Populismo mágico

Senyor_J

Cuando un buen día los gobiernos de Latinoamérica empezaron a cambiar de signo, siguiendo la estela de un exitoso Hugo Chávez, se construyó una categoría, la de los líderes populistas, utilizada para describir los nuevos partidos y gobernantes que se auparon en el poder en Bolivia o Ecuador, entre otros, además de al propio Chávez. Incluso se marcaron diferencias entre esa izquierda populista y otra izquierda más sana, o sea, más del agrado de las élites políticas occidentales: era el caso de Lula en Brasil o de Bachelet en Chile. Y lo malo de las categorías es que cuando se inventan, se siguen utilizando, por lo que no costó ningún esfuerzo identificar bajo la misma a nuevas formaciones políticas surgidas en este caso en Europa, de las que se ha dicho que también han dado lugar a líderes populistas: es el caso de Pablo Iglesias y Podemos en España y de Tsipras y Syriza en Grecia. Mas no solamente, una experiencia nueva se ha dado en Gran Bretaña y es que un político de esos a los que gusta calificar como populista, Jeremy Corbyn, se ha convertido en el líder del Partido Laborista. Con discursos que suenan parecido a los anteriores, ahí lo tenemos y no al frente de un partido alineado con la nueva política, sino al frente de uno de los más antiguos de Europa.

Una de las tendencias recurrentes entre los creadores de categorías es el de entender su aparición en forma de ciclo. Habría habido así en los últimos años una ventana de oportunidad para una izquierda populista en Europa que se habría abierto con motivo de la crisis y que habría dado lugar a la existencia de criaturas como Pablo y Alexis, los cuales se les habrían arreglado para hacerse sitio en el poco espacio que dejan a los outsiders los sistemas de gobierno tradicionales, para ensancharlo y situarse como alternativas de gobierno. Siguiendo con la misma lógica del ciclo, a toda ventana de oportunidad le llegaría el momento de cerrarse, lo que algunos ya estaban percibiendo como cercano, visto el desplome de Podemos en las encuestas y el durísimo trance que ha tenido que soportar el gobierno griego ante la Unión Europea. Parecía, pues, que pasaba la ola, que conservadores y socialdemócratas del mundo entero podían frotarse las manos, cuando de repente surge Corbyn para recordar todas las contradicciones existentes en el espacio socialdemócrata y que pueden resumirse en un: “¿Pero en qué demonios os habéis convertido, si vuestro sentido de existir era mitigar los efectos de las desigualdades económicas y ofrecer bienestar social a la gente y llegado el momento en que dichas desigualdades se acentúan de manera impensable hace unos años, vosotros seguís repitiendo lo mismo y no aportáis nada distinto a los gobiernos conservadores?”.

Se ve una vez más, pues, que la realidad es tozuda y que no encaja en los estrechos marcos interpretativos por los que se la quiere hacer pasar. Que existe una crisis de representatividad en el conjunto de Europa de los partidos tradicionales es una obviedad y que en dicha crisis la peor parte se la está llevando el espacio socialdemócrata una realidad. Y tiene una explicación sencilla: cuesta distribuir el espacio para dos propuestas políticas semejantes en los fondos, como son la conservadora y la socialdemócrata, en un momento en que la realidad social exige  propuestas más audaces como alternativa a lo que ya se conoce. Si aceptamos que para amplias capas sociales existe una fuerte percepción de retrocesos y gran inquietud ante lo que vendrá, es lógico que se prefiera experimentar con otras propuestas y lo es más cuando hay líderes que consiguen que ante dichas propuestas la población se siente más interpelada.

No obstante, también es complicada la vida para los líderes que se denominan populistas y que deberían denominarse líderes de las fuerzas del cambio. Llega un momento en que, de alcanzarse el poder, toda propuesta audaz se ve sometida a la prueba del algodón y ahí las contradicciones entre lo que se dijo que se iba a hacer y lo que se acaba haciendo pueden ser enormes. El caso de Grecia es un ejemplo paradigmático y también hemos visto como algunos elementos programáticos de las propuestas de Podemos han ido moderando sus objetivos. De este modo se corre el riesgo de perder identificación con ese electorado que reclama propuestas distintas y quizás ahí también se explican ciertos cambios de tendencia en cuanto al grado de apoyo popular: sin ser un líder comprometido a largo plazo y las 24 horas del día con la ruptura de los estatus quo, no pasas de ser uno más. Ello, con la tensión que existe en todo liderazgo político entre optar por vascular hacia el centro para intentar ampliar tu electorado a costa de diluirte o hacerte fuerte en un discurso que puede no traspasar tampoco ciertos techos electorales. Hay que reconocer que este está siendo un año rico en ejemplos y enseñanzas en este sentido.

Por lo tanto, no están tan lejos los problemas que afectan al conjunto de la socialdemocracia de los que pueden afectar a los liderazgos del cambio, y todo ello tiene muchas posibilidades de hacer poco daño, no solo a los partidos conservadores, sino a la economía conservadora y a la percepción conservadora del mundo en general. A pesar de alzarse amenazantes, de momento su capacidad de penetrar el muro de las hegemonías existentes es baja, a la espera de ver hasta donde es capaz de llegar Corbyn. Por no señalar, además, que los riesgos de que la oferta de los populismos de derechas se haga más atractiva de la que ya es en algunos países como en Francia, Austria u otros lugares.

Y ya que estamos, ¿cómo se ubican las utopías nacionales en esta lucha de espacios? Es difícil discutir que en el caso de los movimientos como el soberanismo en Cataluña no puede eludirse el caracterizarlo de algún modo como fuerza del cambio. Con la trampa de que lo único que se pretende cambiar es el modelo de Estado, pero con la apelación constante a cambios mucho mayores, puesto que sobre ese único cambio se hacen promesas de que la gente gozará de mayor bienestar porque habrá más renta disponible para el territorio emancipado. El soberanismo se convierte así en otra forma de explotar las insatisfacciones sociales que se derivan del mundo de hoy y se constituye como una práctica sin duda audaz, puesto que asume el reto, o al menos hace ver que lo asume, de plantar cara a ciertos poderes, en este caso los del Estado realmente existente, y llegado el caso, asegura que tirará por la directa. Con lo cual, quizás, solo quizás, en Cataluña tenemos una propuesta tan astuta en sus planteamientos teóricos, que es imposible que no se haga mayoritaria, especialmente mientras pueda ir tirando pelotas fuera para no tener que pasar su propia prueba del algodón. Que luego eso se traduzca o no en mayorías lo bastante amplias es otro cantar, pero el planteamiento es ciertamente consistente con el tipo de mensajes que partes crecientes de la ciudadanía europea, la ciudadanía maltrecha por la crisis y la que percibe que sus hijos heredarán un mundo peor que el suyo, quiere oír. Y luego ya veremos si eso es verdad, es mentira o depende del color con que se mira.