Por alusiones

Ignacio Sánchez-Cuenca 

Con gran ilusión, retomo la relación DC después de unos largos años de ausencia. Ya me gustaría que también lo hiciera Averlas (¿se imaginan su crónica sobre el asesinato de Carrasco?), pero no caerá esa breva. El 14 de mayo publiqué un artículo en infoLibre titulado “¿Por qué no nos vamos del euro?”. Al día siguiente, un buen amigo, LBNL, cuyas siglas no tengo ni idea de lo que representan (supongo que algo tendrán que ver con el Barça), publicaba una réplica (“Porque sería peor el remedio que la enfermedad”) en las páginas de este venerable blog. Su respuesta es una buena oportunidad para continuar un debate necesario en el que en España nadie quiere participar, pues se considera que nuestra pertenencia al euro es algo tan definitivo e inapelable como que nuestro planeta gire alrededor del Sol.

En otros países (incluso en Alemania) la gente debate con brío sobre el euro. Entre nosotros, que alguien cuestione el euro se considera una provocación, una gracieta, una extravagancia o todo ello a la vez. De hecho, la motivación principal que me llevó a escribir el artículo referido fue un trabajo luminoso, profundo y breve de Fritz Scharpf, que no es, por cierto,  “un tal Fritz Scharpf”, como lo llama LBNL con desdén: Scharpf es el profesor de ciencia política más conocido de Alemania y es el autor que mejor ha analizado la política de la UE durante los últimos 40 años. Su libro Governing Europe, o su artículo clásico “The Joint Decision Trap”, se enseñan en la mayor parte de los cursos sobre integración europea y han recibido miles de citas en el mundo académico. Scharpf obtuvo hace unos años el John Skytte Prize, el premio mundial más prestigioso que hay en la ciencia política. Al margen del reconocimiento unánime a su carrera, a mí siempre me ha parecido una de las voces más interesantes sobre Europa.

Pues bien, en el trabajo de Scharpf,  se hace una lectura muy crítica del funcionamiento del euro y se pregunta, entre otras cosas, cómo es posible que los países del sur aceptemos de forma tan sumisa y acrítica las políticas económicas que nos obligan a hacer y que tan contraproducentes están resultando. Desde su punto de vista, la única forma de conseguir un cambio de las reglas y funcionamiento del área euro pasa porque los países más castigados por la irracionalidad del BCE y la Comisión se planten y amenacen con marcharse. La amenaza es creíble porque si la UE decide no reformar el área euro, los países del sur, a medio y largo plazo (evidentemente no a corto plazo) estarán mejor fuera del euro que dentro. Yo había defendido, de forma mucho más torpe, la misma idea en artículos míos anteriores. Scharpf lo hace ahora de modo mucho más convincente.

Digo todo eso porque LBNL afirma que ni yo ni Scharpf parecemos “conocer con suficiente detalle cómo funciona la UE, particularmente en materias económicas”. En mi caso puede ser cierto, pero Scharpf es uno de los tipos que más sabe en Europa sobre este asunto. Estaría bien, en cualquier caso, que LBNL se animara a hacer un análisis exhaustivo, porque lo único que añade es que Alemania tiene un 30% del voto, una obviedad que ni siquiera yo habría pasado por alto. Modestamente, he intentado en algunas publicaciones (entre otras, en La impotencia democrática) explicar que el problema no está en el peso de los países en el Consejo, sino en que el diseño institucional del área euro está hecho según los presupuestos ideológicos de los economistas alemanes. Este sesgo (más que el peso de Alemania en el Consejo) es lo que impide que se abran paso políticas alternativas. El problema no es de votaciones: el problema es que los Estados miembro han aceptado constitucionalizar la política económica, poniéndola al abrigo del juego político, ya sea mediante la delegación al banco central más independiente del mundo, que es el BCE, ya sea blindando constitucionalmente la política económica mediante reglas de obligado cumplimiento. 

