Periodismo en crisis

Aitor Riveiro

“Internet contra las colas del paro”, rezaba el titular de apertura de ADN.es ayer a media mañana. La edición digital del periódico de Planeta se hacía así eco de unas declaraciones del ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, en las que anunciaba una iniciativa para poder solicitar el paro sin necesidad de desplazarse a una oficina de empleo. La ironía es que los propietarios de ADN.es anunciaron la semana pasada su cierre porque, en su opinión, no se han cumplido las expectativas que habían depositado en un proyecto al que apenas han dado 18 meses de plazo para cumplirlas.

La consecuencia directa del cierre de ADN.es: una treintena de periodistas a la calle en las próximas semanas y, lo que es peor, el primero proyecto digital de envergadura que echa el cierre por culpa de la crisis económica. Los redactores del diario se sumarán a otros cientos que en los últimos meses han corrido la misma suerte: Localia, la red de televisiones locales del grupo Prisa, decretó el pasado mes de diciembre un “cese de actividad”; la Gaceta de los Negocios presentó un ERE por un tercio de sus trabajadores el pasado mes de septiembre y el grupo Zeta (editor, entre muchos otros, de El Periódico de Catalunya) está negociando su propio expediente de regulación de empleo que, de llevarse a cabo, pondrá en la calle a varias decenas de periodistas. Situaciones similares se están viviendo en otros medios de comunicación de toda España, tanto impresos como audiovisuales.

Y no serán los últimos: a la crisis publicitaria que sufrimos desde principios de 2008 se ha unido la ‘general’ lo que amenaza los puestos de trabajo de centenares de periodistas en todo el país.

A parte del desastre personal que implican tantos despidos, la sensación generalizada de incertidumbre está afectando directamente a la calidad del trabajo de los periodistas y, por ende, al periodismo español.

Este oficio no se puede desarrollar de forma correcta si el trabajador no tiene una gran estabilidad laboral: para que un periodista se haga las preguntas correctas no puede perder tiempo ni esfuerzos preocupándose por su futuro. El mejor periodismo de España se realiza en aquellos medios que mejor pagan y más seguridad ofrecen a sus trabajadores, no tanto porque sus plantillas estén formadas por los mejores (que en muchos casos lo son) sino porque es mucho más fácil oponerse a según qué peticiones u órdenes cuando las fuerzas están niveladas.

Y es en momentos graves para un país cuando más se necesita que los periodistas lleven a cabo su labor sin miedo, sin cortapisas y con calidad. Es ahora cuando las administraciones tienen que sentir el aliento de la prensa en la nuca, para que no se les olvide que hay un grupo de personas dedicadas en cuerpo y alma a informar a la ciudadanía de lo que hacen sus representantes públicos; es ahora cuando los periodistas deben fiscalizar a la gran empresa privada que durante lustros ha inflado sus cuentas corrientes sin compensar a sus asalariados, pero que prescinde de ellos a la primera de cambio incluso cuando, ojo al dato, se siguen generando beneficios de varias decenas de millones de euros (algo que, según parece, sólo le parece un despropósito a IU de Andalucía).

Y, sin embargo, no es así en muchos medios de comunicación, cuyos trabajadores deben optar por seguir las consignas marcadas por mor de mantener el puesto de trabajao.

A todo esto hay que unir otra realidad que muchas veces pasa desapercibida: la situación de los periodistas de medios de comunicación regionales. España es, en este campo, un ‘rara avis’: es el único país de Europa donde la prensa regional vende más que la nacional. El problema surge cuando detrás de dichos medios regionales no se encuentran empresas dedicadas a la comunicación (Prisa, Unidad Editorial, Vocento, Zeta), sino grupos empresariales que crean su periódico o su televisión como forma de presionar al poder político… o de ponerse a su servicio para conseguir suculentas subvenciones o favores.

Uno de los casos más sangrantes que hemos vivido en las últimas semanas y que ha tenido una repercusión mínima en otros medios de comunicación (que, aunque parezca lo contrario, son tan corporativistas como el que más) es el de Carlos Otto, un trabajador del periódico de Ciudad Real ‘El Día’ que tuvo la desfachatez de poner en duda ese gran proyecto que es el Aeropuerto de Ciudad Real (antes Don Quijote, luego, no sin sorna, Madrid Sur).

Otto fue fulminantemente despedido por hacer su trabajo y por servir a su comunidad: por ser, como exige la Constitución, “veraz”. Con su sólo despido se ha conseguido, además, acallar a toda voz discordante con el “primer aeropuerto privado de España”, un pufo más cuyo único objetivo era llenar los bolsillos de constructores, comisionistas y políticos varios con el dinero de todos, para luego, con el mismo traje, ir a pedir dinero a papá Estado.

La calidad de una democracia se mide, entre otras cosas, por la calidad de su periodismo. Los medios de comunicación públicos no lo garantizan y tampoco los privados. ¿Qué debemos hacer, pues, para gozar en España de un mejor periodismo o, por lo menos, para extender el buen periodismo que ya se hace en algunos sitios? ¿Debemos permitir a grupos empresariales ajenos a la comunicación abrir o invertir en medios? ¿Es lógico que una empresa de comunicación se diversifique tanto que dependa de determinadas decisiones para su supervivencia, poniendo en juego su independencia y la de sus profesionales? ¿Se puede hacer buen periodismo por 800 euros al mes con un contrato de medio año? ¿Y en un entorno de crisis como el actual?

Que San EGM nos pille confesados.