PODEMOS: ¿Es su ambición la mejor medida de su éxito?

Senyor_J

Las elecciones andaluzas del pasado 22 de marzo parecieron dejar un sabor amargo en las filas del partido violeta. La carrera de Susana se saldó con una clara victoria sobre sus perseguidores, cuyas piernas quedaron lejos del poderío de la presidenta. Así, a pesar de que Teresa Rodríguez se estrenaba con prácticamente un 15% de los votos en las primeras elecciones autonómicas a las que concurría Podemos y a pesar de doblar los porcentajes de voto de las europeas de 2014, la medalla de bronce se recibió con la desgana del que días antes se sentía capaz de competir mejor y, si no de ganar, sí de mostrar cierta lucha cuerpo a cuerpo en los metros finales y de disputar en la medida de lo posible una segunda posición de la que también quedó muy alejada.

Ciertamente el resultado electoral no puede ser satisfactorio para una organización que se ha propuesto ocupar las zonas centrales del espacio político y aparecer a corto plazo ante los ciudadanos como una alternativa a las mayorías de gobierno clásicas del sistema del 78. Ese 15% se encuentra por debajo de lo ya obtenido por otras organizaciones en comicios anteriores (los 20 diputados de Izquierda Unida en 1994) y no permite tampoco poner en apuros al partido destinado a gobernar, puesto que Susana tiene a su alcance un gobierno en minoría con el que funcionar mediante pactos de geometría variable con el Partido Popular, Ciudadanos e incluso, si lo cree oportuno, con Izquierda Unida. Porque si bien es cierto que el peso de las fuerzas conservadoras parece anunciar desde ahora mismo un giro netamente conservador del gobierno andaluz, más aun vista la inexistente disposición de la lideresa socialista a buscar acuerdos puntuales con Podemos que permitan desarrollar políticas alternativas, también lo es que cualquier acuerdo pactado entre PSOE e IU, aunque no sumen una mayoría suficiente, necesita tan solo de la abstención de Podemos para salir adelante. Muchas son, pues, las fórmulas al alcance de Susana Díaz para vivir estos cuatro años haciendo las políticas que le dé la gana y pactándolas con el socio que más le interese, sin que Podemos pueda ponerle demasiadas pegas.

Las tentaciones de hablar de fracaso, visto este panorama, son altas, pero la realidad no es tan terrible. El golpe al bipartidismo, por mucho que desde el PSOE se insista en que las pérdidas afectan básicamente al PP y aunque se haya conseguido establecer una nueva marca blanca del régimen con Ciudadanos, es significativo. El 80% de los votos obtenidos por PSOE y PP en 2012 se han convertido en un 62% y la nueva distribución de porcentajes no se explica meramente por trasvases entre partidos de izquierda o derecha. Porque Podemos obtiene cuantitativamente muchísimo más de lo que pierde Izquierda Unida, lo que hace sospechar de la existencia de un cambio más profundo en las motivaciones de una parte del electorado, movido por lo que podríamos calificar de voto “anticasta”, que habría de proceder en proporciones significativas tanto de la abstención como de nuevos votantes, que nutre sobre todo a Podemos y que ya vimos, aunque con menor intensidad y de forma más concentrada, en las elecciones europeas.

Las comparaciones con las europeas son muy útiles para clarificar esas sensaciones y evidenciar algunas tendencias de fondo que también habrían de invitar a un mayor optimismo. Mientras que PSOE y PP se mantienen clavados en ciertos porcentajes (de 35,12 a 35,43%  PSOE, de 25,89 a 26,76% PP), Podemos dobla (de 7,11 a 14,84%) en parte a costa de IU (de 11,62% a 6,89%) y Ciudadanos eclosiona (de 1,73% a 9,28%), en un aumento que también va más allá de la pérdida de peso específico de UPyD (de 7,13% a 1,93%). No obstante, IU solo pierde 40.000 votos respecto a la europeas pero Podemos gana 400.000, lo que le sitúa en una progresión equivalente a la que experimentan los partidos mayoritarios en valores absolutos, como consecuencia del diferencial de participación (del 43% al 64%) y que también ronda los 400.000 votos. La progresión conjunta de la suma Ciudadanos+UPyD es de 200.000 y la de Ciudadanos en solitario de algo más de 300.000. A destacar que el retroceso de UPyD es muy intenso, con una pérdida de 110.000 votos de sus 190.000 obtenidos en 2014.