El mayor error de LNBL (antes de entrar en la cuestión sustantiva) es el que expone en este párrafo:

“Pero no es cierto que fuera el BCE quien forzara a España a cambiar sus políticas económicas. Fueron más bien los mercados, la maldita prima de riesgo, la que obligó a varios países europeos a aceptar las recetas de los tecnócratas de Frankfurt a cambio de su apoyo monetario.”

Esto no es así. Veamos: España tuvo que aceptar las políticas de austeridad cuando su prima de riesgo estaba por debajo de los 200 puntos (en mayo de 2010). No había entonces riesgo de insolvencia. Las políticas de austeridad fueron una condición impuesta por Merkel a cambio de que Alemania apoyara el plan de rescate a Grecia. Lo cuenta muy bien Zapatero en su libro El dilema. Pero no es esto lo más importante. Lo más importante es que la prima de riesgo, como ha analizado de forma muy convincente Paul de Grauwe, depende de lo que haga el BCE. Y el BCE decidió no apoyar de verdad la deuda de los países del sur hasta verano de 2012, cuando la subida de la prima en Italia y España hasta los 600 puntos amenazó con reventar el sistema (“too big to fail”). El BCE retrasó todo lo que pudo la decisión porque su principal interés era forzar a los países del sur a poner en práctica los programas de austeridad. Curiosamente, hoy la prima de riesgo está en torno a los 150 puntos cuando tenemos una deuda pública que no ha dejado de subir desde que empezó la crisis y que ya está próxima al 100% del PIB (partíamos del 37% del PIB). ¿Cómo puede ser posible que habiendo empeorado tanto el problema de endeudamiento público, la tasa de interés de la deuda española a 10 años haya bajado a niveles pre-crisis? Pues porque ahora tenemos el apoyo del BCE y antes no. Los mercados atacan, por tanto, en función de si el Estado en cuestión cuenta con el apoyo de un banco central o no.

El punto de partida de LNBL se basa en un análisis equivocado del origen de los problemas de la prima de riesgo. España ha sufrido innecesariamente durante tres años el acoso en los mercados de deuda por la inacción irresponsable del BCE. Esto es parte del problema general de disfuncionalidad de la unión monetaria.  

Vayamos ahora a la cuestión principal, si cabe plantear la salida del euro o no.  La premisa de mi argumento es la siguiente: la primera opción no es salirse del euro, sino cambiar su sistema.  Pero para poder cambiarlo, será necesario amenazar con marcharse. Todo el mundo se llena la boca con planes sobre cómo debería cambiar la UE, pero nadie explica cómo se hará realidad ese cambio. Y, sobre todo, ¿qué sucede si los planes de cambio se frustran? ¿Nos resignamos con lo que tenemos?

Mi propuesta  es cambiar las reglas del euro para poder permanecer en la unión monetaria. Pero si no hay cambio, es mejor salirse que quedarse en las condiciones actuales.

Quienes no están de acuerdo con esta propuesta, no exponen nunca un plan realista y práctico para lograr el cambio en la UE. Más bien, lo que hacen es centrarse en señalar que irse del euro sería una catástrofe.

LBNL recurre a un argumento clásico, que es el del aumento de nuestro endeudamiento en caso de salida. Pero cualquiera que esté familiarizado con el debate sabe que quienes propugnan la salida del euro dan por supuesto que tiene que haber un impago de gran parte de la deuda acumulada. Sin impago (restructuración, quita, como se quiera llamar) no tiene sentido plantear la salida. Por otro lado, son muchos (en España, José Carlos Díaz, por ejemplo) quienes dicen que incluso dentro del euro los países del sur nos encaminamos ineluctablemente hacia un impago. Pero dejemos ese asunto de lado. Lo que quiero subrayar es que, sí, la salida del euro se haría renunciando a pagar buena parte de la deuda. Los impagos han sido frecuentísimos en la historia. Es un mito no sustentado en dato alguno que un país que hace un impago queda condenado por la comunidad internacional de prestamistas y no vuelve a recibir crédito. Quienes han estudiado estas cosas han puesto de manifiesto que al cabo de unos pocos años el país, si está saneado, recupera el crédito. En cualquier caso, para salirse del euro, convendría que España, como ya ha hecho Grecia, alcanzara un superávit primario (sin tener en cuenta el pago de intereses), pues durante los primeros años sería difícil acceder al crédito (hace unas semanas Wolfgang Munchau publicó en Financial Times un artículo señalando que Grecia haría bien en plantearse ahora su salida del euro por este motivo).

