Pendientes de Navarra

Jelloun

A medida que se van perfilando en el conjunto de España los gobiernos municipales y autonómicos en función de la capacidad de pacto de los diferentes partidos y, por tanto, se despejan las incógnitas políticas planteadas por los resultados electorales, se van centrando las miradas, ¡cómo no!, en el rompecabezas vasco. Verificado una vez más el inevitable espectáculo que la constitución de los ayuntamientos depara siempre en el País Vasco -como si de un ritual fijo se tratara-,  a estas horas seguimos sin conocer cual será la distribución definitiva del  poder en las Diputaciones Forales de �?lava, Guipúzcoa y Vizcaya y en el Gobierno de Navarra. Salvo por lo que se refiere a Vizcaya –un valor seguro para el PNV, pese a sus importantes tropiezos en esta ocasión-, en los otros gobiernos en juego el suspense está servido. Sobre todo en Navarra.

Al margen de este rompecabezas, la mirada sobre el conjunto del panorama postelectoral español ofrece poco margen para el suspense y, menos aun, para las cábalas sobre ganadores y perdedores.  La constitución de los ayuntamientos la pasada semana vino a confirmar que, pese a los interesadas proclamas sobre la ligera ventaja-, en cuanto al cómputo total de votos- obtenida por el PP, lo que se ha producido realmente es un incremento del poder territorial del PSOE, sólo o en compañía de sus aliados, y un retroceso del PP. Más allá del ruido mediático interesado los datos son concluyentes. La imagen que a nivel global se ha tratado de que interiorizaran los ciudadanos, consumidores pasivos de la propaganda conservadora, no se corresponde con lo que a la hora de la verdad se ha ido constatando  en ayuntamientos y comunidades. Porque España es más, muchos más, que Madrid.

Alguien tan poco sospechoso de simpatías socialistas o “zapateristas��? como Arcadi Espada comentaba hace poco, en una entrevista, que “las elecciones las gana siempre el que gobierna. En unas municipales es absurdo hacer el cómputo total de votos. Lo importante es saber si en aquellas comunidades donde antes unos tenían la mayoría absoluta, ahora no la tienen pero pueden seguir gobernando. Es el caso de Canarias, Navarra o Baleares. En ese sentido creo que hay más posibilidades de que el PSOE gobierne donde antes no lo había hecho, a que lo haga el PP. Todo lo demás, comprendo la euforia del PP y la preocupación de los socialistas por los resultados en Madrid, pero eso desde el punto de vista del reparto de poder no me parece especialmente significativo��?. 

El caso es que como el intrépido entrevistador, inasequible al desaliento, porfiaba reiterando lo del supuesto “empate��? entre PP y PSOE tras las elecciones municipales, Espada se veía obligado a insistir, con la rotundidad que le caracteriza, discrepando con su interlocutor y recordándole que “los votos de unas elecciones municipales no se pueden contar así. En España tenemos una prueba histórica bastante chusca: las elecciones municipales de 1931 las ganaron las derechas y el Rey se marchó. Eso es una prueba absoluta y casi cómica sobre la imposibilidad de contar los votos municipales de esta forma. Unas elecciones como éstas las gana quien obtiene mayor cuota de poder en los ayuntamientos y en las comunidades��?.

Que ha incrementado su cuota de poder municipal el PSOE en el conjunto de España y ha perdido terreno el PP es ya evidente tanto si se observa lo ocurrido en los territorios considerados, electoralmente, como “graneros��? socialistas como si se atiende a los cambios habidos en zonas de predominio conservador. Y así ocurrirá, también, en el plano autonómico, cuando se cierren en los próximos días los pactos que definan los gobiernos de las Comunidades que están en liza, sea cual sea el resultado final de los movimientos políticos en curso. Porque en Canarias, Baleares y Navarra lo que ha estado –está-,  en juego es la pérdida del poder autonómico por la derecha, en los tres casos. A la inversa, no ha habido ni pérdida, ni riesgo de ello siquiera, por parte de la izquierda, de ninguno de los gobiernos que ya gestionaba en solitario o en coalición (incluso en territorios de sociología tan conservadora como esta Cantabria desde donde escribo).    

