Please, give me a Revolution!

Senyor_J

You say you want a Revolution

Well, you know

We all want to change the world

You tell me that it’s evolution

Well, you know

We all want to change the world

(  The Beatles)

Han transcurrido veinte días clave de septiembre durante los cuales se ha asistido a eventos de una magnitud histórica, por no decir mítica. No existen precedentes en España ni en casi ningún país de un proceso de secesión de un Estado como el que se ha iniciado en Cataluña. Lo máximo que habíamos visto por estos lares, hace ya cerca de 100 años, fueron un par de alocuciones mediante las que Lluís Companys anunciaba un espacio propio de soberanía, pero jamás se le había ocurrido a un parlamento regional cuestionar la integridad del país mediante la convocatoria de un referéndum de autodeterminación, ni aun menos formalizar una ley de transitoriedad para el momento en que surja el nuevo estado y este no esté amparado por Constitución alguna. Imposible entrar en todo lo sucedido, pero no tanto arrojar unas cuantas ideas dispersas al respecto.

  1. El consenso del 78 ha saltado por los aires. Por primera vez, los herederos catalanes de los padres de la maltrecha y anacrónica Constitución, sostenida por un fundamentalismo ideológico de raíces postfranquistas que declara como inasumible la posibilidad de someter a debate la unidad de España, han socavado las bases de la misma con un ejercicio de ruptura y una tentativa de dar origen a una nueva legalidad. Se trata de un gran evento, de un suceso que dinamita el Estatut y también los espacios políticos de los cada vez menos compartimentados partidos catalanes. Todo se parte en pedazos, incluso para los que aseguran día tras día que aquí no está pasando nada, esgrimiendo para ello la fuerza de una ley completamente deslegitimada, frente a la que se empieza a alzar la desobediencia.
  2. En un comentario de principios de mes señalábamos que esta era una partida que los soberanistas juegan con blancas y el Gobierno español con negras. La iniciativa la sigue manteniendo en todo momento el retador, mientras que el retado invierte todo su poder en unas medidas defensivas con tintes represivos que no hacen más que profundizar el foso ya bastante profundo que separa el pensamiento político catalán del resto de España. La represión es un elemento clave en la necesariamente precaria estrategia seguida por el bando independentista, ya que de lo que se trata es de visualizar que España es un estado antidemocrático, intolerante y situado en una galaxia lejana. No son pocos los aspirantes a psicohistoriadores que ven a España como el Imperio de Asimov, una entidad aparentemente fuerte pero imposible de gobernarse en toda su extensión, que pronto podría desgajarse por la periferia. Tal vez sea por eso que los independentistas han optado por preparar la Fundación de la Republica Catalana…
  3. No sabemos qué sucederá exactamente el 1 de octubre pero ya tenemos un resultado absolutamente garantizado con todo lo acontecido hasta ahora: el trituramiento en Cataluña de los espacios políticos formulados en las últimas dos década y reformulados en los últimos tres años. A unos, como Comuns o PSC, se les vienen abajo sus posiciones de partida, en concreto los cantos de sirena hacia la solución negociada, con referéndum o sin él según sea el caso o el día, una vez hecho evidente que esa solución negociada solo puede producirse mediante graciosa concesión del Estado español y que el Estado español no está por la labor. Algunas cosas no llegan especulando, sino forzando, como está forzando el espacio independentista, aunque aún no sepamos con qué intensidad, hasta dónde o hasta cuándo, y esas mismas cosas te obligan a reflexionar qué significa hoy en día derecho a decidir o qué significa soberanismo y cómo se ejerce la soberanía. Desde luego no se ejerce esperando a Pablo Iglesias o a Pedro Sánchez ni parapetándose en los derechos de las minorías parlamentarias. Pero también el propio espacio independentista va a quedar triturado por la apisonadora de la CUP, que ha obligado durante los dos últimos años a los otros dos partidos a pasar de las palabras a los hechos, liquidando primero el viejo procesismo de Artur Mas y lanzando después a ERC y a Puigdemont por una rígida unilateralidad, así como liquidando con todo ello y con los independientes de Junts pel Sí el peso decisivo que la vieja Convergencia jugaba en Cataluña.

(Interludio musical: el espacio político de la derecha política catalanista está completamente destruido en Cataluña, tanto por el transformismo que han tenido que realizar los exconvergentes del PDECat como por no saber si han de ir a Grande o a Chica, es decir, si han de fiar su futuro a identificarse con un independentismo de derechas a pesar de que el grueso de los cuadros políticos de la derecha catalana no son independentistas, o si bien han de volver a ejercer un sano autonomismo duranilleidista, tras un hipotético declive o derrota del processisme (que es lo que les molaría; pero por el momento ello solo les garantizaría la marginalidad electoral). La oportunidad de formar mayorías amplias en Cataluña sin la participación de la derecha catalanista o españolista es única e incomparable, si todo el mundo entiende donde se ha de situar para lograrlo. Pero esa oportunidad no a va a estar ahí hasta el fin de los días: los macrones y los trumps de la posdemocracia aguardan en cualquier esquina para dar el golpe cuando menos se espere).

