Populismo

LBNL

Está por todas partes en nuestro espectro político. Pablemos es el máximo exponente: denuncias muy legítimas acompañadas de recetas ambiguas para alcanzar pretendidas soluciones impracticables, por conllevar un coste mayor al beneficio que pretenden (por ejemplo: no pagar la deuda; prohibir los despidos en las empresas con beneficios). Pero no están solos ni mucho menos.

Populismo es también declarar taxativamente, como acaba de hacer Pedro Sánchez, que el PSOE nunca pactará con populismos. Prácticamente al mismo tiempo, Mas, el populista estrella de la cornisa noreste peninsular, amenazaba a sus populistas socios de Esquerra – que le presionan con llamamientos a la desobediencia civil para realizar una consulta divisiva, que no tendría cobertura legal y que en todo caso tendría un resultado ambiguo (sólo votarían los conversos y no para pedir la independencia sino el denominado derecho a decidir) – con formar un nuevo gobierno de la mano (necesariamente) del PSC. Ya sabemos que PSOE y PSC no son exáctamente lo mismo pero si estamos contemplando un pacto con la CiU de Mas, no conviene llenarse la boca con soflamas anti-populistas.

Claro que, para populista, Mas, que lleva un par de años largos azuzando el soberanismo para hacer olvidar sus magros resultados económicos. Ahora bien, populista tonto porque se le está acabando el camino y tiene pinta de que no va a poder evitar despeñarse. O este tipo es un genio del ajedrez político capaz de anticipar con acierto varias jugadas más que el resto de los humildes mortales, o su suerte está echada, con la única duda de si será derrotado en las urnas en menos de un año o decidirá no presentarse. Ya ha quedado claro que no celebrará la consulta tantas veces prometida y seguramente argumentará que es necesario preparar bien unas elecciones plebíscitarias en las que el pueblo catalán responderá a las claras al yugo del gobierno y Tribunal Constitucional de Madrid. Si ERC no coopera, cederá lo indispensable para que el PSC no tenga más remedio que sostener de facto al Govern por responsabilidad. Pero antes o después, las elecciones llegarán y tanto con Mas a la cabeza como sin él, parece ineluctable que Convergencia se hundirá, más o menos dependiendo de como le vaya al PSC, la posible competencia de Durán i Lleida al frente de una nueva coalición catalanista, y las revelaciones que vayamos descubriendo sobre el o los varios casos “Pujol”.

Es un poco como lo del populismo del PP, con la pretendida reforma del aborto. Como gobierna, ha tenido que tomar decisiones poco populares, algunas incluso en contra de lo propuesto en su programa electoral, como la subida de impuestos. En cambio, ahora parece que van a meter en un cajón la propuesta de reforma de la ley del aborto, no por su carácter regresivo y por la mayor incertidumbre jurídica que crearía, sino porque las encuestas indican que les haría perder votos. Con razón el ABC les acusa de inconsecuentes: se han pasado meses afirmando que la propuesta era consecuencia directa de su programa electoral (no lo era, échenle un vistazo) y que, por tanto, respondía a la voluntad democrática. Para otros, era una cuestión de moral y principios innegociables: la defensa del derecho a la vida. Pues nada, ni lo uno ni lo otro importa tanto, al parecer, frente a la posibilidad – muy probable – de perder una riada de votos. Ahora bien, como en el caso de Mas, esto es populismo tonto porque no hacían falta muchas alforjas para este viaje. En el caso de Mas, todavía cabía soñar con que el pueblo catalán, ebrio de soberanismo pero triunfal, apoyaría al prócer de su liberación antes que a los extremistas que le acompañaron por el camino. No hay explicación lógica alguna, en cambio, a que en el PP no fueran capaces de prever de antemano que una reforma del aborto tan regresiva, tendría un importante coste electoral.

