Os recibimos con alegría

 Alberto Penadés

Si en algo podían ponerse de acuerdo, en España, un voluntario de la división azul y un estalinista era para escribir un guión (maravilloso) que pusiera en solfa a los “americanos”  y a su manco plan Marshall para España. En toda Europa, y con bastante menos gracia, se diría que el antiamericanismo es el lenguaje en el que todos los intelectuales se entienden. Y mucha gente normal y corriente,  no sé si como reflejo, oscila entre el desprecio y la hostilidad. En todos los planos, desde lo cultural a lo político.

 

 En un interesante ensayo aparecido en Public Interest, James Ceaser hace una “Genealogía del antiamericanismo” reseñando algunos de los hitos fundamentales de este producto intelectual europeo. Resulta especialmente iluminador su muestrario de citas de autores alemanes, incluyendo poetas, filósofos y, naturalmente, teóricos del III Reich. Es interesante observar cómo, mucho antes de la explosión de la cultura popular americana, Nietzsche ya podía desdeñarla con el tono con el que hoy hablamos del rap o las hamburguesas. Heidegger fue uno de los más furiosos y, a su modo, políticamente consecuentes. El filósofo nazi dejó dicho que “el americanismo es una variante del bolchevismo”, y  advirtió que se proponía “la destrucción de Europa”. Americanismo es culto a la mediocridad, a la tecnología, es ausencia de alma, es cristianismo de clase media, es insensibilidad a la historia (al menos, el marxismo tenía eso), le hace a uno avergonzarse de pertenecer a una nación de poetas, es consumismo (“hoy, ser es ser reemplazable”) es…

 

 

Por si creen que esto ya mueve a risa o es patrimonio de la derecha, lean la “Defensa del antiamericanismo” del progresista filósofo Augusto Klappenbach (Público 9/2/09), con sus paridas sobre la supuesta concepción protestante del progreso material, su alegato contra el individualismo, y hasta sus resabios heideggerianos (un nuevo presidente, dice, no cambia el modo de “estar en el mundo” de un país).

 

No soy capaz de discutir aquí la conexión entre el antiamericanismo y la izquierda. Sí diré que, si bien ser anti-imperialista (supongo que yo también lo soy) puede haber sido un fundamento adecuado para oponerse a cierta política exterior de EEUU, el persistente antiamericanismo de la izquierda me parece herencia indirecta de ese gran e inexplicable logro educativo del estalinismo que fue enseñarnos a mirar sólo a un lado. Lubricado por nuestro engreimiento acerca de la superioridad de las sociedades europeas en varias dimensiones positivas, como la solidaridad, la protección social y, con todo, el refinamiento. (No es que no sea así, es que eso no tiene por qué conducirle a uno a ser antiamericano)

 

Entre los países europeos, lo dicen las encuestas, España es uno de los más “antiamericanos” (sólo Turquía lo es mucho más). Francia también lo es, lo ha sido siempre, y de nada parecen haber servido los cientos de miles de jóvenes estadounidenses que dieron su vida para liberar el país. Se diría que España tiene sus razones, especialmente por el apoyo a la dictadura de Franco. Pero hasta eso habría que repensarlo un poco, ¿habría sido el franquismo un régimen mejor, o más breve? Quién lo sabe, fíjense en Cuba. A mi me produce bascas la foto (algunos dicen que fotomontaje) de Franco en brazos de “Ike”, pero también por entonces comenzó el programa Fulbright (1958) que es el tercero en importancia en el mundo (tras Alemania y Japón). Echando un vistazo a las universidades españolas, se diría que nos cunde poco. Pero me pregunto cómo habría sido sin ello. En algunas disciplinas (no por casualidad, la economía), una saludable conexión intelectual con las universidades americanas comenzó entonces. En otro orden de cosas, por ejemplo, alguien debería estudiar el papel de la presencia miliar americana en España en los primeros pasos hacia la aparición de altos mandos del ejército verdaderamente profesionales.  Y, en general, ese consumismo que tanto molestaba a Heidegger, solo podía tener un efecto liberador en la España de los catecismos. Los EEUU tal vez alargaron la vida del franquismo, como lo hicieron otros contra los que no nos revolvemos, pero posiblemente también acortaron la vida de su versión más fascista. El mal era Franco, no América. (Como el mal es Gadaffi, y no España, y así cientos de ejemplos).

 

Europa va a enviar 5000 soldados a Afganistán. La prensa americana lamenta lo exiguo de la cifra y el hecho de que la mayoría de las tropas (como los 450 españoles) no van a combatir sino a cumplir una misión limitada: proteger las elecciones y vuelta a casa. A mí me parece que tienen razón para lamentarse, pues si concordamos en que la guerra de Afganistán es importante para el mundo, tenemos que hacer nuestra parte. Y si no es así, entonces qué hacemos allí. El gobierno afrontó las pasadas elecciones europeas retirando las tropas de Irak (demos gracias) y en cierta clave que podría ser “anti-Bush” pero también antiamericana. Le valió el voto de la izquierda y revalidar su victoria en las generales. A mí me gustaría que afrontara las siguientes elecciones con un refuerzo importante de la colaboración militar con EEUU y los demás aliados en Afganistán. Así me convencería, entre otras cosas, de que el problema sólo era Bush.

 

Se es anti-Bush como se es anti-Aznar y otras muchas cosas pero no se es antiamericano. Personalmente, creo que la Revolución Americana, la menos revolucionaria de todas, es la única que sigue realmente en pie y avanzando. Al menos eso sentí en noviembre.