Aunque el caso de Argentina es muy distinto, es discutible si es un ejemplo a evitar o a imitar. Argentina ha tenido un crecimiento largo y fuerte tras su default : ¿se imaginan cuál habría sido el destino de Argentina durante la primera década del siglo XXI si hubiera seguido dolarizado y poniendo en práctica las políticas neoliberales de Menem y sus sucesores?

A corto plazo, salirse del euro sería una fuente de problemas. Frente a la devaluación interna actual, que afecta sobre todo a las rentas más bajas de la población y que lleva años culminar, la devaluación externa se haría de golpe y sería más equitativa (las élites también sufrirían, no como ahora, que no han visto apenas menoscabada su renta disponible). Al principio sería todo muy complicado y duro, pero a medio plazo España tendría perspectivas de recuperar su potencial de crecimiento (como tantos otros países pequeños y medianos que hay por el mundo y que no pertenecen a uniones monetarias). Ojalá no fuera necesario llegar a una solución tan extrema, pero de momento no se ve que vaya a haber un cambio en la dirección deseada en la UE en un plazo de tiempo que sea aceptable para quienes de verdad están sufriendo la crisis (parados, desahuciados, trabajadores que han perdido un 30% de sus ingresos, etc.).

Finalmente, LBNB entra en lo que llamo la “lírica europeísta”: la UE “es la garantía de paz entre las potencias europeas”. Esta afirmación, que tuvo sentido en la posguerra, ha dejado de tenerlo. Si algo hemos aprendido, es que las democracias, dentro o fuera de la UE, no entran en guerra entre sí. El problema de Europa en las guerras mundiales no es que no tuviera UE, sino que hubiese dictaduras con planes bélicos. Una vez que Europa se ha democratizado, lo que garantiza la paz no es la UE, sino la democracia. Afirmar, en estos momentos, que la UE “es el proyecto político de promoción voluntaria de la democracia más ilusionante de los últimos siglos” es una exageración sin fundamento alguno. Todos los Estados eran ya democráticos antes de entrar en la UE (es una condición para el ingreso) y la UE, como tal, no es precisamente un éxito democrático. No hay más que ver el éxito de las elecciones europeas: la participación no ha dejado de bajar desde 1979, por más que se hayan ampliado las competencias del Parlamento en todo este tiempo.

Para acabar, el problema es también la UE, no sólo la derecha española, como pretende LBNL. Los dos son un problema en este momento. Y Rajoy, por cierto, se siente muy a gusto con la UE, de la que recibe pleno apoyo, porque está haciendo lo que le piden y lo que le piden es lo que le gusta, dinamitar el Estado del bienestar y cambiar para siempre el equilibrio entre trabajadores y empresarios en el sistema de relaciones laborales de España.

Estoy de acuerdo en que sería estupendo que nuestros representantes dieran la batalla en el Parlamento Europeo y en el Consejo. Pero no nos engañemos: la política económica viene dictaminada ante todo por el BCE y, en menor medida, por una Comisión seguidista e inepta que no ha sabido oponerse al austericidio. Ahí poco tienen que hacer nuestros representantes, salvo que de una vez digan que hasta aquí hemos llegado y que si no cambia un sistema tan injusto como este, será mejor largarse. Si este plan no es el bueno, que se propongan otros. Lo que no vale es mantener la agonía actual con falsas promesas de que la UE dará en algún momento un paso adelante…

Muchísimas gracias a LBNB por abrir espacio para el debate y disculpas por la extensión de esta respuesta.