Panorama para España tras el 9-N

Senyor_J

 A veces resulta complicado decidir cuánto tiempo es necesario para evaluar con cierta claridad las consecuencias de un evento trascendental, como el que vivió España el pasado día 9N, gracias a la consulta no vinculante sobre la independencia de Cataluña. Incluso cuesta encontrar las palabras para describirlo, dado el uso abusivo de metáforas y juegos de palabras utilizados para referirse a ella. Pero ya con cierta distancia temporal entre lo sucedido y el presente y, sobre todo, con las ventajas que ofrece el análisis post respecto a las percepciones previas, podemos apreciar con mayor claridad lo que sucedió y lo que significa para el futuro del país.

En primer lugar, en aras de la claridad, llamémosla consulta sobre la independencia, porque esa era la cuestión sobre la que deseaban consultar sus organizadores y reconozcamos que más allá de su legalidad, legitimidad u oportunidad, supone una aportación a la clarificación de ciertos debates políticos de la que se deben sacar conclusiones racionales y democráticamente aceptables. Dicho esto, la primera lectura evidente es que casi 2 millones de ciudadanos se tomaron la molestia de poner un papel en una urna donde declaraban querer constituir un estado propio y de manera independiente de España. A ellos hay que añadir los que optaron por las otras dos alternativas, elevando la cifra por encima de esos 2 millones. Todos ellos coincidieron en mostrar sus preferencias a través del voto y los primeros, los partidarios del Sí-Sí, se mostraron activamente independentistas.

Obviamente hubo mucha más gente que no votó, pero de ello no cabe extraer la conclusión de que el resto de la población no comparte esas demandas. Por el contrario, en ese grupo de no votantes se encuentran representadas todas las posturas, desde el independentista que no votó por las razones que fuesen (porque corrían ese día, por ejemplo), hasta el ciudadano que rechazaba la apropiación de la consulta por parte del soberanismo más independentista y en particular de Artur Mas, y obviamente el que ni quiere cambios en la forma de estado, ni la secesión de Cataluña o el que imagina otras posibles formas de sociedad. El peso de cada una de esas posiciones no puede ser cuantificado, pero lo que sí pudo medirse habría de ser lo bastante claro como para que se produzcan cambios en las percepciones de lo que sucede en Cataluña y en las relaciones entre dicho territorio y el resto de España.

Se midió la intensidad del independentismo activo y los resultados obtenidos fueron altísimos. Discútase ad nauseam si son mayoritarios o minoritarios respecto al conjunto de la sociedad o si en un escenario vinculante bastarían para asegurar una mayoría independentista, pero con ese volumen de ciudadanos pensando que lo mejor es abandonar España y crear un estado nuevo, y que además se toman la molestia de ir a decirlo en una urna, cualquier gobernante español haría bien en concluir que existe un espectro demasiado amplio de ciudadanos en Cataluña que han dejado de identificarse con el país en el que viven. Si bien también cabe contemplar entre los mismos posibles votos de protesta ante las actitudes del gobierno central en esta y otras materias, probablemente la mayor parte de los votantes del Sí-Sí ya han alcanzado un estado de desconexión total y carecen de identificación alguna con España: una desconexión política y/o sentimental completa y difícil de revertir.

Dicho 9N se enmarca, además, en una dinámica estratégica perfectamente ejecutada por los promotores de la consulta, consistente en ir alcanzando hitos, que si bien a veces se vuelven confusos, suelen tener dos virtudes: presentan una cronología clara y marcan un antes y un después. Hay que fijarse que aunque el 9N no se realizó la consulta que se había prometido que se haría, sí que se logró un evento político de gran magnitud y en la fecha prevista. Externamente pueden hacerse las lecturas que se prefieran del mismo, pero internamente supone un empuje de primer orden para que el independentismo siga quemando etapas con toda confianza. Y en esa misma lógica cabe enmarcar, pues, el mensaje emitido por Artur Mas el pasado 25 de noviembre, donde concreta pasos y fechas con el objetivo de formalizar la independencia de Cataluña. Fechas en las que se establece ya con total precisión cuál sería el punto de llegada y en qué momento se alcanzaría: 2016. Por lo tanto, no solo el independentismo acumula fuerzas, sino que se vuelve más claro en el lenguaje y preciso en los tiempos, y lo que es más importante: siendo el rival más débil, es en cambio amo y señor de la escena y del ritmo con que se interpreta la obra.

