Pánico

Lobisón

 Entre el lunes y el martes la preocupación y el horror causados por la catástrofe en Japón se convirtieron en simple pánico entre los políticos europeos. Con una premura bastante incomprensible, dado que la crisis nuclear de la central de Fukushima-Daiichi estaba en pleno desarrollo y no se conocían aún su alcance final y sus consecuencias, se convocó en Bruselas una reunión de responsables de medio ambiente y organismos reguladores de la energía nuclear en la UE.

Era evidente que esta reunión sólo pretendía ofrecer una imagen de responsabilidad, puesto que no tenía ninguna capacidad de acción inmediata y no existía la información necesaria para tomar medidas a largo plazo sobre las centrales europeas. La conclusión de someterlas a pruebas de tensión (los tan de moda stress tests) puede ser muy acertada, pero es obvio que su anuncio ahora sólo pretende adelantarse al malestar público.

La actitud del gobierno español fue más racional, señalando que no debía reabrirse en caliente el debate sobre la energía nuclear. Quizá esta cautela pueda explicarse por la contradicción entre la decisión de cerrar la central de Garoña en 2013 y la posibilidad abierta más recientemente de prolongar la vida de otras centrales a la vista de la crisis energética, pero en todo caso resultó más sensata que la pretensión del PP (por boca de Cospedal) de que las decisiones se dejaran en manos de los técnicos, evidentemente para no tener que mojarse en un tema que de pronto se había vuelto enormemente resbaladizo, y que va a tener en España un primer episodio con la decisión sobre la prolongación de la vida de la central de Cofrentes.

Lo más llamativo ha sido el anuncio del gobierno alemán de que suspende por tres meses la revocación del apagón nuclear aprobado en 2002 por la coalición de socialdemócratas y verdes, lo que significa en la práctica el cierre de 7 de las 17 centrales alemanas. Si esto es irreversible —lo que no es seguro— supone un giro bastante drástico, y es casi inevitable la sospecha de que su única motivación es electoralista, ya que en los últimos días ha crecido mucho más la movilización de los antinucleares alemanes que el riesgo de terremotos o tsunamis en Alemania.

Puede que plegarse a los cambios de opinión de los electores no sea un mal principio democrático, pero hay bastantes razones para pensar que no es una buena estrategia electoral si los ciudadanos perciben que el giro del gobierno responde únicamente al deseo de evitar el coste de decisiones anteriores. Cabe temer que por esta vía Merkel va a seguir cosechando malos resultados, y en todo caso su liderazgo interno, ya muy discutible en la gestión de la crisis de la deuda pública, se revela cada vez más como víctima de un oportunismo enfermizo.