Parece claro, cuando escribo esto, que en Baleares se desplazará a la derecha del poder al decantarse la minoritaria pero determinante Unión Mallorquina por el pacto de gobierno con la izquierda que ya tenía garantizada una muy significativa parte de las instancias de poder local-insular. Como está claro que en Canarias, el espectacular avance electoral socialista será insuficiente, a la postre, para impedir que el pacto de perdedores –Coalición Canaria y PP-, cierre el acceso al gobierno de Juan Fernando López Aguilar.

El candidato socialista canario ha reiterado, con razón, que no debería ser desoído el clamor expresado por los canarios en las urnas. Su propuesta de cambio político fue refrendada por la ciudadanía con la mayoría en votos y diputados más amplia de los últimos veinte años. Las cifras no dejan lugar a dudas: el PSOE gana en esa Comunidad más de 80.000 votos respecto a 2003, Coalición Canaria pierde 90.000 y el Partido Popular más de 60.000. Los socialistas canarios eran la tercera fuerza política y ahora son la primera, con una diferencia de más de 100.000 votos respecto a CC y el Partido Popular. Y su incremento ha sido generalizado en las siete islas. Tanto como el retroceso del resto de fuerzas.

Y sin embargo, habrá pacto CC-PP. De la segunda y tercera fuerza frente a la primera. Dice López Aguilar: “cualquiera podría entender ese acuerdo si lo hubiesen premiado los ciudadanos con sus votos��?, pero no con resultados como los que ambos partidos han tenido. Es este carácter de “pacto de perdedores��? lo que diferencia políticamente lo ocurrido en Canarias de lo que podría ocurrir en Navarra si PSOE y Nafarroa Bai (NA-BAI), segunda y tercera fuerza, hacen valer su mayoría alternativa a la de los ultras de UPN-PP, primera fuerza aún. En esta Comunidad el perdedor es quien desde el gobierno y disfrutando de una mayoría absoluta planteó el dilema electoral de modo plebiscitario e irresponsable frente a una oposición que al crecer ha visto llegar, por fin, su oportunidad de hacer efectivo el cambio en Navarra.

Y, sin embargo, el PSOE parece que se deja ofuscar por la campaña –por lo demás totalmente previsible-, del PP y su ensordecedor ruido mediático acompañante y vacila, titubea, actúa justificándose ante la derecha como si estuviera empeñado en disculparse por disputarle el poder al PP en Navarra. Asistimos así a movimientos desconcertantes primero en el Ayuntamiento de Pamplona y ahora en el Parlamento Foral de Navarra (con un ridículo y maleducado “ninguneo��? a NA-BAI). ¿Se trata sólo de movimientos tácticos de despiste? Ojala fuera así  (aunque en sí mismos tales movimientos ya resulten dañinos para la imagen que se proyecta ante la ciudadanía) pero podemos temer cualquier cosa.

El PSOE que identifica certeramente la voluntad de cambio mostrada por los ciudadanos de las islas Canarias -en torno a su sigla-, y los de las Baleares -con expresión más plural-, no parece ser capaz de asumir la responsabilidad que el voto de los navarros – no menos deseosos de cambio que los isleños y con mayor mérito si cabe, teniendo en cuenta lo que han tenido que soportar-, ha hecho recaer sobre sus hombros.

Lejos de entender en términos positivos el panorama real que los resultados electorales han definido y tomar la iniciativa política, sin complejos, su aparente empeño en actuar a la defensiva, en función de la agenda impuesta por el PP, es probablemente la peor estrategia que puede seguir. Si cede ante el PP en la batalla por Navarra tal vez esté empezando a labrarse su derrota en las generales. Y lo peor es que sería por méritos propios.