Pequeños grandes gestos

Jon Salaberría

Comenzamos 2013, amigos y amigas de Debate Callejero. Como no podía ser de otro modo y salvado el escollo del “Fin del Mundo” maya, nos metemos de lleno de nuevo en la realidad, cruda, que nos conmueve cada mañana. Son días éstos en los que se comentan en clave “macro” las previsiones para un nuevo ejercicio que sucede al “annus horribilis” de 2012. El año que se llevó ilusiones, inocencia y esperanzas, y que nos dejó dolor social y vacío existencial generalizado. Previsiones sobre la eventualidad del rescate comunitario, sobre las intenciones gubernamentales en lo referente a “nuevos sacrificios”, la pulsión territorial, los grandes acuerdos de Estado en la reforma de la Administración,…

Eran otros tiempos cuando servidor se entusiasmaba con los grandes análisis. La deformación profesional (ser testigo por motivos de trabajo de situaciones sociofamiliares teñidas de desesperación) y la indignación me hacen volver los ojos en estas fechas a las situaciones de análisis “micro”. Reconozco estar más sensible que nunca porque he vivido de cerca el dolor de mucha gente buena que no merece cargar con tales sacrificios personales. A las realidades que trascienden a esas grandes cifras y que realmente dan la medida de crisis por encima de los discursos. Hoy nos levantamos con cifras de desempleo que caen en diciembre hasta en trece Comunidades Autónomas (lideradas por Andalucía, con – 26.972), pero que muestran la realidad de un desempleo de 4.848.723 personas en 2012 pese a ese diciembre maquillado por los contratos del sector servicios. Un drama que en Andalucía afecta a un 33,17%. Las afiliaciones a la Seguridad Social han caído en picado en este 2012, y los analistas sugieren que el “hachazo” de los gobiernos populares a las políticas de dependencia pueden ser las responsables de la caída: la baja en la obligación de cotizar de los trabajadores del sector profesional de la dependencia tiene el contrapunto de la baja por parte de la Administración en la cotización de los cuidadores no profesionales, un total de 63.440 personas sólo en el mes de diciembre ya finiquitado. Son menos ya de dos cotizantes por cada pensionista; panorama predispuesto para que el PP meta la tijera en el sistema de pensiones por encima del amplísimo acuerdo social y político que debería caracterizar cualquier reforma en la materia.

Dentro de ese drama social, son los parados de larga duración y los parados mayores de 55 años los que se llevan la palma del coste personal y familiar. Personas que se ven abocadas a un “cuello de botella” vital difícilmente superable. No les queda, por motivos obvios de edad y de cualificación, de convertirse en esos “jóvenes de espíritu aventurero”  (como decía la Secretaria de Estado de Inmigración, Marina del Corral)  que producen nuestras Universidades y demás centros formativos como producto para la importación que llena de orgullo los publicitarios de Campofrío. En estos dos días, hemos tenido triste ocasión en Málaga de comprobar hasta dónde llega la desesperación de estas personas, con dos varones de edades entre los 53 y los 63 años que se han prendido fuego “a lo bonzo” en Málaga y en Vélez-Málaga (hoy mismo) llevados al límite de la presión. Nos recordaba hoy el ex dirigente sindical Agustín Moreno de la carga simbólica de tan dramáticos sucesos. La pira del estallido social empezó en Grecia y en Túnez (por motivos más de índole política) con suicidios similares. Ya antes, en la recta final de 2012, vivimos la terrible oleada de suicidios de personas en situación de desahucio hipotecario, que nos llenó a todos de indignación (más o menos contenida) y que por primera vez puso en alerta a los (i) responsables políticos de nuestro machacado país.

Esta presión insoportable sobre las clases trabajadores y las clases medias de nuestro país, que alcanza de pleno a unos trabajadores públicos criminalizados hasta la saciedad y a sectores profesionales y liberales antes ajenos a las dificultades, y que les convierte en paganos primarios de una situación que no han creado, hace que la gran política (y no me refiero a la “política con mayúsculas” del mensaje tan vacío como desprovisto de credibilidad del Jefe del Estado en Nochebuena) pierda bastante virtualidad real en detrimento del pragmatismo de la política de cercanía. De los pequeños detalles que engrandecen.

