Por fin el acuerdo con Irán

LBNL

Les avanzo una primicia: Antes de 24 horas se habrá llegado a un acuerdo de principio sobre el programa nuclear iraní que, a juicio de los cinco países miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (EEUU, Rusia, China, Gran Bretaña y Francia) y Alemania, garantizará que si Irán decidiera construir una bomba nuclear, la comunidad internacional tendría un año para tomar las medidas oportunas para evitar que pudiera construirla. En realidad no es una primicia. Quizás la noticia haya ya saltado para cuando estas líneas (escritas el pasado domingo) vean la luz, o quizás no y la que se publique el miércoles por la mañana sea que las intensísimas negociaciones en curso se frustraron en el último momento. Dejémoslo pues en apuesta: me la juego a que se llega a un acuerdo antes del miércoles 1 de abril.

Empecemos por lo menos importante: ¿por qué se producirá la noticia – en un sentido o en otro – antes del miércoles? Por dos razones. La primera porque los negociadores se dieron un plazo adicional hasta finales de marzo de 2015. La segunda y quizás más importante – dados los múltiples precedentes de negociaciones extendidas “parando el reloj” – es que el 1º de abril es el equivalente al día de los “Santos inocentes” en gran parte del mundo y, aunque no lo crean, los negociadores no quieren ofrecer ese flanco débil a los múltiples enemigos del pacto, principalmente los halcones norteamericanos, iraníes e israelíes, fervientemente opuestos al acuerdo por motivos principalmente opuestos pero coincidentes en que a todos ellos les conviene seguir instalados en el enfrentamiento permanente.

¿Por qué habrían de concluir el acuerdo ahora y no darse un nuevo plazo adicional? También por un par de razones. De una parte, ya acordaron prolongar el plazo un par de veces y no cabe seguir prolongando la negociación ad eternum. De otra, no hay una razón poderosa para hacerlo puesto que las posiciones están lo suficientemente cerca. De hecho, el acuerdo posible es conocido y sólo faltan algunos detalles. Pero es que, además, hay un fuerte riesgo de que en vez de flexibilizarse, la presión combinada de los halcones por ambos lados endurezca las posiciones negociadoras. Por ejemplo, el Congreso estadounidense ha amenazado con imponer nuevas sanciones a primeros de abril si vence el plazo sin acuerdo. Del lado iraní, la presión sobre el Presidente Ruhani es cada vez mayor dada la falta de resultados de su política de apertura, que debería haber propiciado ya un mayor levantamiento de las sanciones internacionales – principalmente petrolíferas y bancarias – contra Irán. Finalmente, sería conveniente concluir el acuerdo antes de que se constituya el nuevo gobierno israelí, que Netanyahu conformará con los líderes de todos los partidos derechistas, para evitar el previsible aluvión de advertencias apocalípticas.

Volviendo al fondo del asunto, la razón principal por la que se concluirá el acuerdo es porque todas las partes tienen mucho que ganar con el. La bajada del petróleo hace todavía más necesario para Irán que la comunidad internacional levante las sanciones sobre sus exportaciones y permita reactivar todas las inversiones necesarias para poder empezar a exportar gas en grandes cantidades lo antes posible. Irán nunca ha dicho que quisiera fabricar la bomba atómica. Antes al contrario, el Guía Supremo, Jamenei, ha repetido en muchas ocasiones que la bomba atómica es contraria al Islám y por tanto Irán no la fabricaría. Son múltiples las razones para no fiarse: ¿para qué los experimentos militares entonces?, ¿por qué tanto interés en la energía nuclear civil o pacífica teniendo tantas reservas de gas y petóleo?, ¿por qué entonces tanta resistencia a las inspecciones internacionales?… Pero lo cierto es que un par de décadas después de iniciar su programa nuclear, Irán no ha fabricado la bomba. Principalmente porque no le hacía falta: le bastaba con amagar con hacerlo.

Durante todo este tiempo, la teocracia iraní ha desafiado a la comunidad internacional dotándose de la maquinaria, el combustible y el conocimiento necesario para dominar lo que se conoce técnicamente como el “ciclo nuclear completo”. De ahí que la estimación actual sea que, si quisiera, tardaría unos pocos meses – quizás tres – en fabricar una bomba atómica. Dado que, en paralelo, Irán ha desarrollado un potente programa balístico – misiles de largo alcance – Irán podría, en un plazo muy breve de tiempo desde que tomara la decisión de hacerlo, lanzar una bomba atómica a un par de miles de kilómetros de su territorio.

