Plaza de Bilbao, Madrid

Alberto Penadés 

Hoy vuelvo a mi afición por el callejero, pues me parece un buen día para pedir que una plaza de Madrid recupere por fin su nombre, olvidado por unos y otros. Los hunos y los otros, decía Unamuno, que se inspiró para su primera novela (Paz en la guerra) precisamente en el sitio carlista, y defensa “liberal”, al que la plaza rendía homenaje. (No confundir con la “glorieta” del mismo nombre, que suena a señora con moño).

 

Como muchas plazas cuadradas de la ciudad, abiertas la mayoría por José I (rey “plazuelas” antes que “botella”), fue solar de un convento, los Capuchinos de la Paciencia, que es un nombre dulce. Estuvo ocupada desde 1837 por unos jardines, rodeados de verja, de mucha fama en el siglo antepasado. Está cercada por otras calles de nombre “guiri” (según el DRAE, de guiristino, deformación vascoparlante de cristino), la propia Calle de la Reina, para empezar y, por supuesto, la Calle de la Libertad. A pocos metros vivió Victor Hugo, que también tiene calle.

 

En 1931 pasó a llamarse de Ruiz Zorrilla, con lo que la Segunda República quería homenajear a un ministro de la Primera, después jefe de gobierno, con Amadeo I, librepensador y Gran Maestro del Gran Oriente de España. El nombre no tuvo tiempo de cuajar, pues durante la guerra los madrileños le impusieron, con negro humor, otro título de resistencia: la Plaza del Guá. Al parecer, allí era donde iban a parar muchos de los obuses con los que el ejército franquista quería machacar el edificio de la Telefónica.  Aunque los obuses tenían poco de canica, como se lee muy bien en las memorias de Barea, que trabajaba y vivía en el edificio (uno de los rascacielos primitivos más bonitos que conozco, con su fachada barroca disparada en vertical), quien lo encontraba más seguro que ir por las calles, teniendo en cuenta que a su compañera la buscaban por “trotskista”.

 

Después de la guerra el franquismo eligió, con toda intención, el nombre de un político y “pensador” carlista, germanófilo en la Gran Guerra, clerical (fundó el Partido Católico Tradicional) y antimasón militante: Vázquez de Mella. Con su nombre la plaza conoció el abandono, el trapicheo, una carpa de lucha libre y, finalmente, un horrible parking.

 

A la democracia se le olvidó este nombre cuando se recuperó el callejero prefranquista, tal vez porque Vázquez de Mella no pudo tener vinculación con ese régimen (había muerto en 1928).  Hoy, los visitantes encuentran un gran lazo rojo a la entrada de un  nuevo aparcamiento dedicado al amor, muchos guiris, de los de hoy, y un gran cartel, sobre la fachada de un hotel, que dice: Do you want to sleep with me? Milagro obrado (castiguito de dios) por el “ambiente” del barrio de Chueca, y por cierto viejo plan de recuperación del centro con fondos de la UE (a la que ya no votamos, desde que pagamos).

 

A pesar de todo lo que ayer decíamos en el blog, estoy realmente convencido de la sensatez y salud democrática del cambio de gobierno en el País Vasco. Lamento la circunstancia de que haya tenido que ser con la ley de partidos mediante, pero difícilmente puede decirse que eso haya puesto una anomalía democrática donde antes no había ninguna. Lo demás, que gobiernen dos minorías frente a una mayoría relativa, o la coalición menos preferida por los votantes, o gracias a la sobrerrepresentación de una parte del territorio, son cosas que pasan a cada rato en una democracia parlamentaria. Los gobiernos también dan lugar a cambios en las preferencias, no son sus meros siervos (no creo que el gobierno precedente lo fuera tampoco) y los no nacionalistas deben tener una oportunidad de administrar las cosas, de hacerlo bien, de hacerlo en paz, y de ganarse la confianza de los ciudadanos. Les deseo suerte, a los “liberales” de Bilbao, y a todos los vascos.