Políticas de la demanda

Ricardo Parellada

 

 

No parecen muchas las nociones económicas con las que se puede suponer familiarizado al público general. Una de estas pocas ideas económicas, que se escucha en cualquier bar o en cualquier discusión de aficionados al fútbol sobre los fichajes de su equipo para la siguiente temporada es, me parece, “la ley de la oferta y la demanda”. Por otro lado, es posible también escuchar en cualquier sitio y entre aficionados a cualquier cosa (exceptuando quizá a los del fútbol) referencias a la “crisis ecológica” o al “cambio climático”.

 

 

Para vincular ambas ideas sería deseable, en mi opinión, que circulara también ampliamente una tercera: la idea de política o educación de la demanda. Naturalmente, las políticas de la demanda siempre han formado parte en alguna medida de la gestión política. Mi observación es simplemente que esta idea debería formar parte mucho más claramente de esas tres o cuatro ideas económicas que todo el mundo parece entender, como oferta y demanda, inflación, euríbor y tasa de desempleo. Y que esta idea debería aparecer en los discursos generales de los políticos para que el interés por los problemas ecológicos no parezca puramente retórico.

 

Uno de los pilares políticos y económicos de nuestro mundo es la protección de las libertades. La restricción de las libertades se justifica de distintas formas: si dañan a otro, para garantizar la igualdad de oportunidades y, según algunos, para compensar desigualdades extremas o aliviar a los más desfavorecidos. Pero si introducimos consideraciones ecológicas este marco, aunque sea tan general, es incompleto. El medio es finito. Este factor es nuevo en la historia y ha de tener una relevancia cada vez mayor en nuestras concepciones de las libertades y las opciones a nuestro alcance.

 

La finitud del medio otorga una importancia pública a la reflexión hasta ahora privada sobre lo necesario y lo superfluo, sobre prioridades y simples gustos personales. Pero el lenguaje de los límites, lo suficiente y la autocontención no es lo que da su mayor atractivo al discurso político, suficientemente atareado con las demandas del crecimiento y la igualdad. La finitud del medio nos obliga a poner un contrapeso al lenguaje de las libertades y a introducir una nueva y difícil consideración en la deliberación individual y colectiva: ¿cuánto es suficiente?

 

Los países desarrollados y las grandes potencias en desarrollo consumen demasiados recursos naturales y ensucian demasiado el ambiente. La cuarta parte de la población mundial consume (consumimos) tres cuartas partes de los recursos naturales. Hay otros caminos ecológicos importantes, como la eficiencia y las tecnologías limpias, pero no son suficientes. Sigo y recomiendo las propuestas de Manfred Linz, Jorge Riechmann y Joaquín Sempere. La suficiencia y la autocontención deben formar parte de la conciencia política.

 

A continuación me propongo simplemente señalar algunos ámbitos en los cuales creo que en el debate público debería aparecer más claramente este nuevo factor.

 

1. El agua. El consumo de agua doméstica por habitante se ha reducido en España en los últimos años. Se atribuye este descenso a las políticas de concienciación de que el agua es un bien escaso. Se trata de un buen ejemplo de política y educación de la demanda, que demuestra una respuesta muy positiva de los ciudadanos ante un mensaje claro y comprensible. La gente no vive más cómoda gastando menos agua en las casas, pero comprende que es un bien común y escaso y que con muy poco esfuerzo se puede gastar menos. Y hasta le puede coger el gusto a un poco de austeridad.

 

Sin embargo, la comunicación de la necesidad del ahorro no se ve acompañada de otros mensajes igualmente sencillos y fáciles de comprender. Y la razón parece ser el temor a que resulten impopulares. España es un país seco en el contexto europeo, pero en España el precio del agua del grifo es uno de los más bajos de Europa. La ministra de Medio Ambiente lo insinuó alguna vez y el resultado ha sido la supresión de su ministerio. ¿Por qué pensamos que la gente no entendería el mensaje de que el agua del grifo en España es muy barata y que tenemos que pagar más por ella? ¿No se puede subir escalonadamente el precio para consumos domésticos altos (por no hablar del golf y otros disparates), para incentivar el ahorro y asegurarse de que se cuida en invierno el agua de las piscinas y no se rellenan en verano?

