Otegi, ahora te toca a ti

José María Calleja

Arnaldo Otegi ha perdido una ocasión histórica para liderar el movimiento de perplejidad, irritación y aburrimiento que ha creado el brutal atentado de la banda terrorista ETA en parte del propio mundo de la izquierda abertzale. Me consta que entre algunos de los seguidores tradicionales del nacionalismo etarra existe hoy una reacción de rechazo por la monstruosidad cometida por la banda. Se trata de que ese movimiento tenga una traducción política y para ello se impone que alguien como Arnaldo Otegui se ponga a la cabeza, pues, de lo contrario, corre el riesgo de abortarse lo que sería una consecuencia lógica después de tamaña brutalidad.

Tan aficionado que es a pedir valentía, riesgo, capacidad de iniciativa a los demás, Otegi tiene ahora una ocasión de ser valiente y decirle a ETA que hasta aquí hemos llegado. Sea usted valiente y rompa con una ETA que cíclicamente dinamita cualquier expectativa de salida negociada; sea usted coherente con sus propias palabras y póngase al frente de los vascos independentistas que han sentido asco ante ese nuevo despliegue de tribalismo que ha sepultado tantas esperanzas.

Asco es la palabra que ha empleado una persona tan poco sospechosa para los nacionalistas como Euskitze, el bertsolari, para expresar la sensación que le producía el último atentado de la banda criminal. No es el único.

De la misma forma que el atentado de la Calle Correo, el 13 de setiembre de 1974, con trece víctimas mortales, produjo una escisión en ETA; de la misma forma que las fracasadas conversaciones de Argel en el 89 alejaron del mundo etarra a gentes como Txema Montero; de la misma forma que después del fracaso de las conversiones de Aznar con la banda en el 98 salió del armario Patxi Zabaleta y su gente, usted tiene ahora la ocasión de convertir el escenario de espanto provocado por la banda en una leve esperanza y liderar a esos asqueados ante las barbaridad cometida por la que durante demasiados años ha sido su organización de referencia.

¿Cuántas bombas más contra la esperanza están dispuestos a soportar usted y otras gentes como usted, señor Otegui? ¿Cuanto tiempo más esta usted dispuesto a seguir siendo una marioneta sin iniciativa política propia? ¿Se piensa usted jubilar diciendo amén a todas las brutalidades? Si realmente quiere usted hacer política tiene una ocasión de oro para empezar a hacerla: bájese de ese mundo y empiece a decidir por si mismo. Muchos de sus seguidores, también hartos de esta noria, se lo agradecerán.

Mientras se lo piensa, sería bueno que por parte del Gobierno se deje meridianamente claro que esta canallada no les va a salir gratis a quienes se han suicidado con ella. De momento deberían saber que se han quedado sin elecciones municipales y que, se vistan como se vistan, el Gobierno y la Justicia van a disponer de todas las herramientas legales a su alcance para que sigan otros cuatro años sin el enorme poder político, económico y de influencia que representan los Ayuntamientos.

Para que los criminales vean las consecuencias de lo que pudo ser una masacre, deberían activarse todos los mecanismos judiciales con el fin de que no haya ni un milímetro de impunidad en ninguna de las actividades de la banda, de su trama civil y de sus portavoces.

En el terreno político debería ponerse en marcha un mecanismo de unidad de todos los demócratas y de severo aislamiento de los criminales. (Ibarretxe, deje de gesticular, no sea tan oportunista y fíjese en Josu Jon Imaz).

El Gobierno corre severísimo riesgo de hundirse si no deja contundentemente claro que esta vuelta a la barbarie pasada no va a salir gratis a los etarras. Debe cortar de forma radical pues, de lo contrario, si sigue en el proceso, estará en manos de los etarras, que podrán colocar otra furgoneta-bomba cada vez que entiendan que la cosa no avanza.

Por su parte, el PP debería abandonar de una vez el discurso de cuanto peor, mejor. Da un poco de vergüenza tener que decir, a estas alturas, que el único responsable del atentado es la banda terrorista, que el enemigo común son los criminales, que Zapatero no puede ser tildado de asesino y que no se pueden protagonizar actos de kale borroka en Madrid contra periodistas de Televisión Española, o contra la sede socialista de Ferraz.

No cabe en la cabeza de ninguna persona con un poco de sensibilidad que haya gente que se alegre por un atentado de semejante envergadura. Sin embargo, tenemos individuos que no han condenado el atentado y que sus primeras palabras no han sido ni para las víctimas ni para los victimarios; se han lanzado a la yugular del Gobierno en un ejercicio de irresponsabilidad. (Cuando se rompió la anterior tregua nadie, ningún socialista, dijo que a Fernando Buesa le asesinaron con el explosivo robado mientras Aznar hablaba con ETA. Nadie dijo tampoco que el etarra Iñaki Bilbao fue puesto en libertad mientras gobernaba el PP, y que ese mismo etarra es el que luego asesinó al socialista Juan Priede. Ahora, los populares han pasado de anunciar que se les iba a echar la culpa de la primera víctima, a echar ellos la culpa a Zapatero de la brutalidad de Barajas).

Esta barbaridad de ETA nos hace daño, nos devuelve a sensaciones del pasado, nos angustia, pero no nos derrota a los demócratas. Con esta nueva brutalidad, la banda se ha suicidado y lo mejor que nos podría pasar a todos es que saliera más debilitada en sus apoyos sociales y políticos; que todos los que han sentido asco por la bomba, lo digan, que sean valientes y se sacudan de una vez el yugo de una banda tribal, antigua, cuyo tiempo ha terminado. El atentado de Madrid puede alargar el final de ETA, pero no disfraza su derrota; puede prolongar la agonía, pero no resucita a la banda. ETA ha matado muchas esperanzas con el espanto de Barajas, pero, con este estruendo, se ha suicidado bajo sus propios cascotes.