Muchos otros países podrían fabricar una bomba atómica en un plazo breve de tiempo aunque menos breve y casi ninguno de ellos – España incluída – ha dedicado un esfuerzo similar a un progama balístico que le permitiera lanzar la bomba. Igual de importante resulta que, de entre los que podrían ser candidatos a nuclarizarse, ninguno tenga un régimen tan bizarro como el iraní, la única teocracia militarizada que conozco, al menos entre los países de una dimensión relevante. Iran no es Brunei o Nepal, ni tampoco Venezuela. Irán es Persia, una civilización de pasado imperial que se siente y que de hecho está rodeada por otras naciones con las que ha venido compitiendo desde tiempos ancestrales: la árabe, la turca, la rusa, la judía… Lo cual explica su coyuntura pero al tiempo la hace más preocupante.

En todo caso, los persas son también los reyes del bazar, del regateo, de la negociación hasta el último segundo, orgullosos pero también sagaces, capaces de calibrar lo que el adversario tiene que ganar y perder pero también conscientes de su ganancia o pérdida. Durante los muchos años de negociaciones, “Occidente” ha tratado de imponer, ha exigido y ha demandado condiciones inaceptables para Irán. Cuando a principios de los noventa Irán aceptó suspender el enriquecimiento de uranio, “Occidente” no cumplió con lo acordado. De ahí que ahora la suspensión ni se plantee. En aquel entonces, el programa nuclear iraní era un mero embrión: Irán estaba a varios años de poder fabricar una bomba nuclear. Ellos sabían que el tiempo jugaba a su favor. Tomaron sus precauciones para que un ataque aéreo no pudiera destrozar sus instalaciones – subterránenas las más importantes – y tuvieron mucho cuidado de no tensar la cuerda en demasía, aceptando inspecciones del OIEA de tanto en cuanto y no realizando ningún ensayo nuclear, como si hizo, por ejemplo, Corea del Norte. Los sucesivos sátrapas de la dinastía norcoreana estaban y siguen desesperados, al mando de un país crucificado por lo absurdo de su régimen y necesitados de elevar la tensión al límite para mantener la cohesión interna y que la comunidad internacional les haga algo de caso.

El caso de Irán es bastante diferente. Tienen petróleo a espuertas y todavía más gas. Son la llave del estrecho de Ormuz y también el paso más lógico para el gas de Turkmemistán. Si se fijan, por algún designio del destino que desconozco, por todo el mundo árabe las mayores reservas petróliferas las habitan mayoritariamente los chiítas: Arabia Saudí, Irak, Bahrain, incluso Kuwait. Tienen un largo y brillante pasado y no tienen prisa por volver a tener un futuro igualmente poderoso. Saben que nadie en su sano juicio está dispuesto a encabezar una invasión (muchos más millones de habitantes que Irak) y que pueden resistir lo que sea necesario. Si “Occidente” no estaba dispuesto a darles lo que ellos consideraban justo y necesario, bastaba con seguir con lo suyo hasta que volvieran a llamar a su puerta. Fueron varias las veces en las que, en efecto, “Occidente” volvió como el cartero que llama dos y más veces, y en alguna ocasión las relaté aquí en detalle. Pero la oferta seguía siendo “insultante”. Irán se ve como una potencia regional y quiere ser partícipe del entramado securitario regional, es decir, actor con el que se cuente a la hora de diseñar el futuro de Irak, Siria, Líbano, la nación kurda y hasta Yemen o el futuro de los palestinos. Están hartos de ser considerados y tratados como parias por occidentales, sunitas y “judíos” al alimón y determinados a dejar de serlo.

Y lo han conseguido. “Occidente” ha renunciado a la suspensión del enriquecimiento pero también al llamado “cambio de régimen” (regime change en su acepción original Bushiana”) y a la interferencia en asuntos internos. Jamenei, el Guía Supremo – aquejado de cáncer de próstata, por cierto – se ha garantizado morir en la cama y su sucesor no será violentado por un golpe de la CIA, como el de los años 50. A cambio de reducir las centrifugadoras en varias miles y aceptar la instalación de cámaras 24/7 del OIEA en sus instalaciones nucleares, habrá conseguido el levantamiento de la mayoría de las sanciones internacionales que tanto daño le han hecho a su economía, primero las de la UE, luego las de la ONU y seguramente después, la mayoría de las de EE.UU. que aún mantiene congelados los activos iraníes que estaban en territorio comanche en 1979, cuando la revolución – no de los mullahs, que se hicieron con el mando luego – expulsó al Shá aliado de EE.UU.

