Poesía y locura: Martín Adán

Frans van den Broek 

¿Por qué la genialidad va tan a menudo aparejada al desequilibrio mental? ¿Por qué la poesía, en particular, se ha asociado desde antaño a la locura o al éxtasis? Estas son preguntas que han inquietado a la humanidad desde sus inicios, como lo demuestra el examen de las literaturas y filosofías antiguas, así como los estudios etnológicos o arqueológicos. Las respuestas, como es natural, dependen del ámbito cultural en las que se ofrecen y, por lo demás, debemos reformularlas en nuestros términos para comprenderlas. Esto es, lo que entendemos como enfermedad mental hoy no es lo mismo que entendía un griego o un escita, aunque es legítimo suponer que ciertas formas de comportamiento extravagante o delirante tienen similitudes suficientes como para agruparlos en la misma categoría. 

Como fuera, la relación existe y es más o menos ubicua, desde la manía platónica hasta el poeta romántico. En Perú tenemos incluso un poeta cuya conciencia de la relación fue menos genérica que personal, y le llevó a decidir, por cuenta propia, recluirse en el manicomio durante los últimos decenios de su vida. Martín Adán, seudónimo de Rafael de la Fuente Benavides, es uno de los más importantes poetas latinoamericanos, si bien su calidad como poeta no corresponde con su difusión o reconocimiento en el mundo hispanohablante, ya que es muy poco conocido fuera de las fronteras de su país, y aún en el mismo, y esto por varias razones. La principal, sin duda, es la dificultad de su poesía, pero a esto se aúna la propia personalidad del escritor, quien huyó de los rigores del mundo, y no se preocupó de cuidar su legado literario, ni de publicar sus poemas o de ensanchar su fama, a diferencia de muchos otros de menor calidad, como su compatriota Chocano o como el intenso, pero no pocas veces retórico Pablo Neruda.

 Martín Adán había nacido en Lima en 1908, en una familia de clase acomodada, aunque con fortuna menguante, y disfrutó de una educación exquisita en el famoso Colegio Alemán, que diera tantos intelectuales de renombre en su día. Su inteligencia y dedicación fueron apreciados muy pronto, y un agustino español, profesor de letras en dicho instituto, le guió en sus primeros pasos literarios. Fue un artista muy precoz, y a los 19 años publicó su primer libro, una novelita que cambiaría el panorama literario peruano para siempre, “La casa de cartón”, donde relata, a través de su personaje, sus vivencias infantiles y adolescentes en el entonces provincial balneario de Barranco. Subvierte los patrones familiares de la novela al asignar menos importancia a la anécdota que a las imágenes y sensaciones de los personajes, mediante el uso de un lenguaje muy trabajado, algo barroco y sensual, imbuido de melancolía e inocencia. Se dice que trabajó esta novela desde los catorce años, como ejercicios literarios para su colegio. Quien la lea, se sorprenderá de la madurez literaria del autor, y si bien el tono es por completo distinto, la comparación con Rimbaud no puede estar lejos de su mente al hacerlo. El libro fue muy bien recibido por el estamento intelectual de su tiempo, contando entre sus valedores a nombres de la talla de Luis Alberto Sánchez, quien le escribió el prólogo (y quien había sido su profesor en el susodicho Colegio Alemán) o de José Carlos Mariátegui, el socialista peruano, quien le escribió el colofón, y lo acogió en las páginas de su importante revista Amauta, donde publicó varios poemas también.

 El pronto reconocimiento literario auguraba una carrera brillante para Martín Adán, lo que resultó ser cierto, en el sentido de que produjo después algunas de los poemarios más importantes de nuestra literatura, como “Travesía de Extramares”, una serie de sonetos de perfecta ejecución y cerrado hermetismo, insertos en la tradición literaria de occidente por medio de constantes referencias a nombres centrales de la misma, y dedicados a Chopin, muchas de cuyas piezas van referidas antes de los poemas. La erudición de Martín Adán fue siempre asombrosa, y comprueba lo que otros escritores han probado también en Latinoamérica, que es la pertenencia de nuestra literatura no tanto a las fronteras de las nacionalidades, sino a la república de las letras humanistas de Europa y, sin exagerar, incluso del mundo. Piénsese en Borges, o en Cortázar, cuyas semejanzas con el espíritu que animó la obra de Adán es innegable. Estos sonetos están escritos en un lenguaje muy propio, una mezcla de arcaísmos y barroquismos con expresiones simbólicas y referencias metafísicas, de comprensión difícil, aunque de una musicalidad compleja y entrabada. Más tarde aligeraría el hermetismo de su poesía hasta casi el lenguaje coloquial, pero Martín Adán tuvo predilección por la forma del soneto, que parece el formato más adecuado para su rigor retórico y sus expansiones filosóficas. Desde entonces, su poesía es una larga meditación sobre la necesidad de lo Absoluto y la imposibilidad y tragedia humanas para alcanzarlo. Dos largos poemas suyos, “La mano desasida” y “La piedra absoluta”, toman Machu Picchu como asidero de reflexión, y pueden considerarse sin temor entre los mejores poemas metafísicos de la lengua castellana, una lengua, como se sabe –a diferencia de la inglesa, o la alemana-, no demasiado prolija en poemas de este tipo. Si debemos creer a Machado, todo buen poeta debe tener una metafísica y expresarla de algún modo en su poesía. Martín Adán cumple este designio de modo flagrante, desgarrado y bello, jamás abandonando ciertos límites formales, como la rima asonante o una prolija atención a las necesidades rítmicas de sus versos sueltos.

