Pensar fuera de la caja

Uno de los clichés más conocidos de la lengua inglesa es el que traduce de mala manera el título de esta página. La palabra “box” significa no tanto caja, como traduzco arriba por molestar, cuanto un marco o cuadro en algún esquema gráfico. “Think out of the box” es por tanto una de aquellas frases que se invocan para querer decir que creatividad e innovación son requeridos cuando el problema a solucionar parece insoluble por las vías normales o aceptadas como tales por cierta comunidad. Como es habitual, empero, esta admonición se ha convertido ella misma en una caja donde metemos todo lo relacionado con pensar diferente, antes una cárcel que una incitación a la libertad creativa, un modo de pensar menos, no más. En esto no se diferencia de cualquier otro cliché, aunque pretenda instigarnos a salir de los marcos usuales. Siempre hay algo de verdad en la mayoría de clichés, pero su repetición, su manoseo excesivo los convierten en modos de fijación cognitiva o de pereza mental. Después de todo, los seres humanos tenemos menester de orden, de categorías claras y definidas, algo que nos permite pensar, pero que a la vez puede impedírnoslo. Por ello dijo alguna vez el viejo Mairena que había que huir del cliché verbal, pues anunciaba a menudo el cliché mental.

Pero hay modos de fomentar la creatividad, al parecer, que evitan el cliché y las cajas que se convierten en cajas. Hace unos días la BBC aireó el último episodio de su estupenda serie de documentales científicos llamada “Horizon”, dedicado a la creatividad. Ésta ha sido siempre uno de los misterios más insondables de la naturaleza humana, sobre el que han ponderado poetas, filósofos y científicos desde tiempos antiguos. Se le ha atribuido un carácter sobrenatural, se la ha asociado a la manía divina, a la posesión, a las Musas, al Espíritu, se la ha buscado denodadamente con todo tipo de medios, desde el diálogo hasta los alucinógenos, pero aún no se ha develado el misterio, y quizá no se devele jamás. Pero la ciencia sugiere que al menos podemos localizarla en aquel órgano que nos define como seres humanos, el cerebro, y estudiar la correlación que existe entre estados creativos y el funcionamiento de nuestras neuronas. Que esta sea una explicación suficiente es debatible y en todo caso estamos todavía bastante lejos de una explicación exhaustiva del fenómeno, pero algunos resultados son interesantes en sí mismos. Con las técnicas actuales es posible observar qué zonas del cerebro se encuentran más activas durante ciertos estados psíquicos y extraer ciertas conclusiones provisionales. Uno de los objetivos de estos estudios es entender de qué manera puede promoverse la creatividad, ya que de esto depende en buena medida nuestra supervivencia. Todo lo que la humanidad ha logrado como especie ha sido producto de nuestra capacidad de conseguir soluciones creativas a los problemas que nos parecen importantes, desde la invención de la rueda hasta la nanotecnología. Si bien no hay reglas fijas para guiar la creatividad –esto sería una contradicción, pues crear supone saltarse algunos modos de entender las cosas o modos de operar habitualmente- hay maneras de ayudar a la aparición de ideas originales. Una de ellas ya la mencionó Mairena: dejémonos de clichés verbales que a la larga, por verdaderos que sean, acaban por aherrumbrar las entendederas.