 

2. La luz. El consumo energético de los países ricos no se puede generalizar sin que estalle el planeta. En España estos días la CNE ha propuesto al Ministerio de Industria una subida de la luz superior al 11%. Es cierto que en la prensa general hay explicaciones de la diferencia entre lo que cuesta generar la energía y lo que pagamos por ella. Pero el mensaje tiende a reducirse a la subida del precio, su impopularidad y su incidencia en la inflación. ¿Es necesario que las luces navideñas que iluminan nuestras ciudades y nuestros corazones compitan con el sol? ¿Es necesario que de noche en las autopistas españolas se vea tan bien como de día? ¿Es tan difícil consumir un poco menos para compensar el efecto de la subida del recibo?

 

3. La salud. El sistema sanitario español es modélico. Pero, aunque la percepción sea la contraria, los recursos son limitados y costosos, por lo que es necesaria también la educación de la demanda. Esto se pone especialmente de manifiesto en ocasiones como la huelga de médicos de atención primaria que ha tenido lugar hace unos días. Uno de los motivos principales de esta huelga ha sido la escasez de profesionales en los centros de atención primaria, en especial pediatras, que parece corresponder a una mala planificación de las plazas ofertadas para estudiar medicina durante años en las universidades y a las mejores condiciones de trabajo que obtienen muchos médicos españoles en el extranjero. No obstante, los médicos han constatado que durante la huelga, gracias a los servicios mínimos, no se han colapsado las consultas y se ha podido atender a buena parte de las consultas relevantes. Lo que ha bajado fundamentalmente, dicen, son las consultas innecesarias, es decir, los paseos que da mucha gente al médico para contarle sus penas y pasar el rato. De nuevo: educación de la demanda.

 

4. El coche. ¿Cuándo nos van a empezar a cobrar un buen peaje por meter el coche en la ciudad? Desde luego, para moverse con soltura por los garitos de la ciudad hay que ser un todo terreno, pero no es necesario circular en un vehículo todo terreno. Los coches con consumos más altos y ruedas de tractor tendrán que pagar bastante más. Y si estuviéramos en EEUU habría que decir una y mil veces que la gasolina es escandalosamente barata. No sé si esta es la raíz de todos los males, pero parece la raíz de muchos y un tema tabú en las campañas presidenciales.

 

Cuando se venden coches y casas la economía va bien y cuando no se venden va mal. Y el crecimiento de la economía se presenta como la solución de todos los males, entre ellos el paro. En los debates económicos entre los políticos los datos del crecimiento de la economía funcionan como argumentos definitivos. ¿Es posible sugerir que por crecer más no necesariamente vamos a vivir mejor? ¿Que se puede gastar menos? ¿Que la proliferación de artilugios inútiles no nos garantiza la felicidad? ¿Que se puede trabajar menos horas y repartir el trabajo? Una pregunta técnica: ¿la restricción del consumo es necesariamente letal para la economía? Hay expertos que dicen que no y a los ignorantes nos vendría muy bien encontrar análisis sobre estas cuestiones en el debate público.

 

Cuando yo era un chaval, el padre de un amigo me comentó una vez con mucha guasa y sabiduría: yo a mi hijo le pago lo necesario, lo conveniente lo pagamos a medias y, desde luego, lo meramente útil se lo paga él. Naturalmente, buena parte de las negociaciones y el cachondeo familiar se convertían en materia de definiciones y clasificaciones para ordenar las cosas en las categorías de necesario, conveniente y útil: los estudios, los zapatos, los libros, el cine, la gomina, los helados…

 

Cada quisque es libre de tener un coche o tres y de poner el termostato de su casa (y de las tiendas, edificios, autobuses) en invierno y en verano a la misma temperatura. Qué gustito pasear por casa en manga corta cuando nieva fuera. Qué gustito ponerse un jersey en el fresquito del aire acondicionado. Pero la idea no es la apelación exclusiva a la austeridad voluntaria, sino la necesidad de que aparezca cada vez más en el discurso político el lenguaje de los límites y la autocontención. Si la gente es receptiva hacia medidas de austeridad voluntaria como gastar menos agua en casa, creo que lo será mucho más hacia las medidas encaminadas a restringir el gasto general. Enfocar las propuestas de subir el precio del agua o la luz siempre desde el temor a que son impopulares me parece dar por sentado, injustificadamente, que la gente es boba e infantil. Quizá la gente (es decir, los votantes) sí que entienda y agradezca que se diga claramente que tenemos que pagar más por el agua, que no hay que hacer perder el tiempo al médico que te sale gratis o que crecer más y más no tiene por qué hacernos más felices.