Otro aspecto que debe retenerse del discurso de Artur Mas del día 25 es un rasgo que hasta ahora solo estaba presente de manera clara en los mensajes de Oriol Junqueras: que a partir de este momento está dispuesto a obrar como si Cataluña fuera un espacio político en transición, no sometido a autoridad alguna emanada del Estado español, donde se elabore desde cero una nueva legalidad (lo que implica un Parlament convertido “informalmente” en Cortes Constituyentes, Constitución catalana y consulta refrendaria). El resto de partidos soberanistas catalanes se han mostrado muy suspicaces ante la propuesta de iniciar ese proceso con una lista electoral unitaria, pero parece imposible que no se pongan de acuerdo en el objetivo y en el itinerario, al menos CiU, ERC y las CUP, especialmente bajo la presión de la ANC. Por lo tanto, a pesar del abrazo del oso de Mas, parece que el camino que se va a seguir no ofrece demasiadas dudas.

Así está la cosa y nada de esto parece que remueva demasiados planteamientos en el ámbito del Estado. Desde allí tan solo llega el ninguneo de Rajoy al 9N, la intentona judicializante de la fiscalía y poco más. La inteligencia emocional y política brilla por su ausencia en el terreno político. Respecto a la primera, ningún gesto para desactivar la desafección catalana, que se extiende entre diversos sectores de la ciudadanía y es la base de todo. Tampoco ninguna inclinación a elevar el estatus político catalán de forma significativa, a fin de propiciar una mayoría catalana no rupturista. Los partidos del régimen ni están ni se les espera. El que gobierna en este turno anda desbordado por numerosas situaciones adversas y se encuentra fuera de juego en este terreno a causa de su trayectoria en la agitación cultural anticatalana. Por su parte, el PSOE vive amordazado por los temores de sus reinos de taifas a dejar de ser no se sabe muy bien qué, mientras el PSC se desubica y se descompone.

En el núcleo actual del poder hispano, todo parece fiarse a la mayoría silenciosa, a la legalidad y a la capacidad de imponerla. Y si alguna cosa se deja caer sobre las insuficiencias del marco territorial, rápidamente se alude a la necesidad de discutir entre todos y sobre todo de no desigualar, obviando con ello una cuestión clave: que solo en una comunidad española existe una dinámica institucional rupturista, debidamente acompañada por un sector muy importante de la ciudadanía y convenientemente estimulada desde la sociedad civil. Porque es cierto que vivimos en tiempos de crisis de régimen, de terremotos demoscópicos y de ganas de cambios en todas partes, pero en Cataluña ello toma cuerpo de forma distinta y con un alcance completamente diferente. Por lo tanto, no se trata de aquí de hallar soluciones comunes, sino de alcanzar una solución, tan medida como se quiera, pero exclusiva, porque se trata de un caso muy particular.  

Sin duda el inicio del ciclo electoral es el peor momento para esperar cambios en ese sentido, excepto los que se deriven de la irrupción electoral de Podemos, pero como mencionaba al principio, los tiempos se marcan desde Cataluña, y guste más o menos, el tema no es susceptible de ser negado o ignorado, excepto si se está dispuesto a asumir dos posibles consecuencias. La primera, una mayor percepción de deslegitimización entre la sociedad catalana de esa legalidad que tanto se aprecia, al tiempo que sigue avanzando el desanclaje. La segunda, el que un buen día el Estado español descubra que las únicas vías de actuación que le quedan son ya duras medidas represivas. Y lo que sería aun peor: que las utilice.