Pero la ciencia tiene otros consejos que darnos. A primera vista, uno creería que la creatividad depende de una operación más rápida de los circuitos neuronales al hacer conexiones, pero lo contrario parece ser el caso. Explorar más conexiones requiere de una circulación más pausada de las comunicaciones neuronales, lo que permite recorrer vías laterales y expandir las posibilidades de comunicación. Esto parece coincidir con estados psíquicos de actividad moderada. Al medir la creatividad de participantes antes y después de ciertas actividades, se observa que los que realizan actividades simples aumentan su creatividad más que los que no hacen nada o hacen cosas difíciles. De alguna manera, siempre hemos recurrido a esta técnica: muchos creadores tienen el hábito de tomar largos paseos para refrescar la mente y estimular su creatividad. De quedarse en casa, el efecto sería presumiblemente menor, a no ser que se realicen actividades simples y agradables. Otro de los investigadores entrevistados en Horizon nos informa de algo incluso más interesante. Los experimentos indican que una buena manera de estimular la creatividad es realizar actividades inusuales, o las mismas actividades de un modo diferente. Los experimentos fueron llevados a cabo en Holanda, donde uno de los desayunos más conocidos incluye un pan con unas migas de chocolate encima. Pues bien, tan solo el hecho de indicar a los participantes que hicieran el pan al revés, esto es que en lugar de echar las migas encima del pan, las echaran primero al plato y después colocaran el pan encima con mantequilla para pegarlas al pan, aumentó la creatividad de los mismos en un buen porcentaje. Otro experimento, más complicado de realizar, suponía la utilización de unos anteojos especiales que presentaban una realidad alternativa a los participantes, una realidad en la que los objetos en lugar de agrandarse cuando uno se acercaba, se achicaban, o en lugar de caer si uno los soltaba, se elevaban al techo. Este procedimiento aumentó la creatividad de los conejillos de indias incluso más que hacer su pan al revés, quizá por la naturaleza misma de la disrupción de la rutina. La investigadora misma se subió a un planeador por primera vez en su vida, y experimentó un aumento de su creatividad concordante con la experiencia. De lo que se trata, explicaba después, es de retar las fijaciones cognitivas que todos tenemos, lo que obliga a nuestro cerebro a la búsqueda de rutas alternativas de operación, hecho concordante con una mayor creatividad, aunque estas rutas no tengan nada que ver con la actividad inusual, claro está. Uno de los investigadores más interesantes usa como participantes a músicos de jazz, por el carácter improvisador de la música que practican, enraizada en la creatividad espontánea. Dichos músicos utilizan su cerebro de manera distinta a como lo hacemos nosotros, en el sentido de estar siempre dispuestos a hacer conexiones inesperadas y nuevas, por más rutina que también suponga su entrenamiento musical. Cómo hacen lo que hacen no es fácil de investigar, pero tiene que ver con dicha familiaridad con lo que emerge de patrones conocidos para crear otros que jamás se repetirán. De hecho, el estudio de los sistemas complejos adaptativos explica esta necesidad de creatividad en el seno de todo sistema que tenga que adaptarse a un medio ambiente cambiante, como el músico de jazz puede utilizar una melodía y patrón armónico conocidos para dejar que su cerebro haga conexiones nuevas al instante, sin extraviarse en algo completamente desordenado.

Quizá pueda argüirse que los métodos de medición de creatividad son demasiado elementales para dar cuenta de creaciones tan extraordinarias como las sinfonías de Beethoven o la Divina Comedia, y hay verdad en esta argumentación: la neurociencia y la psicología solo han comenzado a rascar la superficie de algo tan complejo y misterioso como la creatividad, pero no deja de ser sugerente lo que han descubierto hasta ahora. Es bien sabido que en tiempos de crisis lo que más se necesita es creatividad para salir de las mismas por medio de soluciones novedosas, pensando fuera de la caja, cualquiera que sea el cartón con que estén hechas. Si son los políticos los encargados de proveer dichas soluciones, ayudados por su ejército de asesores, ¿no sería una buena idea someter a los encargados de ofrecerlas a experiencias inusuales que remuevan un poco el marasmo de su cerebro y les ayuden a pensar de manera un poco más original y menos aherrumbrada? ¿Qué tal mandar a Rajoy al Polo Norte a cazar focas (aunque esto enfade a los ecologistas, pero todo sea por el bien de la patria) u obligar a la Merkel a una sesión de bungee jumping? ¿Por qué no hacer las sesiones del congreso en el parque de atracciones o mandar a los asesores a plantar patatas? ¿Qué tal comer chili con carne con carne de caballo cruda, o vestir a todos de pañales y obligarlos a sesiones diarias de zumba por una semana? ¿No aumentaría en índice político de creatividad? Según la ciencia más moderna, lo haría. ¿Y quién se atreve a desafiar a la ciencia en estos días? Ni pensando fuera de la caja.