Podríamos seguir, acusando de populismo a UPyD cuando acepta flexibilizar su criterio, hasta ahora sagrado, de presentarse en toda España con la misma marca, en vista de la necesidad de coaligarse con Ciutadans en Cataluña y probablemente también en Madrid, necesidad puesta de manifiesto por la irrupción de Podemos como fuerza en fuerte ascenso en Madrid, una de las escasas plazas fuertes de UPyD. O también a IU, que se ha pasado años, décadas incluso, operando como instumento de control del PCE sobre la izquierda a la izquierda del PSOE y ahora, de golpe y porrazo, se está disolviendo y entregando a Pablemos prácticamente sin miramientos. Es eso o la irrelevancia, así que tiene sentido, pero en el pasado los camaradas del PC tenían bastante más firmeza y determinación.

Lo cierto es que populistas somos todos, en política y fuera de ella. Populistas en el sentido de que todos nos dejamos influenciar por el “qué dirán” o, dicho de otro modo, a todos nos gusta gustar, ser aceptados y todavía más, respetados. La cuestión es dónde ponemos el límite. Al igual que en el ámbito personal conviene mantenerse alerta ante las opiniones y percepciones de los demás pero no permitir que sean estas las que nos fijen los objetivos o el paso, a las diferentes fuerzas políticas cabe exigírseles que sean claros y consecuentes sobre hacia dónde pretenden llevarnos, de forma que podamos elegir entre diferentes opciones: si todos prometen lo que parecen demandar las encuestas, no habría pluralidad alguna.

A mí no me parece mal que el PSC llegue a pactar con Mas si este verdaderamente acepta unas condiciones mínimas de lealtad institucional, como tampoco que el PSOE pacte con Pablemos aquí o allá, dónde los votos lo hagan conveniente para cortarle el paso a una opción más derechista, pero claro, sobre la base de un programa de gobierno -o de oposición- sensato, como el de la coalición de gobierno andaluza, por ejemplo. Eso no es populismo, sino la materialización de la mecánica democrática: competimos con nuestras diferentes propuestas y finalmente pactamos si ninguno es capaz de lograr los votos suficientes. Y si somos capaces de conseguirlos, aplicamos nuestro programa, al menos en la medida en la que la realidad nos lo permita, para lo cual conviene que sea realista de partida… Lo que resulta un tanto populista es negar -en vano- que se vaya a hacer precisamente eso con independencia de las circunstancias concretas.

Como también resulta populista convivir en el seno del partido con el Alcalde de la localidad que alberga, al parecer orgullosamente, el primitivo y macabro “Toro de la Vega”. ¿Cómo es posible que el PSOE de Zapatero no legislara para prohibir semejante horror? Peor aún, ¿Por qué no se le ha obligado al Alcalde a posicionarse en contra so pena de ser expulsado del partido? Puedo entender que por razones de política interna fuera inevitable que los eurodiputados socialistas votaran en contra de Juncker en el Parlamento Europeo pese al pacto entre socialdemócratas y populares que precisamente permitirá atenuar la austeridad contra la que se pretendía votar, y todavía entiendo mejor que vayan a votar en contra de la Comisión en pleno para mostrar su rechazo a Arias Cañete. Lo que no podré entender nunca es que el PSOE prefiera mantener el gobierno municipal de una ciudad, o un pueblo cualquiera, antes que poner en cintura a semejante panda de descerebrados locales encabezados por su Alcalde socialista.

¿No pactamos con populismos? Empecemos por nuestra propia casa.

PD: Escribí el artículo ayer, y nada más terminarlo, me enteré de la llamada de Pedro Sánchez a José Javier Vazquez en directo durante el programa “Sálvame” de ayer, en la que al parecer le prometió que si gobernaba, prohibiría horrores como el Toro de la Vega. Muy bien, me alegro, y espero que ello implique algún tipo de traslación orgánica respecto de nuestro “compañero” Alcalde. Así que Pedro está decidido a actuar contra el populismo dentro del partido. Perfecto. Ahora bien, ¿no es populista entrar en directo en antena en un programa de audiencia masiva para responder a las críticas y ganarse el favor del público? Completamente, pero no necesariamente malo, dado que el contenido del mensaje era y es absolutamente irreprochable.