¿Poder para qué?

 Guridi 

Pedro Sánchez tiene un problema. No es que tenga uno sólo, es que tiene un problema de base. Gracias a los buenos oficios de Pepe Blanco, Luena, Hernando y la tutela de Susana Díaz, ha conseguido hacerse con el poder. Ha pasado de ser el repuesto de Patxi López a ser el tipo que ha podido elegir en qué rincón coloca al ex-lehendakari, como un bonito florero. Ha llegado a Ferraz y se ha cobrado justa venganza de todos aquellos que se atrevieron a menospreciarle, pensando que estaban más a la derecha de Pepe Blanco que él. Pedro ahora tiene el poder en el PSOE.

Pero no sabe qué hacer con él.

La falta de ideas de Sánchez quedó más que patente durante la campaña de primarias, dolorosamente clara en el debate de candidatos y se hace evidente cada vez que suelta una frase hecha, un lugar común, un eslogan o una obviedad más. Pedro Sánchez quiere ser presidente del Gobierno, pero se acaba de dar cuenta de que hace falta algo más que cabalgar a lomos de las siglas del PSOE. Ni él ni Luena tienen ni idea acerca de cómo abordar los problemas del desempleo, de cómo devolver la credibilidad a las viejas siglas, de cómo hacer frente al territorio que nos ocupan a izquierda y a derecha, de cómo explicar a los muy quemados catalanes que “federalismo” es más que una frase hecha y, a la vez, menos que ser Andorra con otra bandera.

Durante mucho tiempo, en el PSOE se enfrentaban orgánicamente diferentes facciones. Casi desde su fundación, los órganos internos han sido un campo de batalla donde han peleado diferentes intereses y maneras de concebir la izquierda. Pero, tras la debacle de Almunia, comenzó a existir un tipo de facción que no se concebía anteriormente, la de la gente que está en el juego por el juego, en la política como fin y no como medio de lograr unos ideales. Hay quien denominaría a esta gente como “Aparato, aparateros o fontaneros”. Hasta ahora, los fontaneros trabajaban para alguna de las diferentes facciones ideológicas del PSOE, pero la victoria de Sánchez ha supuesto que el aparato ha ganado a solas. Sin esos molestos intelectuales que viven en las nubes y pretenden modestos ideales de “pureza”. Los “fontaneros” se dicen a sí mismos que han ganado los que de verdad trabajan, los que se manchan las manos y no van de santurrones; los que mantienen en pie la organización. Lo malo es que la organización se dedica a defender ideas y ellos no son capaces de concebir ninguna.

Los aparateros han tirado al GPS por la ventana del coche, porque molesta mucho para conducir, pero ahora no saben por dónde van, ni a dónde quieren ir.

Como en algunos famosos motines navales, nuestros marineros han arrojado a los oficiales por la borda, pasado a sus fieles por la quilla y ahora no tienen ni idea de qué hacer con el barco, más allá de mantener la bandera en el mástil.

Y, como en los motines navales, no sucede por culpa de los marineros. Sucede porque el PSOE lleva años en los que sus cabezas pensantes se sintieron insustituibles y eternos. No buscaron nuevo talento, ni formaron nuevos líderes, sino que criaron asistentes, recaderos y ejecutores. El talento que surgía, o que se ofrecía a colaborar, era liquidado rápidamente como amago de motín. Hasta que los asistentes, los becarios, los recaderos y los ejecutores terminaron por pensar que no hay mejor jefe que uno mismo. Los ideales eran cosa de ingenuos y poco prácticos.

Esto no se resume sólo en la persona de Sánchez, ni en la de su ejecutiva, sino que es extensible a todos lo que le apoyaron y mostraron el camino. Susana Díaz, Pepe Blanco, Javier Lambán, Rodolfo Ares, Óscar López, García-Page, Rafa González Tovar, Abel Caballero, Tomás Gómez, José Antonio Carracao, etc, son personas que se han preocupado más de conservar el poder, que de ponerlo al servicio de la gente. Sin mala intención, pero siempre dejando para mañana eso de tener ideas, eso de fijarse objetivos, eso tan molesto de querer transformar la sociedad.

Y eso, que no sería tan malo en otras épocas y que es parte de la vida normal de cualquier organización, es especialmente malo ahora.

Estamos aún sumidos en una terrible crisis, con un paro estructural terrorífico, alimentado por las medidas equivocadas. Estamos en manos de un partido que practica la corrupción como una parte más de su estructura orgánica e institucional. La sociedad catalana está a punto de romper definitivamente con el resto de España, porque se hacen preguntas que nadie sabe responder sin decir una tontería. El resto de España se querría independizar igualmente para conseguir un país diferente, porque nadie les ha mirado a los ojos para plantearles una España mejor desde 2004. Ahora somos un país más enfadado, más egoísta, más triste, más miedoso y menos honrado que hace cuatro años.

Y alguien acaba de descubrir que eso no se soluciona ganando congresos y repitiendo frases prestadas.

Los documentos de una conferencia política no valen para explicarlo todo, igual que tampoco valen la Biblia o el Corán.

Oponerte a lo malo y aprobar lo bueno vale para salir del paso, pero en política estás para oponerte a lo malo y convencer a los demás de que podemos conseguir lo mejor. 

El juego de alcanzar y conseguir el poder en cualquier organización, trabajo, partido o ONG es muy divertido. Pero tienes que saber qué hacer con ello. Y tienes que sostener la mirada a la gente cuando te pregunte qué piensas hacer. Y ser capaz de responderles con la verdad. 

Ahora que ya tenéis la máquina de implementar ideas, habéis descubierto que se os han gastado todas y que éstas no salen de la nada. Y lo que es peor: ni queréis lecciones de la gente que las tiene, ni ésta va perder más tiempo en querer ayudar donde no son bienvenidos. 

Habéis conseguido el Ferrari de papá y ahora no sabéis a dónde ir con él. Ojalá no sea tarde para que se os ocurra algo.