Paciencia y audacia

Lobisón

Aunque no puedo ocultar mi simpatía por Enrico Letta, no hay duda de que el impetuoso Matteo Renzi logró un avance espectacular al conseguir reformar la ley electoral mediante su acuerdo con Berlusconi. Se podría pensar entonces que a Letta le faltaba la audacia de la que ha hecho gala Renzi, pero sería una visión parcial. No se habría podido pactar con Berlusconi si el partido de éste no se hubiera roto y Letta no hubiera conseguido mantener a Angelino Alfano —toda una joya— en la fórmula de gobierno, en la que por cierto sigue ahora con Renzi. Sin los plazos cubiertos por el paciente Letta no habría habido espacio para la audacia de Letta.

Las situaciones políticas suelen imponer una travesía del desierto, durante la cual es fácil que los seguidores o espectadores se exasperen, critiquen con dureza al supuesto líder o guía —no está de más recordar los denuestos de los israelíes contra Moisés—, pensando que es un cantamañanas, que carece de rumbo y que debería ser jubilado. Pero a la vez suele extenderse un clima colectivo de agresividad, en medio del cual se hace astillas de los aspirantes a la sucesión, por ser candidatos promovidos ocultamente por el mismo líder criticado o por ser arribistas sin preparación e ideas. Muy mal rollo.

Pero de estas coyunturas no cabe pensar que se pueda escapar por medio de llamadas a la tolerancia y a la comprensión. El mal rollo perdurará hasta que aparezca un candidato que, por algún milagro, sea reconocido por la mayor parte del partido —y por tanto de la opinión pública— como una alternativa real, no sólo frente al grupo dirigente sino sobre todo para la batalla electoral al frente de la oposición. Se piensa con frecuencia que unas elecciones primarias pueden ser el bálsamo de Fierabrás para resolver el problema, pero aquí es donde la comparación el caso italiano puede ser reveladora.

La hipótesis optimista es que Renzi no resulte ser flor de un día, sino que consiga impulsar un proceso de reformas frente a la parálisis anterior de la vida política italiana, y que al hacerlo logre dar una nueva credibilidad mayoritaria al alicaído PD. Pero lo que importa subrayar es que, como se decía al principio, sin la paciente travesía de Letta no se habría llegado a desatascar la situación política hasta el punto de aprobar la imprescindible reforma de la ley electoral.

En España se dedican muchas energías a hablar de lo que debería decir y hacer la izquierda para llegar a ofrecer una alternativa creíble a los electores. Y es muy posible que un cambio en el grupo dirigente del PSOE sea más que necesario, pero no es evidente que ese cambio sea suficiente si paralelamente no se produce un cambio de perspectiva en Europa sobre las políticas a seguir para volver al crecimiento y a la creación de empleo más allá de esta lenta recuperación que a muy poca gente satisface.

Los pésimos resultados de Hollande en las elecciones municipales francesas muestran que las políticas nacionales siguen estando muy limitadas por el marco europeo, y que sus resultados serán decepcionantes y exasperantes para los electores. Ahora es bastante evidente que los socialistas españoles no pueden remitirse al socialismo francés como punto de referencia, y que hace falta un cambio de marcha en Bruselas y en Europa para que las alternativas nacionales de izquierda vuelvan a ser creíbles.

A menos que Ignacio Sánchez-Cuenca tenga éxito en su llamada a la rebelión del Sur contra el Norte y Bruselas, habrá que apostar por un cambio en la Comisión tras las elecciones de mayo. Pero a la vez la socialdemoracia llega a estas elecciones en una situación bastante mala, y los electores no están para sutilezas y votos estratégicos. Lo que quieren es partirle la cara a alguien, y no es seguro que este comprensible deseo se traduzca en criterios racionales de decisión de voto.