Bien, de acuerdo, Irán puede esgrimir muchos agravios y va a verse recompensado en gran medida pero, ¿qué hay de lo nuestro, el resto tenemos algo que ganar? Sí, y mucho. Para empezar, no es desdeñable que, gracias en parte a las negociaciones, Irán no ha decidido fabricar la bomba. Y, en caso de acuerdo, estará mucho más lejos de poder hacerlo durante toda una década, plazo de vigencia del acuerdo que se negocia. Además, si el petróleo iraní vuelve al mercado, abiertamente, sin subterfugios, el petróleo bajará de precio todavía más, lo que conviene a nuestras economías y, además, le asestará una nueva vuelta de tuerca a Rusia, que últimamente no se está portando demasiado bien a las puertas de nuestra casa europea. Pero, oiga, ¿entonces por qué Rusia apoya un acuerdo? Hombre, pues porque le conviene bastante tener un vecino bajo control al que poder vender equipamiento nuclear civil (como la central nuclear de Busher) reduciendo el riesgo de que le pueda acabar cayendo un misil nuclear. ¿Y China? Encantada de poder seguir abastenciéndose de energía iraní – como hace su rival indio – sin tener que pagar el precio de saltarse las sanciones internacionales. Vale, vale, pero ¿por qué EE.UU. aceptaría bajarse los pantalones después de varias décadas? Son varias las interpretaciones, incluida la de los halcones: Obama es un calzonazos de un parangón similar al de Carter, un fracasado en todos los órdenes, un Zapatero yanki si me apuran. Pero son legión los que opinan que ante un fracaso continuado más vale cambiar de táctica, sobre todo si conviene aunar aliados contra el integrismo militante sunita, como el del mal llamado Estado Islámico (en serio, utilicen Da´esh, o al menos ISIS, no para fardar de árabe en plan Gustavo de Arístegui o Fernando Reinares sino porque a los capullos les molesta mogollón), empezar a sentar las bases de una solución para la guerra civil en Siria y evitar el colapso del Líbano, o de Afganistán, por poner sólo un par de ejemplos. Porque como se está demostrando en Irak, la contribución de Irán a la lucha contra Da´esh permite a EE.UU. ahorrarse un montón de cientos de millones de dólares y muchos muertos.

Hay otro motivo menos evidente pero, a medio y largo plazo, igualmente importante. La rehabilitación internacional de Irán supondrá un debilitamiento de la dependencia norteamericana de Arabia Saudí. Oímos mucho sobre la locura de los mullahs iraníes y casi nada es falso pero lo cierto es que en Irán las mujeres conducen, los jóvenes ligan y el alcohol corre a espuertas, eso sí, de puertas para dentro. Y, muy importante, el régimen iraní a veces exporta terror, ordenando y facilitando esporádicos ataques terroristas en supuesta respuesta a ataques contra su régimen, que haberlos haylos. Ahora bien, nada en comparación con la exportación persistente y continuada del salafismo wahabita que Arabia Saudí viene consintiendo e incluso promoviendo activamente desde hace décadas. Hasta hoy en día, Arabia Saudí, en principio enemiga declarada del Da´esh, no puede enfrentarse doctrinalmente con quienes comparten su ideario retrógado, primitivo y absolutamente nocivo, frente al cual el chiísmo es un paraíso de libertad, si bien más pasional, en absoluto responsable del terrorismo mesiánico como el que atentó el 11-M o contra Charlie Hebdo.

Netanyahu se desgañitará, sin duda, pero clamará en el desierto. ¿Cómo explicará que las negaciaciones, contra las que se opuso vehementemente, han sido el mejor freno a las peores tentaciones iraníes? ¿Por qué habríamos de confiar en su pésimo criterio por el que la seguridad de Israel está cada vez más amenazada que nunca? ¿Qué credibilidad tiene el halcón que al segundo después de ganar las elecciones abraza de nuevo la solución de los dos Estados de la que renegó poco antes y libera los 500 millones de dólares que llevaba meses reteniéndole a la Autoridad Palestina para evitar que quiebre?

La seguridad mundial mejorará indediblemente con el acuerdo que se anunciará en las próximas horas y también la de Israel, nuestra economía y nuestra capacidad de conseguir que Rusia acepte unas normas mínimas de comportamiento en lo que considera su hábitat natural.

En el fondo tienen razón los que consideran que Obama es un poco como Zapatero. No grita, no insulta, no figura pero, zas, a la porra el embargo a Cuba, y zas, se acabó la amenaza nuclear iraní. Tiembla Netanyahu, que eres el próximo: ¡habrás ganado pero te has quedado sin la coartada del holocausto iraní y se te va a caer el pelo! Es muy consciente. Por algo fue a Washington a soltar un discurso contra el acuerdo en el Senado a espaldas de la administración Obama: porque sabe que una vez resuelto el entuerto iraní, el siguiente es el palestino, y dos años de Obama son “molto longos”, como decía Juanito de noventa minutos en el Bernabeu.