Pau no pot

Jon Salaberría

El resultado electoral del pasado domingo 27 en Catalunya está monopolizando el interés de todos los debates posibles y en todos los foros imaginables, incluyendo este Debate Callejero siempre al pie de la actualidad. Las derivadas, tan diversas y con tantas implicaciones, dan para que se derramen ríos de tinta tanto analógica como digital. Una de ellas (ya tuvimos ayer cumplida cuenta aquí de la mano de Guridi sobre el particular) es la situación en la que quedan los diferentes agentes políticos de cara a la contienda general que España vivirá a finales de otoño/principios de invierno. Sin lugar a dudas, el resultado catalán determina una pole con novedades notables respecto de la foto fija que mayo y su doble convocatoria territorial dejaron para el análisis y las estrategias.

Una vez deslumbrados por el efecto Ciudadanos y el impresionante resultado obtenido por la formación de Albert Rivera e Inés Arrimadas; descontadas las turbulencias postelectorales dentro de un universo soberanista más plural de lo que aparentaba la artificial unidad estelada; la debacle popular; la extinción de los históricos de Unió y el respiro del PSC, creo que una de las lecturas más interesantes la sugieren los guarismos de Catalunya sí que es pot, la candidatura conformada por Podemos, Iniciativa per Catalunya-Verds, Esquerra Unida i Alternativa y Equo y tras la que brillaba desde precampaña la omnipresente figura del mediático líder de Podemos, Pablo Manuel Iglesias Turrión (Madrid, 1978), referente absoluto de la campaña de la coalición que ponía a prueba, por un lado, la virtualidad práctica de la difusa estrategia de convergencia, confluencia o unidad popular, y por otro la capacidad de Podemos para confirmar pronósticos y convertirse, sin complejos, en alternativa de gobierno, ya en solitario, ya con apoyos. Se ponía a prueba además la virtualidad real del sorpasso que las candidaturas de unidad popular consiguieron en importantes municipios españoles tras las Elecciones Municipales: el sorpasso sobre el PSC más cercano a su formación hermana (PSOE) de los últimos años podría ser la antesala del soñado relevo por parte de un Iglesias que contempla cercana la liquidación de IU pero todavía incierta la sustitución del PSOE como fuerza política de referencia dentro del espacio político progresista.

Los resultados, un magro 8,4% y 366.494 votos que le rentan 11 escaños en el Parlament, quedan muy lejos de las expectativas. Ciñéndonos a la situación que se ha vivido en el área metropolitana de Barcelona y en la propia capital, el tradicional granero de voto progresista catalán, las cifras no admiten comparaciones. Su referente catalán, Barcelona en Comú, la plataforma electoral de Ada Colau,  obtuvo un 25,11% del voto, 176.337 sufragios, que le convirtieron en primera fuerza municipal con 11 concejales dentro de un consistorio muy fragmentado; Catalunya sí que es pot  baja a un 9,79% y 85.853 votos en la misma municipalidad con pocos meses de diferencia. Si nos vamos a los pronósticos demoscópicos, la situación es todavía más sangrante. Por ejemplo, GESOP para El Periódico, en su Barómetro de Catalunya publicado el pasado 29 de junio una vez se conocía la disolución de la federación entre Convergència Democràtica de Catalunya y Unió Democràtica de Catalunya y la decisión de Podemos, Iniciativa-EUiA y Equo de acudir conjuntamente a las urnas. Cuando todavía se fraguaba la posibilidad de incluir a ERC en la Lista del President, el Barómetro otorgaba a la pujante opción respaldada por los morados una franja de entre 30 y 31 diputados que hubiese disputado la victoria a una eventual lista en solitario de Artur Mas. Es obvio que Ciudadanos es la formación ha conseguido para sí tan opíparos resultados y presenta por derecho propio las credenciales de alternativa de gobierno en Catalunya y la perspectiva de un papel determinante y protagonista tras las Generales. El resto de sondeos publicados desde ese mes hasta la víspera electoral ponían a los de CSQEP la miel en los labios de esa segunda plaza determinante tras Junts pel Sí.

La frustración de los morados se hizo notar la misma noche electoral. El sanedrín que rige los destinos de la formación (cada vez menos) emergente con Pablo Manuel Iglesias al frente valoró los mismos desde Madrid, después de que su ubicuidad en campaña llegara a eclipsar materialmente la presencia de un candidato discreto, Lluís Rabell (Barcelona, 1954), carente de carisma pero sin duda trabajador y honesto. Y esas primeras valoraciones son indiciarias de los males que aquejan a Podemos desde hace meses y que están haciendo que su estrella comience a declinar en las encuestas de modo tal vez irreversible, como las urnas van confirmando ya: ausencia total de autocrítica como respuesta. La responsabilidad y el sentido de Estado (sic) no han tenido premio en las urnas, afirmaba un Iglesias que aprovechaba la ocasión para exponer, con la facundia y la trascendencia que le caracteriza, la vía magistral de las soluciones… por supuesto, una vez sea el Presidente de todos los españoles, el título que falta a su nutrido currículo personal. Horas más tarde, el dirigente madrileño comenzó a concretar ciertos posicionamientos sobre los que, en campaña, ha sobrevolado sin mojarse. Desde proponer un pintoresco frente progresista con ERC, PSC (formación que quería volatilizar electoralmente desde el concepto de hegemonía) y las CUP como alternativa de gobierno (no puedo sino acordarme de los pretéritos tripartit y Govern d’Entesa) hasta por fin definirse en torno a la concreción del derecho a decidir, proponiendo una consulta en la que votaría NO a la independencia. Francisco Manetto señalaba esta clave de arco en El País: preso de expectativas mayores, Pablo Iglesias ha sido víctima de la indefinición de su modelo territorial. Buscando el triunfo en los presuntos matices, ha encontrado el fracaso en una sociedad que quería un mensaje nítido. Equidistancia e indefinición como las dos patologías de una formación que abusa de clichés, mensajes precocinados que huelen demasiado a marketing y mucha sobreactuación.

