Perspectivas lampedusianas

Pedro Luna Antúnez 

Realicemos un somero repaso a un periodo de la atribulada historia de nuestro país. La primera restauración borbónica desembocó en una dictadura; la del general Miguel Primo de Rivera entre 1923 y 1930. En enero de 1930, temeroso del malestar social en las calles y de que el desprestigio de las instituciones alcanzará a la Corona, Alfonso XIII puso fin a una dictadura que él mismo había promovido años atrás. Para restablecer cierto orden constitucional el Borbón propuso al general Berenguer la formación de un gobierno de concentración. O lo que es lo mismo; se pasó de una dictadura de corte tradicional a una dictablanda. El objetivo: salvar la monarquía.

Asistimos al fin de la segunda restauración borbónica. El sistema surgido del pacto constitucional de 1978 se consume entre heces de corrupción. El hedor es insoportable y el régimen parece haber tocado fondo. Pero como ocurrió en los primeros meses de 1930 ya se vislumbran en perspectiva maniobras para mantener a flote a la monarquía. Hace ochenta y tres años la izquierda actuó como dique de contención frente a la reacción. En agosto de 1930 varios partidos republicanos firmaron el Pacto de San Sebastián; sumándose en octubre el PSOE y el sindicato UGT, éste último con el firme propósito de convocar una huelga general que enviase a la monarquía a “los archivos de la historia”. El pacto fue el certificado de defunción de la monarquía al proclamarse seis meses después la segunda República.

¿Qué nos diferencia de 1930? Para empezar, la propia izquierda. Hoy la izquierda, si por izquierda entendemos al PSOE, es parte indisoluble del régimen monárquico. Pero no sólo el PSOE. Una Izquierda Unida obsesionada por las encuestas electorales olvida que las elecciones sólo son un medio. Que las elecciones sólo son un mal remedo de un sistema electoral profundamente antidemocrático y que se trata de una partida con las cartas marcadas. El fin es acabar con el sistema y avanzar hacia la República. Así lo entendió la izquierda en 1930; y así es necesario que lo entienda la izquierda actual. Hoy los sindicatos tampoco parece que estén por la labor de convocar una huelga general destituyente; una huelga que socave las estructuras de un régimen que se nutre de la precariedad laboral y de la miseria de amplios sectores de la población; y que ha sumido a seis millones de personas al pozo del desempleo.

En segundo lugar, falla la intelectualidad. En noviembre de 1930 Ortega y Gasset publicó El error Berenguer en las páginas de El Sol, un artículo que pasaría a la historia de España por su última frase: Delenda est Monarchia. Fue el canto del cisne de una intelectualidad hastiada con la monarquía. La generación de Manuel Azaña, Gregorio Marañón, Giner de los Ríos, Pérez de Ayala, Antonio Machado y el propio Ortega y Gasset, sirvió de contrapeso para desnivelar la balanza política. Para desterrar la monarquía y empujar a España hacia el progreso social y cultural. Sin embargo, hoy los intelectuales forman una corte de advenedizos al régimen. Si aparece alguna voz crítica, se le aparta. Se le margina.

A pesar de ello, hay que conservar el optimismo. El activismo en la calles de los movimientos sociales, de las plataformas de afectados por las hipotecas, de las mareas contra la privatización de los servicios públicos, y del cada vez más imprescindible 15M, auguran un nuevo republicanismo. Al otro lado de la orilla, el régimen. Con toda la artillería pesada disponible para bombardearnos. Nos dirán que hay que ventilar la democracia, que caminemos hacia un nuevo destino; unidos y al margen de ideologías. Por ejemplo, en un gobierno de concentración nacional donde quepamos todos. Nos hablarán de generosidad y del interés general del país. Incluso intentarán convencernos de que se trata de un cambio de régimen. Con un nuevo heredero a la Corona. Será el nuevo acto lampedusiano de nuestra historia: algo debe cambiar para que todo siga igual.