Así pues, si obviamos la vocación ganadora de Podemos, ¿cabe considerar que su resultado ha sido malo? Claramente no. La intensidad de su crecimiento relativo y absoluto en el espacio de un solo año es muy importante. Conviene recordar que ciertas interpretaciones que se hacían de su resultado en las elecciones europeas apelaban al hecho de que aquellos comicios son proclives a que se realicen votos de castigo. Pues bien, hoy ese voto de castigo se ha doblado porcentualmente y multiplicado por tres en términos absolutos, lo que convierte a Podemos en una realidad política tangible. Y dicha progresión no ha tenido lugar en cualquier sitio, sino que nada menos que en Andalucía. Una Andalucía que es la reserva de votos del PSOE. Una Andalucía cuyo gobierno ha vivido bastante protegido de los efectos electorales de la segunda fase de la crisis, en la medida que sus colores no han coincidido con los del gobierno central en los últimos tres años. Y una Andalucía donde Podemos ha irrumpido con muchas carencias organizativas y mediante un trabajo exprés de selección de candidatos y elaboración programática.

De todo ello cabe concluir que aunque Podemos pueda sentirse decepcionado por su resultado, lo único verdaderamente castigado es su pensamiento mágico. Ese mediante el cual se acaba creyendo que anunciar el cambio es lo mismo que traerlo, confundiendo discurso y realidad. Y es que para que discurso y realidad coincidan no basta con alimentar a la misma de palabras -aunque también- sino que ello exige un esfuerzo titánico a varios niveles, entre ellos,  el organizativo y el programático, donde existe mucho margen de mejora.  De ahí que la experiencia andaluza pueda resultar muy útil y aleccionadora para Podemos, ya que le permite pasar a operar desde las alturas del terreno de las expectativas a la tangibilidad de la realidad electoral y abordar con más realismo su futuro inmediato.

El siguiente paso del ciclo 2015 para Podemos van a ser las elecciones autonómicas de mayo, donde ese universo único en que el PSOE, el partido de la alternancia, ocupa un espacio hegemónico no existe en ninguna otra parte. En el resto lo que tenemos son, básicamente (aunque no exclusivamente), comunidades autónomas gobernadas por el Partido Popular y los resultados en las mismas son los que van a marcar realmente la senda hacia las elecciones generales. Los admiradores del sistema del 78 ya se frotan las manos soñando con transferencias significativas de voto del PP a PSOE o a Ciudadanos y con un crecimiento moderado de Podemos que no distorsione en demasía la operativa política habitual en las confortables instituciones autonómicas, pero no está nada claro que los descalabros esperados del PP vayan a saldarse necesariamente de ese modo. Especialmente en las regiones más urbanas y más densamente pobladas. El principal reto ahora de Podemos es conseguir ocupar en aquellas un espacio electoral más amplio que el logrado en Andalucía.

Finalmente, si algo ha quedado claro en estas elecciones es que la alternativa mejor situada para ofrecer algo distinto de lo habitual, marcas blancas a parte, es Podemos. Si Podemos es capaz de convencer a sectores más amplios de la población de que ellos son la verdadera palanca de cambio, la brecha en el muro del 78 que se ha abierto en Andalucía puede hacerse más amplia en muchos otros lugares. Pero para ello deberá profundizar a marchas forzadas su despliegue territorial y esforzarse en acercar sus círculos a la ciudadanía. Su principal enemigo serán las prisas y la falta de tiempo para surgir electoralmente sobre raíces más firmes.