Si en los USA han evitado en el descuento de la prórroga del último partido de la temporada el temido “abismo fiscal”, la ciudadanía española se encuentra abocada en estos días a un abismo que siendo en consideración individual más pequeño, es insuperable en el seno de cada hogar, de cada familia.  La subida de los precios de los suministros energéticos, fundamentalmente, en este inicio de 2013, con incidencia especial en electricidad y carburantes que repercutirá sin dudar en precios de diferentes bienes de consumo y servicios, llevará en el mejor de los casos a la disminución de la capacidad de ahorro familiar, pero en otros, los peores, llevará la capacidad de subsistencia a una situación insostenible. Ello aparte de la consabida consecuencia macroeconómica del alejamiento del fin de la recesión.

En estos casos, cuando la capacidad de subsistencia de determinados estratos de la población es llevada a ese límite que comento, cuando los pequeños grandes detalles se hacen presentes; cuando toca reivindicar herencia. Fue el Real Decreto-Ley 1/2011, de 11 de febrero, de Medidas Urgentes para la Transición al Empleo y la Recualificación Profesional de las Personas Desempleadas, a través del PREPARA, el instrumento que permitió el incremento de la ayuda  de un 75% al 85% del Indicador Público de Renta (IPREM) a beneficiarios que acreditasen tres o más personas a su cargo. La garantía de los 400 euros a parados de larga duración que veían terminado el derecho a la prestación, que recibió durísimas críticas y descalificaciones de la derecha, vio reconocida su importancia (aderezada con las insultantes adendas de Alfonso Alonso sobre los “parados de Zapatero”) con su prórroga de 2012. La eficacia del PREPARA en su origen, con una capacidad de inserción laboral del 20%, se vio reducida a mediados de 2012 hasta un 6%. Otro punto de “herencia” digno de reflexión.

Hoy, la prestación de 400 euros vuelve a estar en el alero. He sido y soy muy crítico con la línea de oposición marcada por la Ejecutiva Federal del PSOE en ejercicio, con Pérez Rubalcaba al frente, así como en lo referente al debate orgánico y programático interno. Pero al margen de los grandes temas, me parece una decisión óptima (por mi parte y la de la de los que se quieran sumar) el apoyo a las reivindicación de la continuidad de las prestaciones previstas en el originario PREPARA. No es la medida que lleve al PSOE al liderato de la oposición política al Gobierno ni a la reconstrucción integral del proyecto. No es la medida que repercutirá en un “tour de force” que cambie las expectativas demoscópicas. Por supuesto, para una familia, y es lo más importante, no es la solución definitiva de sus problemas, pero ni es desdeñable ante la necesidad de hacer frente a las necesidades más básicas de subsistencia, ni es una medida caritativa: es una obligación solidaria y horizontal, esencial del concepto mismo del Estado. Es unos de esos gestos de pequeña política que engrandece la actividad. Ante el abismo en la capacidad adquisitiva que se abre a pies de la sociedad española, es una obligación de moral pública asegurar los mecanismos que garanticen una mínima subsistencia. En palabras del secretario general del PSOE, “la presión y la insistencia de hace un año lograron la prórroga de la ayuda de 400 euros para los parados sin prestación por parte del Gobierno de Rajoy;  es objetivo que hoy no se juegue con la angustia de los parados”.

Empezar por estas pequeñas acciones es el único comienzo posible, el único punto de inflexión, del cambio que necesitamos. Empezar por el autentico rescate a las personas y las familias desde la solidaridad. Y la vía realmente pragmática. Todos deberíamos reflexionar sobre ello… Y sumarnos.

Posdata: usa el hashtag #Salvar400e en la red social Twitter. Otro pequeño gesto.