Lo antedicho haría suponer, como dije, una brillante carrera literaria para nuestro autor, pero, a pesar de su inicial fama, y el respeto de sus colegas y de cierto público, y hasta del gobierno, a través de algún premio, el destino de Martín Adán acabaría siendo tan trágico como muchos de sus poemas. Su pasado infantil había sido reposado, pero no exento de sinsabores, como la ausencia del padre, muy pronto separado de su mujer, o las urgencias económicas que los llevaron a vender propiedades y a mudarse a Barranco, para salvar dinero y sobrevivir mejor. Un hermano pequeño suyo murió muy joven, hecho que dejó huella en la memoria del autor, expresada en un hermoso poema, “Aloysius Acker”, de ceñida hechura y hondura religiosa. En la casa familiar vivió siempre, además, un tío que sufría de locura, dado a sonidos de espanto y a comportamiento inestable, algo que obsesionó a Adán, no sólo por la obvia razón de su presencia, sino por el temor a compartir con el tío algún rasgo familiar que lo llevara también a él a semejante estado de invalidez y horror. Si es verdad que algunas formas de demencia tienen una base biológica, sus temores no estaban del todo desencaminados y hasta es probable que los hechos posteriores lo hayan probado, pero sería especular demasiado el afirmarlo. Estos fueron años, además, de mucho vaivén político, con dictaduras inútiles y democracias enclenques que se alternaban, pero por sobre todo, fueron años de inmenso cambio social, no sólo en Perú, sino en todo el mundo, con las guerras mundiales de por medio, y la creciente industrialización y sus fenómenos aledaños, como la inmigración masiva a las ciudades. Para un hombre de la sensibilidad de Martín Adán –y, por una vez, siento que estas palabras no son un cliché, o un lugar común para referirse al supuesto refinamiento de los poetas, sino una fidedigna relación de los hechos- estos cambios, la mayoría de los cuales significaron una alteración radical del orden establecido, no pudieron ser siempre recibidos con beneplácito, y antes bien debieron tenerse como signos del caos esencial del mundo exterior, por lo que la búsqueda de una interioridad absoluta –o de un Absoluto cuyo lugar de aprehensión era interior, si se quiere- debió de ser no una postura romántica, sino un imperativo del alma. Martín Adán, a pesar de sus simpatías con las clases marginales, patente en sus primeros poemas, de su amistad con importantes socialistas o apristas de la época, de su temple humanista y libertario, decidió mantenerse alejado de todo pensamiento o movimiento político, sin rechazo expreso de los mismos, como no fuera la ausencia de su obra. La política debió de ser una más de aquellas formas de conciencia desgarrada que estructuran los contornos febriles del mundo. Su reposo, su esperanza, por fútil que fuera, no estaba allí, sino en la poesía, que cultivó hasta el día de su muerte.

