportación de esas rentas más elevadas. A no ser que lo que se pretenda sea mantener un cierto clasismo en el acceso a la enseñanza superior, mientras se trata de engañar a la gente con argumentos tramposos de una supuesta sensibilidad social que en realidad brilla por su ausencia.

Por otro lado, creo que es interesante aclarar un par de conceptos. En primer lugar, aunque se suprimieran las tasas la universidad no sería realmente gratuita, ya que existen un conjunto de costes indirectos que dificultan los estudios, especialmente a las rentas más bajas, como el precio del material escolar, el desplazamiento, el alojamiento (para los que viven fuera) y sobre todo el coste de oportunidad de no trabajar. Por todo ello, si queremos universalizar el acceso a los estudios superiores no sería suficiente con eliminar las matrículas, sino que deberíamos completarlo con un sistema de becas en función (ahora sí) del nivel de renta con tendencia a la gratuidad real y que facilitara un acceso igualitario a todo el mundo.

En segundo lugar, me gustaría criticar la falacia de que el alumnado asume mediante tasas una proporción baja del coste de sus estudios. Primero, porque olvida que el sistema universitario se financia también a través del conjunto de los impuestos. Segundo, porque como acabamos de ver el coste real para el alumnado está muy por encima de las meras tasas. Tercero, porque el presupuesto de la universidad incluye elementos que redundan directamente sobre el alumnado, pero también incluye otros que benefician al conjunto de la sociedad, como es el caso de la investigación. Por tanto, una simple división entre tasas y conjunto de ingresos es de un simplismo que no resiste el mejor rigor a la hora de tratar un tema mucho más complejo.

En conclusión, haríamos bien en escuchar las demandas del movimiento estudiantil que lucha y se manifiesta por una universidad pública y realmente gratuita. Estas demandas, lejos de lo que indican algunos supuestos expertos de la derecha, no son en absoluto corporativas, sino que pretenden abrir el acceso a los estudios superiores a muchas personas que ahora mismo no pueden permitírselo.