Pongamos que hablo de Madrid

 Marta Marcos

De Joaquín Sabina me gustan pocas canciones, pero la que da título a este artículo siempre me ha removido algo por dentro, sobre todo en los primeros años que he pasado en esta loca ciudad que ahora forma parte fundamental de mi vida. De algún modo, expresa la mezcla de sensaciones contradictorias que Madrid me suscita.

 En la ciudad de provincias de la que vengo, a veces me preguntan algo casi tan molesto como aquiénquieresmásapapáoamamá: ¿te gusta vivir en Madrid? Normalmente, a esto sigue un “yo jamás podría vivir en esa ciudad”. Les contesto que sí, que me gusta vivir en Madrid, afirmación que siempre me siento obligada a justificar.

Sí, me gusta vivir en Madrid. No lo veo como una condena, ni como una fatalidad del destino. Pero, día a día, noto que podría ser una ciudad mucho más habitable de lo que es en realidad. Me gusta vivir en Madrid, pero no sé por cuánto tiempo.

Ya es todo un síntoma la sucesión de alcaldes por la que ha pasado esta ciudad en los últimos 30 años. Del carismático e inolvidable profesor hemos pasado a contar, después de peripecias diversas, con una experta mundial frutícola, que con la Lideresa por excelencia conforma un dúo claramente perjudicial para la salud mental de muchos de nosotros.

Un Ayuntamiento arruinado no ha contribuido demasiado a que esta urbe de más de tres millones de habitantes sea lo más habitable y sostenible posible pese a sus dimensiones, ni  que resulte algo más amable para los que vivimos y trabajamos aquí. Sobre todo, se echan en falta políticas que se vuelquen en facilitar el día a día, en contraposición a las megalomanías que tanto abundan.

Allá van algunos ejemplos de aquello que quiero expresar. No está todo lo que debería estar, desde luego, pero confío en que consideréis que sí son todos los que están.

Una actividad de alto riesgo: caminar por las calles madrileñas

Personalmente, me ha tocado aprender a poner mucha atención cuando camino por Madrid. Aún hoy, me sorprende todo lo que puede haber en una acera, desde farolas hasta mis odiados bolardos, pasando por árboles, e incluso personas. El en principio inocuo acto de caminar se complica además por esa política de “todo para el coche”.

Así, de vez en cuando, me sobresalta el paso de una bicicleta. Admito, que en general me muestro comprensiva hacia estos locos ciclistas, que en realidad no tienen sitio propio en ninguna parte. En las aceras son molestos y en las calzadas se la juegan. Los carriles bici no existen en los distritos céntricos de la ciudad, o yo al menos no los he visto por ninguna parte.

Menos comprensiva me siento hacia las motos, a las que, por lo que se ve, se las permite aparcar en las aceras, aunque no sé si ese permiso abarca el circular por ellas como Pedro por su casa, en ocasiones a velocidades un poco temerarias. El resultado de todo esto es la sensación de estar apretujados todos en la acera, mientras los coches tienen vía ancha y cuentan con unos túneles (los dela M30) de lo más chulo.

La tienda de toda la vida

Una de las polémicas que se han planteado a lo largo de este año (y ya llevamos unas pocas) se refiere a la liberalización total de los horarios de los comercios, en vigor enla Comunidadde Madrid desde el pasado 15 de julio. A primera vista, parecería evidente que esta medida beneficia a las grandes cadenas, en detrimento del pequeño comercio.

No se trata aquí de demonizar un tipo de comercio frente al otro. Pero todo lo que suena a “liberalización” total, a estas alturas, siempre huele un poco a chamusquina. Y cabe plantear si no merece la pena, fomentar, de un modo u otro, los pequeños negocios.

No hay más que pasearse por distintos barrios de Madrid para constatar que lo que ayuda a generar sensación de vida, incluso de una cierta seguridad en sus calles, es la existencia de negocios abiertos, de pequeños negocios, y que éstos contribuyen en mayor medida a la creación de ciertos vínculos, ciertas redes sociales. No hay nada más deprimente que caminar por unos de estos nuevos barrios residenciales de extrarradio, en los que en ocasiones te sientes como si se hubiera producido un cataclismo nuclear. En parte, esa sensación se debe a la ausencia de pequeños comercios.

 Madrid olímpico

Como parte de cierto delirio de grandeza que parece acompañar a los últimos equipos municipales está este empeño en convertirse en ciudad olímpica como solución a todos los males de la ciudad, la comunidad y la nación entera. El experimento sale caro, como criticaba no hace mucho un medio tan poco sospechoso como The Wall Street Journal.

Mientras tanto, se echan en falta más y mejores instalaciones para poder practicar deporte. Las piscinas cubiertas escasean por el centro, en ocasiones son demasiado pequeñas (20 metrosde largo y seis calles) y están muy saturadas. A veces resulta en exceso complicado encontrar un espacio donde dar, sin más, patadas a un balón. Casi es más fácil alquilar un campo entero.

Se juega tanto con la apariencia y con el figurar, que parece que desde el Ayuntamiento se olvidan las opciones más útiles, cercanas y encima, más baratas. Así, por el centro abundan los sitios de paso, lleno de granito a mansalva, y escasean los rincones en los que sentarse y descansar.

Cierre

Estas son algunas pequeñas muestras, algunos resultados de la política desarrollada por los últimos equipos municipales, y también regionales, claro está. Por supuesto no se trata de hacer una enmienda a la totalidad, y siempre hay aspectos positivos que valorar, como la red de metro.

Sin embargo, han abundado en exceso las soluciones caras, ineficientes y que contribuyen poco al confort de los que vivimos en Madrid (algunos creo que son madrileños…).La M30 es el ejemplo más sonado, pero no es el único. Tal vez en estos tiempos de crisis, algo que muchos dirigentes municipales (no sólo en Madrid) deberían plantearse un nuevo tipo de política que lleve a contribuir a tener una ciudad más sostenible, manejable y habitable. Hoy por hoy, empresas tan absurdas como la candidatura olímpica o Eurovegas no ayudan a tener mucha esperanza.