Policía moral andina

Frans van den Broek

Desde muy niños a los peruanos se nos adoctrina en las maravillas del imperio incaico, el cual fue llamado alguna vez –por un francés, para más señas- un imperio socialista, por su combinación de regencia vertical con comunismo plebeyo. Si bien la última autoridad residía en el Inca, hijo directo del Sol, de Inti, los bienes del reino se repartían de acuerdo con la necesidad de cada quien. Así, cada pareja casada recibía su pedazo de tierra para labrar, y además trabajaba la tierra del Inca por un tiempo asignado de tal modo que le permitiera trabajar su propia tierra, quienes no podían trabajar eran protegidos por la comunidad o Ayllu, las decisiones eran democráticas, en lo que concernía a los intereses locales, y se permitía a las otras etnias adorar a sus dioses, con tal que también incluyeran al dios supremo Inca, Viracocha. En pocas palabras, una dictadura benévola y con espíritu ilustrado.

Con el tiempo, esta imagen cursi se ha ido modificando, si bien persiste en las escuelas y los manuales, enhebrada como está en el espíritu nacionalista peruano, si es que aún existe alguno. Cada nación se busca su edad dorada y sus razones para estar orgullosa de su pasado o presente. Los peruanos, que hemos tenido poco de lo que enorgullecernos, la verdad, recurrimos a las legendarias proezas de los Incas y otros ancestros milenarios, uno que otro prócer de la independencia, dudosos héroes de una guerra perdida, y las contadas personalidades de las artes, las letras y las ciencias que orlan nuestra herencia cultural. Pero los Incas siguen siendo nuestro anclaje principal en el panteón de la humanidad, como portadores del más telúrico y profundo espíritu peruano. Esta admiración, por razones diferentes, ha sido común a todos, desde la izquierda más radical a la derecha más rancia: los primeros recurrieron incluso al mito del Inkarri, aquel que supone la cabeza del Inca en España y su cuerpo enterrado en alguna secreta parte del Perú, y que augura que un buen día la cabeza volverá a reunirse con el cuerpo y el imperio de los Incas retornará con más fuerza que nunca, y el mundo, vuelto de cabeza con la conquista, tornará  a su posición original. Sendero Luminoso, se dice, utilizó este mito para convencer a los campesinos de unirse a su inkárrica cruzada de retorno a la pureza original de una nación indígena y comunista, bajo la luminosa guía del camarada Gonzalo. Dado que los seres humanos somos capaces de creer en todo, no me extrañaría que esta información fuera cierta. El caso es que soy testigo de la identificación, por ciertos partidos políticos, del abstracto concepto de pueblo con el de campesino indígena, con lo que el paso de investir de aura mítica a los Incas y a sus supuestos descendientes estaba servido, hecho que hacía muy difícil criticar lo que fuera del mundo indígena, so pena de ser tachado de reaccionario, fascista o peores adjetivos.

Resulta, sin embargo, que mi familia procede de la sierra peruana, donde la población indígena es mayor, y si bien tengo recuerdos hermosos de mi contacto con el mundo andino, demasiados para resumirlos en pocas palabras, desde la infinita ternura de sus habitantes hasta su intensa hospitalidad, tengo también recuerdos no tan hermosos y hasta algunos que bien podrían llamarse grotescos o espantosos. En todas partes se cuecen habas y en todos los puercos tiran barro por doquier, por lo que no extrañará lo que digo. Pero a las mentes ideologizadas no les atraen los matices, por lo que triunfó la leyenda, y se instauró el mito rousseau3niano del buen salvaje, en este caso, del buen indio oprimido por el blanco, encarnación de virtudes milenarias que solo requieren de libertad y democracia para florecer. Si bien concurro con lo de la libertad y la democracia, para cualquier florecimiento, siempre me fue difícil aceptar el mito incaico del indio puro y en contacto con la naturaleza, menos por razones ideológicas, que ni me iban ni me venían, sino por mera experiencia, pues aparte del indígena disciplinado, trabajador, tierno, alegre, adorador de montañas y de ríos, sufriente y valeroso, tuve la oportunidad de apreciar al indio embrutecido por el alcohol y la falta de educación, los dientes podridos por la coca y la falta de higiene, presa de la superstición y el fanatismo, y tendiente al comportamiento servil y humillado o a la erupción violenta e irrestricta. Claro está, dicho comportamiento no es exclusivo de nadie, pero eso es precisamente lo que pocos querían oír hasta hace no mucho.

