Periodismo valiente…

Aitor Riveiro

Bochornoso. No se me ocurre otro calificativo para describir el espectáculo mediático que periódicos, radios y televisiones nos sirvieron la semana pasada a costa de una madre que perdió a una hija de la peor de las maneras. No he conseguido olvidar las imágenes que se sirvieron a la hora de comer (recalentadas para la cena y el desayuno siguiente, como si no hubiéramos tenido suficiente) de la madre de Sandra Palo enfrentándose a unos cuantos guardias de seguridad para goce y disfrute de sanguijuelas periodísticas. “Los padres de Sandra Palo fueron a las 8.20 a las puertas del centro de internamiento El Renasco de la Comunidad de Madrid para ‘ver la cara’ de uno de los cuatro asesinos que acabaron con la vida de la joven en mayo de 2003â€?, contaba El País en su crónica. Y presto fueron los ‘anarosas’, ‘atulados’, ‘gentes’, ‘españasdirectos’ y demás programas prescindibles de la parrilla televisiva; además, fueron los reporteros de informativos, que también se han cubierto de gloria: una gloria que apesta. Radios y periódicos no faltaron al akelarre.

Desde algunos libelos digitales lanzaron decenas de soflamas exigiendo al Legislativo (bueno, ellos exigen al Gobierno, que nunca han entendido de Montesquieu) un cambio en la actual Ley del Menor. Artículos de opinión, llamamientos a la movilización ciudadana, al PP para que hiciera “algo� (y vaya si lo hizo),… Cientos de cartas recibidas en apoyo a los familiares de Sandra Palo. Abrazos, lágrimas, sal, pimienta, 30 minutos a fuego lento nos dan como resultado dos semanas de repugnancia periodística. Hoy, ya no queda ni rastro de la campaña en esos medios. Ni en esos ni en ninguno.

Así que tenemos que hace una semana era absolutamente fundamental cambiar la Ley del Menor, impedir que ‘el Rafita’ saliera a la calle, permitir que la madre de Sandra Pelo incumpliera una orden judicial (y una ley) que le impide ver el rostro del asesino de su hija. Horas y horas de televisión y radio. Ríos de tinta. Millones de megabites. ¿Cuál es la conclusión?

1º El aprovechamiento por parte de la extrema derecha mediática de este caso nos debe poner en guardia. Si con la utilización capciosa que han hecho del 11M no nos hemos dado cuenta, sí debemos darnos ahora: emplearán cualquier medio para hacer daño y no dudarán en usar la muerte de personas inocentes para arrojárselas a la cabeza al Gobierno.

Su objetivo no es, por supuesto, que se haga justicia, respetar las decisiones de los tribunales, la reinserción de los culpables o el resarcimiento de las víctimas. Su fin es desbancar al Gobierno y aupar a los suyos al poder. Si de paso podemos acabar, poco a poco, con el garantismo de nuestro Estado de derecho, miel sobre hojuelas.

Miguel �ngel Blanco, Irene Villa, Ortega Lara, Sandra Palo, los Tous,… Da igual quién sea. Las personas son armas arrojadizas perfectas porque, al contrario que los argumentos, son irrebatibles. Además, un Gobierno acomplejado, miedoso e incapaz de dar una respuesta contundente a las más vulgares y viles manipulaciones es el objetivo ideal.

2º Con todos mis respetos y acompañándola en el sentimiento: la madre de Sandra Palo no es la persona más adecuada para decidir si hay que cambiar la Ley del Menor y en qué sentido. En la génesis del sistema judicial está el convencimiento de que no se puede ser juez y parte a la vez; está claro que si a una persona que yo amara le sucediera lo mismo que le ocurrió a Sandra Palo me encantaría que me dejaran a solas con los asesinos, en una habitación cerrada y sin ventanas.

Eso no va a pasar nunca. Y está bien que no pase. Los seres humanos venimos con defectos de fábrica y uno de ellos es, precisamente, nuestra sed de venganza. Aunque más que un defecto, puede ser una de las claves de nuestra evolución. Sin embargo, delegamos en los poderes del Estado para que garantice nuestra seguridad, legisle y juzgue a las personas que incumplen las leyes. Puede haber fallos, seguro, pero no serán producto de una locura transitoria (o permanente) provocada por una desgracia de las características de la que estamos hablando.

De la misma forma que las víctimas de ETA deben ser respetadas pero no pueden condicionar la agenda del gobierno de España legítimamente elegido, aquellos que se consideran víctimas de la laxitud de la norma no deben convertirse tampoco en la vara de medir la adecuación de la legislación a las necesidades de la sociedad.

¿Qué es lo que pide la madre de Sandra Palo, y por ende la caterva mediática que la ha utilizado vilmente? No me ha quedado nada claro. Bueno, la pobre mujer exige venganza, y no me parece mal. Quiere que los asesinos de su hija se pudran en la cárcel, algo que es ilegal en nuestro país y que nunca dejará de serlo. Exige que le dejen mirar a los ojos a los asesinos de su hija para que vean el dolor, el odio, el rencor de su alma en ellos reflejados. Pero no sé qué Ley del Menor quiere. En realidad, lo único que he visto de ella han sido gritos, lágrimas, empujones, improperios y entrevistas a la COPE mientras era empujada por la seguridad del centro de menores donde estaba recluido ‘el Rafita’. Todo ofrecido en riguroso directo merced a ese “periodismo valiente, dirigido a la verdad� al que cierto profesor mío dedicaba gruesas palabras que no repetiré para que no nos censuren el blog.

3º ¿Es necesario cambiar la Ley del Menor? El PP se ha lanzado como una jauría de hienas y pide, mientras mordisquean al Gobierno, que se revise la ley que ellos mismo hicieron y enmendaron en sus ocho años de mandato. Como no tengo excesiva confianza en las buenas intenciones del principal partido de la oposición, he llegado a la conclusión de que, en realidad, están utilizando este sórdido episodio para hacer oposición destructiva. Soy listo, ¿eh? Me he dado cuenta yo solito.

Yo no tengo muy claro que haya que cambiar la legislación. Más bien pienso todo lo contrario: está bien. No tiene ningún sentido condenar a un menor a 20 años, porque el producto final será un inadaptado social destinado a delinquir toda su vida.

Lo que sí tengo muy claro es que hay que dotar de muchos más medios a los centro de menores. Es de vital importancia que los jóvenes delincuentes que son recluidos en ellos reciban una terapia y una formación que les permita, cuando cumplan su pena y demuestren su plena integración, convertirse en ciudadanos de provecho. Sólo hay una cosa peor que la muerte de una persona; que el asesino de esa persona acabe siendo un deshecho social. La humanidad tiene suficiente con una muerte.

Quizá lo que haya que cambiar es la filosofía de todo el sistema. En vez de imponer condenas cerradas habría que determinar que una persona es libre de salir de prisión cuando ha dejado de ser una amenaza para sus conciudadanos; cuando ha interiorizado su crimen; cuando ha pedido perdón; cuando se ha rehabilitado. No tiene ningún sentido que alguien se tire 20 años y un día penando por un delito si a los dos años ha cambiado realmente como persona; de la misma forma, no tiene ninguna justificación que alguien reciba la libertad tras cumplir una condena de tres años si sabemos ciertamente que va a volver a cometer ese u otro delito.

Para esto hacen falta dos elementos fundamentales: dinero y unos medios de comunicación dignos. Estamos apañados.