Política para Laura

Senyor_J

Tenía algo más de 27 años cuando conocí a Laura. Fue con motivo de una proyección que realizaban en la sede de mi partido, nuestro partido, que hay en mi antiguo barrio. Nos congregamos todos los militantes para ver una película catalana que narraba la muerte de Lluis Companys, seguida de un debate sobre la España de las autonomías. Ella acudía a la misma con la ilusión del nuevo militante, convencida de lo importante que era aquello; yo con la sensación de que en aquel local, básicamente, la mayoría de las veces, pasábamos el rato. Tras el debate, llegaron los refrigerios y Laura me comentó que le había parecido muy valiente la decisión de José Luis de comprometerse a apoyar el Estatuto que saliera del Parlamento de Cataluña. Yo sonreí, ella sonrió también, aunque no sé sí por la afirmación o por ese brillo que surgía de nuestros ojos.

Con el paso del tiempo nos fuimos conociendo más y supimos del mutuo desdén que nos causaba el Partido Popular. Queríamos otro gobierno en España, liderado por el partido, nuestro partido. Quizás por eso, quizás por algo más, ambos estuvimos en la noche de los SMS, a pie de calle, exigiendo la verdad sobre los atentados al Gobierno, convencidos de que estábamos en un momento histórico. Cuando José Luis ganó el día siguiente, fuimos muy felices y aquella noche sentimos tanto el amor como el socialismo por nuestras venas. Fue la primera de muchas noches que pasamos juntos.

De nuestra ilusión compartida surgió una bella relación, en la que la pasión y el gesto político que emanaban del partido, nuestro partido, eran todo uno. José Luis decía: “Hágase la ley de matrimonio homosexual”, y se hacía, y nosotros nos maravillábamos y hacíamos el amor. José Luis decía: “Créese el cuarto pilar del Estado del Bienestar” y surgía la ley de dependencia, y nos maravillábamos y nos achuchábamos aun más. José Luis decía: “Refórmese la Ley del aborto” y se reformaba, y en medio de esa loca pasión, creíamos que nuestros gestos lo estaban cambiando todo, que, citando a los clásicos, gracias al partido, nuestro partido, a España no iba a reconocerla ni la madre que la parió. Y es que España se sentía feliz y opulenta, mientras que Laura subrayaba que aquellas decisiones, aquellas grandes reformas, daban sentido a su vida militante. Yo por mi parte disfrutaba viendo derrotado y arrinconado a nuestro rival.

Nuestras vidas transcurrieron felices y pasionales hasta que todo empezó a torcerse. La crisis que surgía en nuestro país se asomó también a nuestra relación. Con la reforma exprés de la Constitución, Laura sintió que algo se le había roto: conocida la noticia de la modificación del artículo 135, todo empezó a oscurecerse y aquella noche apenas nos rozamos. Yo intentaba explicarle lo necesario de todo lo que acontecía, pero ella no reconocía a sus líderes y empezaba a perder la confianza en el partido, nuestro partido. Llegó el 15M y Laura se asomó a las plazas, mientras que yo contemplaba desde el balcón a los congregados con desdén, sintiendo que allí estaba la clave de nuestra próxima derrota. Ni eso ni nada de lo acontecido en aquel periodo con Alfredo hizo resurgir en nosotros la pasión y tras la derrota electoral ante Mariano, hizo las maletas y se fue de mi casa, de mi vida y del partido, nuestro partido.

Pasó el tiempo y no faltaron por mi parte intentos de volverla a traer a mi lado. Quedamos muchas veces, discutimos en la mayoría de ellas, aunque como personas civilizadas y sentados ante una taza de café con leche. Mi visión de lo posible contrastaba con la suya de lo necesario. O incluso a veces sucedía lo contrario, pero nunca conseguíamos ponernos de acuerdo en nada y la cafeína se convertía en nuestra única fuente de excitación.

La vida siguió adelante y conocí a Irene, con quien compartí otra parte de mi vida y mi apoyo a Pedro, en un intento de recuperar ilusiones perdidas en el partido, mi partido. Con Pedro conseguimos una victoria congresual, pero la celebración de la misma fue mucho menos pasional. Por su parte Laura se había ido a vivir con uno de los jóvenes impulsores de Podemos. El día que me lo explicaba vi resurgir en ella esa sonrisa radiante de antaño, que incluso brillaba con mayor intensidad ahora que cuando compartíamos militancia. Con el paso de los meses vi cómo esa sonrisa se hacía más y más grande, cómo la ilusión había vuelto a sus ojos, mientras que el partido, mi partido, daba signos alarmantes de no ser capaz de volver a ser una alternativa de gobierno.

El desasosiego se apoderó de mí, una angustia creciente se abría paso que no sabía cómo frenar. Por su parte Irene empezó a arrojar dudas sobre Pedro, al que atribuía unas enormes ambiciones de poder y un comportamiento crecientemente autoritario. Yo en cambio creía que Pedro era la mejor solución para el partido, nuestro partido, con el fin de oponerse a ese monstruo morado que se alzaba frente a nosotros. Las viejas argucias me parecían insuficientes para este nuevo tiempo de política a pie de calle y redes sociales, por lo que no tardamos en reconocer nuestras diferencias irreconciliables y separar nuestros caminos.

Encerrado en la soledad del hogar, entre tilas y ataques de pánico, esperé con impaciencia el recuento de las elecciones del 20D y tras conocerlo no pude reprimirme de escribir un Whatsapp a Laura donde le decía, simplemente: “Por los pelos”. Ella no me contestó y tras ello se abrió ese largo interregno de varios meses en el que el partido, mi partido, y el resto del hemiciclo amagaron con pactos y preacuerdos en los que solo se constató la imposibilidad de formar gobierno. Celebraba que Pedro se mantuviera firme en su oposición a llegar a acuerdos con el PP, mientras que Laura me escribía inquietantes mensajes por Telegram: “En la próxima vais a caer”.

Pero llegó el 26J y no caímos, volvimos a mantenernos por delante y Laura se llevó la decepción de su vida. De nuevo me sentí orgulloso de Pedro por mantener su oposición a toda costa a acordar un gobierno con Mariano, pero resonaban en mis orejas las voces que dentro del partido, mi partido, cuestionaban su actitud y conspiraban para masacrarlo, entre ellas la de Irene, quien me mandaba encendidos mensajes de indignación por correo electrónico. De Laura en cambio recibí apoyo, pues veía en Pedro la última oportunidad de conseguir algo distinto, de retomar el camino de los grandes cambios y las grandes reformas que le habían ilusionado diez años atrás, pero llegó la jornada de los cuchillos largos al célebre Comité Federal que concluyó con la caída de Pedro y la proclamación pretoriana de una gestora que preparase el nuevo gobierno del Partido Popular y eso fue todo. Pensé que el partido, mi partido, no podía caer más bajo.

En medio de la desesperación Laura volvió a acercarse a mí y ambos compartimos el sabor de la derrota en cálidas charlas alrededor de innovadores zumos de verduras desintoxicantes que intentaba que me depurasen políticamente. Me sentía al final de un camino y curiosamente ella también lo empezaba a sentir. Los meses posteriores no hicieron más que demostrarle que su mundo morado era también bastante terrenal y que en todas partes cuecen habas. De nuevo la decepción hizo mella en ella y salió corriendo con las maletas en la mano del hogar compartido con el joven político.

Me pidió si podía quedarse un tiempo conmigo y yo lo acepté gustosamente. Aquella noche cenamos y nos prometimos volver a ilusionarnos con algo, pero sin perder de vista que la ilusión no puede venir de fuera, sino que ha de empezar en nosotros mismos.