En todo esto he pensado cuando vi la noticia en Yahoo en la que se muestra un video de serranos sobándole la badana a mujeres con escasa vestimenta en lo que parece ser una discoteca en sabe Dios qué pueblo andino de mi contradictoria patria. Una imagen vale más que mil palabras, y un video incluso más, por lo que invito al lector a visitarlo:

http://in.screen.yahoo.com/local-vigilante-group-peru-enters-210758448.html

No soy adepto a la divulgación de imágenes demasiado sesgadas de la realidad en la forma de videos o noticias, pues desvían la atención de los problemas más acuciantes, pero en este caso los hechos son quizá representativos de una realidad más amplia. Como es de esperarse, las comunidades andinas son más bien conservadoras en sus hábitos, y se adaptan de forma morosa a la modernidad. Antes que agentes de revolución, como supuso el maoísta Abimael Guzmán, líder de Sendero Luminoso, son más bien agentes de conformismo, y moralmente pacatos. Demandan sus derechos, como corresponde a quien no los tiene del todo, pero no dejan de hacerlo de manera barbárica. Un incidente famoso, filmado en vivo y transmitido por televisión hace algunos años, nos muestra a una masa enardecida linchando a un alcalde o prefecto, asesinado sin misericordia por corrupción, a zapatazo y puñetazo limpio. Comenté aquí mismo hace un tiempo sobre unos turistas torturados por comuneros, quienes los confundieron por espías de las internacionales mineras. Estos incidentes son excepciones, por suerte, pero el conglomerado de valores que los provocan en parte son comunes a muchos, y se expresan de varias formas, como castigando a mujeres consideradas en infracción de vaya uno a saber qué preceptos morales, y esto por un grupo que se arroga el derecho de ejercer justicia moral. En otras palabras, el medioevo sobrevive en el Perú como en otros lugares, y es probable que se haga más explícito ahora que el inevitable desarrollo haga surgir más y más bares y discotecas en lugares donde antes solo pastaban las llamas o dormían los chanchos. Sospecho, además, que el surgimiento de esta peculiar policía moral tiene otro antecedente: las rondas campesinas. Como sabe todo aquel que ha estudiado el terrorismo en el Perú, en cierto momento las rondas campesinas se utilizaron para aminorar la influencia de Sendero Luminoso y para crear grupos de defensa en su contra. Según tengo entendido, pero puede que me equivoque, fueron relativamente efectivas en este respecto, por lo que los militares hasta las ayudaron y entrenaron. Pero me sigo preguntando: ¿cuántos crímenes cometieron estas rondas en nombre de la lucha contra el terrorismo? Todavía recuerdo con claridad las fotos en la revista Caretas de un muchachito de unos doce años, atrapado por los comuneros y asesinado por terruco, sin juicio, consulta o defensa alguna, aterrorizado en una de ellas, llorando, pidiendo perdón, y asesinado, y aún no puedo sacudirme el horror que me causó esta secuencia periodística. Y este es un caso en medio de miles. No obstante, las rondas recibieron el aprecio de los medios y es probable, solo probable, pues no tengo prueba ninguna, que dicha loa haya embravecido a algunos a conformarse cuando fuera necesario en grupos de vigilantes en defensa de lo que sea, de la tierra, las aguas o la moral.

Fuera como fuere, espero que los infractores, que se dieron el lujo de castigar hasta a los miembros de la seguridad de la discoteca, acaben en la cárcel o al menos multados, pues de lo contrario me voy a comprar una burkha para mi hija, para la próxima vez que viaje a visitar mi tierra, y a ponerme chullo andino, no vaya a ser que la cabeza descubierta se haya convertido en signo de falta de respeto a los Apus o dioses de la montaña. Pues me temo que la cabeza del Inkarri vuelve a veces a su cuerpo y el mundo se pone del revés, o del derecho.