Política anticíclica frente a “ajuste brutal”

Miguel Sebastián

A principios de los años 90 tuve la suerte de coincidir en el Servicio de Estudios del Banco de España con algunos de los mejores macroeconomistas y hacendistas de nuestro país. Tuvimos ocasión de analizar, por primera vez, la recién estrenada serie de PIB trimestral de la economía española, publicada por el INE, y que hasta entonces tenía una frecuencia anual.

Y también tuvimos ocasión de asistir al “brutal” ajuste de la economía española en 1993, con la tasa de paro alcanzando el record Guinness del 25% en algún trimestre. Y echábamos de menos la existencia de una política anticíclica en nuestro país, es decir, una política económica que contrarrestara las fluctuaciones cíclicas, con frecuencia causadas por shocks externos, a veces agravados por las rigideces internas. Pese a las diferencias ideológicas, todos compartíamos la idea de que España no podría tener una política anticíclica mientras no alcanzara un superávit de sus cuentas públicas en algún momento. Si la economía partía de un déficit público y llegaba una recesión, el déficit empeoraba porque los ingresos se enfriaban y los gastos se elevaban automáticamente. Y la reacción inmediata del Gobierno, muchas veces presionado por los mercados financieros,  siempre era reducir el déficit, bien recortando los gastos, bien aumentando los impuestos. La política fiscal se convertía así en procíclica y, en vez de contrarrestar el ciclo, lo exacerbaba. Es decir, una política de ajuste “brutal” frente a la deseada política anticíclica.

Nuestra formulación era, siguiendo el ejemplo de la economía americana y de algunas europeas, que España tuviera un “saldo estructural nulo”, es decir, un déficit cero una vez descontado el efecto del ciclo y el de la propia política estabilizadora. Dicho con otras palabras, un déficit en promedio cero, pero con superávit en los años buenos y déficit en los años malos, posteriormente bautizado como “déficit cero a lo largo del ciclo”.

La llegada del PP supuso un jarro de agua fría para esta visión ortodoxa, sostenible y activista, de la política fiscal. El PP abrazó la idea de “déficit cero” en todos los períodos. Pero, al olvidar el apellido “a lo largo del ciclo” cometía uno de sus más graves errores de política económica, junto con la no actuación ante la burbuja inmobiliaria que empezaba entonces y la improvisación en materia de inmigración, también incipiente. El déficit cero en todos los períodos es una barbaridad económica porque, por los motivos señalados anteriormente, supone ajustar gastos a la baja o elevar ingresos en momentos de recesión para reducir el déficit, enfriando la actividad, y por el contrario, permite gastar más o bajar los impuestos en momentos de expansión, recalentando la economía. Es decir, se trata de una política procíclica y, por tanto, desestabilizadora. Una idea importada de los sectores más ultraconservadores norteamericanos, representados por Pat Buchanan, que se presentó a las elecciones primarias por el Partido Republicano en 1992 y frente a quien Bush padre parecía un moderado de centro izquierda.

La idea de déficit cero caló en el mensaje económico del PP y, aunque sólo lo consiguió en una ocasión, en 2003, su déficit promedio fue del 0,5% del PIB exceptuando los años 97 y 98, en que alcanzó el 3% del PIB.

Pulse aquí para ver o descargar la imagen en formato PDF Sin duda fue un comportamiento fiscal mejor que el del Gobierno socialista predecesor, con un déficit promedio de casi el 5% del PIB. Pero el PP desaprovechó la oportunidad de alcanzar un superávit en las cuentas públicas para poder llevar a cabo una política fiscal anticíclica. De haberlo obtenido, la habría utilizado en 2002, año en que la economía sufrió un bache, con tasas de crecimiento negativas de la inversión en equipo y con un crecimiento del PIB por debajo del 2,4%. Y nunca consiguió un superávit porque, entre otras cosas, hizo un recorte de impuestos en 1999, cuando la economía crecía un 5% y no necesitaba tal recorte, y con unas cuentas públicas en déficit del 1,1%. Y lo hizo por motivos puramente electorales. Pero nadie, absolutamente nadie, salió a criticarles. Todo el mundo aplaudió el “necesario recorte de impuestos”, que tuvo el único mérito de ser el primero de la democracia.Posiblemente la economía española debería haber tenido superávit público en los años cuyo PIB creció por encima del 3,5%, y que en el gráfico se señalan en sombreado. Pero nunca lo tuvo y en 2003 parecía que nunca lo iba  a tener, a juzgar por el pasado del PSOE y el entonces presente del PP.

Y en esto llegó Zapatero. Y para sorpresa de muchos, y satisfacción de más, abrazó la filosofía del “déficit cero a lo largo del ciclo”, que empapó todo su programa electoral de 2004, desterrando el viejo cliché socialista de que “el déficit público es de izquierdas”, una antigualla que hoy sólo defienden Joaquín Leguina y unos pocos más. La prueba de fuego era si Zapatero lo conseguiría. Y lo hizo, pese a atender a ambiciosos objetivos sociales, de infraestructuras y de I+D+i. Y, por primera vez en nuestra historia reciente, se alcanzó superávit, que se ha repetido en todos los años, con un crecimiento de la economía superior al 3,5%. El pasado domingo asistimos a la primera manifestación de aquella política anticíclica que esos jóvenes economistas del Banco de España anhelábamos hace 15 años. El anuncio de un recorte de impuestos, en la forma de un “tax rebate” de 400 euros al estilo anglosajón, pero universal, inmediato y progresivo, ante la posibilidad de que la economía se desacelere en 2008 más allá de lo previsto. Una inyección en cuantía prudente, del 0,5% del PIB, que no pondrá en riesgo ni las cuentas públicas ni la inflación, pero que salvaguardará unos 100.000 empleos, fundamentalmente del sector servicios, y aliviará la carga financiera de muchas familias españolas. Un recorte de impuestos que sustituye a la pasividad de un Banco Central que sigue deshojando el crisantemo en vez de bajar los tipos de interés. En definitiva, un hecho histórico, ya que por primera vez contemplamos una política anticíclica. Un motivo para estar satisfechos. Aunque algunos añoren el “ajuste brutal”.