 Sobreactuación y excesivo protagonismo del líder nacional: en el primer gran batacazo (tras el mal resultado relativo en Andalucía) en Catalunya influye igualmente el alejamiento del modelo original de la formación, algo que denunciaba el ex miembro de la dirección de Podemos Juan Carlos Monedero. Del modelo asambleario y participativo de los círculos, de las decisiones colectivas con sabor a ágora, se pasa al modelo, muy de antigua política, de politburó. Excesivo protagonismo del líder, exaltación de la personalidad y papel decisorio de un grupo mínimo que apenas cabe en un taxi. Un hiperliderazgo en crítica que encuentra aquí su primer baldón. De la crítica a las deficiencias democráticas del viejo bipartidismo se pasa a un modelo que ahuyenta a sus propios seguidores. Del 54% del censo socialista (sólo entre militantes) en las primeras Primarias que enfrentaron a Joaquín Almunia y a Josep Borrell, a un 16% de participación en el proceso interno para Generales por parte de los inscritos de Podemos. Las cifras desnudan a la nueva política. 

La necesidad de concreción de medidas, de soluciones tangibles, de posturas lejos de la ambigüedad, se ha puesto de manifiesto en Catalunya, pero es el adelanto de lo que a la formación de Iglesias se le va a exigir desde el electorado nacional de cara a las Generales. No es lo mismo señalar los defectos del sistema más visibles y lanzar diagnósticos lapidarios fáciles de compartir por cualquiera en momentos de lógico hartazgo e indignación acelerados por el dolor social que provoca la crisis que elaborar respuestas fáciles de identificar. La insistencia en la transversalidad con la intención de convertirse en un catch-all-party para obtener así el poder por la vía rápida sin concretar para qué ha propiciado la renuncia a un  programa sólido y definido y su sustitución por lo que no son más que auténticos parcheos. El recurso al asesoramiento externo de los Torres López, Navarro o últimamente Piketty (que encima les insta al entendimiento con el Partido Socialista y les remite a la socialdemocracia) deja sobre la mesa como corpus programático un magma nebuloso cada día menos digerible por el votante medio. Podemos empieza a parecerse cada vez más a una UPyD de izquierdas que se benefició en su momento (Elecciones Europeas) de una amplio nicho de indignación que electoralmente acaba siendo muy coyuntural. 

El mérito de Podemos, al final, será el fraccionamiento del voto de izquierda. La formación morada tiene la perspectiva de convertirse, en el mejor de los casos, en una IU mejorada, una vez liquidada la IU original. En su OPA hostil contra Partido Socialista e IU, el fracaso de la primera de las acometidas deja a los de Pedro Sánchez consolidados en el liderato de la izquierda política, y a los coaligados de IU al borde de la extinción y con algunos de sus dirigentes en el empeño (bochornoso) de intentar la recolocación. La conclusión de los dirigentes podemitas respecto de lo perjudicial de las denominadas sopas de letras indican que en Podemos irán definitivamente a las urnas en solitario, y la confluencia se limitará a los puestos cedidos a los ex. En el resto de la izquierda, una serie de iniciativas destinadas al fracaso, por loables que sean las intenciones de los Llamazares, Garzón o Mayor Zaragoza, que ya llevan años trabajando iniciativas de unidad y progreso contra las políticas del Partido Popular, antes incluso de que surgiera la figura televisiva del Líder

Pablo no puede. Como afirman Díaz Berenguel y Curro Troya, su ambición desmesurada y una autosuficiencia impúdica se están volviendo en su contra, afectando, tal como vienen reflejando las encuestas a lo largo de los últimos meses. Como indican ambos, Podemos podría tener fecha de caducidad. El Partido Socialista tiene ahora el camino más despejado para confirmar su liderato en el centro-izquierda como fuerza vertebral y disputar el triunfo al Partido Popular, el gran objetivo, el que realmente importa, y poner fin desde el diálogo, a la legislatura más negra de nuestra historia reciente. Podemos tiene ante sí la opción de persistir en la arrogancia, como afirma Gaspar Llamazares, sin reflexionar sobre los efectos de alianzas subordinadas y complejos antipolíticos, o reposicionarse en la parrilla de salida con una visión posibilista de las soluciones y, sobre todo, desde la mano tendida con humildad y predisposición al acuerdo. Mientras, Ciudadanos, el otro (cada vez más) emergente, viene en quinta marcha y con la bisagra en la mano.