¿Para qué sirve un viejo?

Marta

Eso preguntaba, a todo aquel que se le ponía a tiro, el personaje magistralmente interpretado por Amparo Baró en la película Nueve Mesas de Billar Francés. Por supuesto, los personajes interpelados se quedaban sin saber muy bien qué responder y seguramente que nos pasaría otro tanto a la mayoría de nosotros. En cambio, el que parece tenerlo muy claro es el viceprimer ministro y ministro de Finanzas japonés, Taro Aso (un jovencito de 72 años).

Hace unas semanas los medios de comunicación del mundo entero difundieron unas polémicas declaraciones suyas, diciendo que a ver si los venerables ancianos de su país se daban prisa en morir, recomendando incluso que se hicieran el harakiri,  pues consideraba prioritario reducir el desbocado déficit público nipón. Y ya se sabe, los mayores a veces salen carillos al erario público.

Con el ritmo frenético de los acontecimientos, tanto en nuestro país como fuera de él, estas declaraciones han quedado sepultadas y olvidadas casi desde el mismo día en que se dieron a conocer. Sin embargo, no me resisto a volver a ellas, por lo que transmiten de una manera de pensar y hacer política en su versión más cruda y bestia, y también porque sirve como excusa para sacar a colación uno de los retos propios de sociedades como las nuestras.

Ya se ha dicho muchas veces que sociedades como la española están muy envejecidas, algo que es resultado de dos fenómenos: el aumento de la esperanza de vida, una de las más altas del planeta, y la drástica reducción de la natalidad, una de las más bajas del mundo, que levantó un poco el vuelo en los años de bonanza económica y con la inmigración, y que en estos últimos años se ha vuelto a desplomar.

El que la gente viva cada vez más años, debería alegrarnos, y es resultado de fenómenos positivos como los avances en la medicina o en la alimentación, entre otros factores. Por algo se considera como propio de países desarrollados. Ahora bien, también es verdad que una cosa es la cantidad y otra la calidad, y el envejecimiento implica también muchos retos. Qué más nos gustaría a todos llegar a los 90 estupendos de salud y con la cabeza en su sitio, Por desgracia, no suele ser lo más frecuente.

Es cierto que muchos llegan a los 60, 70,  y casi, casi a los 80 en muy buenas condiciones físicas y mentales. No es raro conocer personas de esas edades activas, que viajan, salen, consumen (algo esencial para ser considerado “útil” en sociedades como la nuestra). Algunos tienen incluso  más actividad de la deseada, jubilados y todo, al hacerse cargo de los nietos. En plena crisis, muchas pensiones dan de comer a familias enteras.

Pero los expertos, que perciben que no basta con hablar del envejecimiento, han acuñado el concepto de envejecimiento del envejecimiento, haciendo referencia, de este modo, al creciente número de octogenarios y nonagenarios (y algún que otro centenario). Y según avanzamos en la escala de edad, vemos con mayor claridad el lado menos divertido de cumplir años: enfermedades, dependencia, soledad… 

Creo que estos son los viejos que no molan al ministro japonés, y he de suponer que a más gente, con responsabilidades políticas o sin ellas. En un contexto en el que términos como eficacia, eficiencia, utilidad y reducción de gastos son el pan nuestro de cada día, más de uno parece preguntarse, como hacía Amparo Baró, para qué sirve un viejo. Y no digamos si es uno de los que cobran una pensión a cargo dela SeguridadSocialo ha aspirado,  con gran desfachatez, a beneficiarse de las ayudas aprobadas por la agonizante Ley de Dependencia.

Lo malo de ver todo desde el prisma de la eficiencia y la reducción del gasto público (preferiblemente público) hace que últimamente toda política se limite a ver de dónde recorto, y que apenas se piense en articular políticas mínimamente sensatas para abordar fenómenos de gran complejidad como el envejecimiento.

Un ejemplo de lo anterior es que casi no se han desarrollado políticas integrales de población, que incluya no sólo medidas de tipo demográfico (como el fomento de la natalidad), sino medidas de carácter más global, lo que incluiría actuaciones para propiciar la permanencia y el incremento de gente joven en las regiones con mayor porcentaje de población anciana. Incluso el mismo hecho de que los jóvenes cuiden a los ancianos es fuente de empleo, como es sabido.

¿Para qué sirve un viejo? ¿Y para qué servimos cualquiera de nosotros, da igual la edad que tengamos? Eso supone meterse en terrenos espinosos, y peor aún, por caminos que a la larga, no conducen a ninguna parte. Esta es la sociedad en la que vivimos, con muchos ancianos y pocos niños (tal vez por eso, cada vez están más mimados), y a esta situación hay que dar respuesta. Una respuesta que no se limite a un mero cálculo monetario.