Poco a poco, a pesar de su fama, de su inteligencia, de su familia, de su poesía y de sus lecturas, Martín Adán se deslizó hacia el alcoholismo que ha segado la vida de tantos escritores y creadores durante toda la historia conocida. Si un trasfondo de proclividad a la inestabilidad mental lo llevaron a la adicción o el alcohol a la inestabilidad mental, nunca lo sabremos. Quizá ambos factores sean ciertos a la vez. El caso es que Martín Adán empezó a dejarse llevar por su necesidad de intoxicación, y que jamás logró desde entonces hacerse cargo de su vida, ni ejercer una profesión que le permitiera sobrevivir. Fue la generosidad de amigos y admiradores las que le mantuvieron en vilo durante muchos años. Se cuenta una anécdota, quizá apócrifa, en la que Martín Adán se encuentra meditabundo sentado en una plaza central de Lima, pensando, imaginan los transeúntes, en la transitoriedad de la vida y en la fragilidad de lo material. Tras largo tiempo se le acerca al fin un amigo, que le pregunta por el motivo de tan concentrada y larga meditación. Estoy dudando, responde el poeta, sobre si gastarme el dinero de este premio que me han dado –unos mil soles de la época, cantidad respetable entonces- en una borrachera de mil soles o en mil borracheras de a sol. No importa si dijo o no alguna vez estas palabras. Simbolizan, en todo caso, la enfermedad que se apoderó de él desde cierto momento de su vida.

 Pero Martín Adán no se dejó llevar tan fácilmente al abismo. O lo persuadieron a que lo hiciera o lo decidió por propio instinto de supervivencia, el caso es que sus últimos decenios, como dije, los pasó en un manicomio, al cuidado del personal del mismo, viviendo de lo que algunos amigos pudieran darle, en especial el editor Juan Mejía Baca, quien sería responsable además de la edición parcial de sus poemas hasta que apareció en 1982 una edición de sus poemas completos, al cuidado de Ricardo Silva Santisteban. Porque Martín Adán sufriría, pero no dejaría de escribir, en cuanto papel encontrara, en servilletas, cuadernos, papeles sueltos, lo que fuera, y su producción fue considerable, y jamás de calidad inferior. Dejó por completo de darle importancia a su aspecto exterior, desaliñado y feraz, como lo demuestran las fotos de sus últimos años. Recuerdo que alguna vez, en mi primera juventud, logramos meternos con algunos amigos en el manicomio de Larco Herrera, donde permanecía entonces, con el sólo objeto de verle, si teníamos suerte, paseando por sus reposados jardines, o asomándose a la ventana con su bigotito canoso y sus escasos pelos que buscaban en toda dirección la serenidad que su alma anhelaba, pero no pudimos encontrarle. El viejo lugar exhumaba una calma sibilina, como si detrás de cualquier árbol fuera de pronto a atacarnos un loco peligroso, aunque los alrededores, llenos de vegetación y ancianos árboles, tenían la belleza de las casas vetustas. Para nadie es secreto que no son los enfermos mentales los primeros beneficiados de un servicio de salud deficiente, por lo que la elección de Adán se nos hizo incomprensible. Hablamos con algún trabajador de los jardines, a todas luces un loco tranquilo, quien nos dijo que si acaso veríamos al poeta, como le llamó, por la parte de atrás, pero que también podría estar en la parte de adelante, pero que en realidad nadie sabía dónde estaba el poeta, porque no era loco, sino poeta. Esta explicación me conmovió, por quien la dijo, y por cómo la dijo, con una sonrisa inducida tal vez por la clorpromazina o por el asentamiento de su mente en un remanso de irrealidad que ya hubiera querido tener yo, pero sin la locura. Me permitió comprender, siquiera lejanamente, qué es lo que buscaba Martín Adán, algo así como decirle a un mundo que no aguantaba que lo dejara en paz, mientras escribía poesía, que era ya entonces lo único que quería hacer en esta vida. En culturas antiguas se comprendió esta necesidad quizá mejor que en la nuestra, aunque uno no puede estar seguro. Se comprendió quizá que había ciertos individuos cuya mente, cuya alma, cuyo cerebro, llámese como quiera, no era como el de los demás, sino que había recibido la gracia de la creatividad y la inteligencia, pero pagando el precio de la realidad cotidiana, del mundo conocido por todos y tolerado por todos, pero que se presentaba a estas almas torturadas o extáticas como un vértigo y hasta una traición. A estos individuos había que hacerlos mediums shamanísticos, contadores de historias, músicos, danzantes dionisíacos, labradores de versos, bufones, lo que fuera, pero jamás obligarles a seguir los surcos que seguimos nosotros, pues suyo es el camino del delirio, de la insensatez. Martín Adán nació en una cultura y una época que exigía de él una carrera de abogado, una corbata todos los días, una familia decente, una muerte en su cama, rodeado de sus nietos. Pero no era este el destino que pudo o quiso tener. Murió en cambio en soledad, con sus amigos los locos, y nadie sabrá ya dónde está, porque él no era loco, sino poeta. Esto ocurrió, en nuestro calendario, en el año 1985. En el suyo, no sabemos.