4.- El desenlace previsible de la etapa temporal comprendida entre el ahora y el 1 de octubre seguramente sea la no celebración de referéndum alguno, ya que el Gobierno dispone de medios suficientes a su alcance para dificultar la realización del mismo hasta hacerlo imposible, ¿pero qué viene después de eso? Una vez más la falta de previsión vuelve ser la tónica. Las mismas mentes preclaras que auguraron que el independentismo era poco más que una retórica electoralista y que tuvieron que darse de bruces con la Ley de Referéndum para entender que tal vez la cosa iba en serio, son los mismos que ahora dicen que “esto se arregla con unas nuevas autonómicas”. O sale Iceta el otro día en la Fiesta de la Rosa del PSC señalando que hay que hablar y que para ello hay que poner el cronómetro a 0, sin concretar demasiado donde está el 0: ¿En el día de la aprobación de la Ley de Referéndum o en el de la negativa a establecer un nuevo pacto fiscal? ¿O quizás está en el día que el Gobierno aprobó el tipo del 0% para las imposiciones sobre los depósitos bancarios con el fin de cargarse el impuesto aprobado en el Parlament? ¿O en la sentencia del Tribunal Constitucional contra el Estatut? ¿O quizás en las sesiones de cepillado que practicaron en el Congreso con el Estatut del Parlament? Miren si hay ceros posibles… Algunos hasta se remontarían a 1714, a 1640, a los Reyes Católicos o incluso al reinado de Pedro el Ceremonioso. Hasta en eso sería difícil ponerse de acuerdo a estas alturas, con todo lo acontecido.

5.- En términos abstractos solo hay dos desenlaces buenos para esta situación. El primero consiste en cambalachear independencia por nuevo estatus dentro del Reino de España, que es lo que algunos llaman plurinacionalidad (sin saber muy bien de que están hablando), otros federalismo (sin saber muy bien lo que están concretando) y, finalmente, otros neoautonomismo (pues eso, la solución gatopardiana). El segundo en reconocer a los catalanes el derecho a decidir libremente si quieren formar parte de España mediante un referéndum pactado en el que se garanticen mayorías reforzadas y un proceso de preparación dentro de lo que mandan los cánones de cualquier Comisión de Venecia que se precie. Ambas salidas son, no obstante, imposibles. La primera porque el nivel de exigencia catalán va diez años por delante del nivel de tolerancia español y para cuando transcurren esos diez años, los catalanes están en la siguiente casilla: es lo que pasado con el Estatut recortado, que han tenido que pasar más de diez años para que un secretario general del PSOE reconozca que igual se les fue la mano. Así las cosas, dentro de diez años es previsible que los catalanes ya no estén a la espera de pactar nada. Pero el segundo desenlace también es imposible porque casi todos los partidos estatales, casi todos los funcionarios del estado, casi todos los mandos del ejército, casi todos los medios de comunicación estatales y casi todo el mundo que pinta algo en ese país llamado España dice que hay una Constitución que impide la secesión, que eso no se toca y que si quieren romper España pues que pidan permiso, pero que tampoco se lo van a dar. Que hay cosas que son rompibles como la Gran Bretaña pero que otras no lo son porque no y que ante cualquier duda, pregunte en la Constitución. Descartadas las soluciones buenas, las que quedan, por indeseables que sean, son las posibles.

6.- Las malas soluciones incluyen cosas tan bonitas como crisis institucional de primera magnitud, represión de cargos públicos y ciudadanía, declaraciones unilaterales de independencia por mayoría simple en parlamente insurrectos, artículo 155, penas de cárcel, sanciones económicas, inhabilitaciones, intervenciones exteriores, acuerdos forzados, desafecciones políticas, totalitarismo posdemocrático… Y también protestas, desobediencias, generación de legalidades alternativas, riesgo de estados fallidos… Se dibuja un itinerario con ingredientes tan perfectamente identificables como los que dan sabor a un proceso de ruptura y tan bien conocidos en sus consecuencias funestas. Es la coreografía de la fuerza represora, que por legítima que parezca a algunos no deja de ser fuerza ni de ser represora, contra la rebeldía, que según vaya puede identificarse con la imprudencia, la insensatez o bien con el heroísmo. Que se plasmen los efectos menos gravosos respecto a los más tenebrosos o incluso criminales dependerá exclusivamente de la habilidad de los jugadores que disputan esta partida y de la capacidad de entender los escenarios. Y de momento son muchos los que no están demostrando gran cosa. Mal asunto.