Orgullo y prejuicio

Jelloun

Escribo esto en el día del Orgullo Gay, que se conmemora cada 28 de junio, mientras se ultiman los preparativos para las manifestaciones que el próximo fin de semana recorrerán numerosas  ciudades europeas. Y en fecha tan señalada, no se me ocurre mejor asunto para abordarlo en este blog de debate político. ¿Tiene sentido hoy, se preguntan muchos a menudo cuando se acerca esta fecha, mantener una Marcha del Orgullo Gay, el Gay Pride,  y, más aún,  darle ese realce internacional? Sabido es que estas marchas expresan un deseo de afirmación colectiva de orgullo, como su nombre indica, que tienen sentido como contraposición combativa a la ocultación y estigmatización en que gays y lesbianas han vivido –y, en buena medida, viven aún-, la sexualidad propia, diferente de la norma dominante. Quienes marchan, festivos o reivindicativos o de ambas formas a la vez, defienden y celebran el derecho de ser lo que son, sin tener que esconderse ni pedir permiso para expresar públicamente su condición.

Lo que comúnmente se denomina, en nuestro medio al menos, “salir del armario�, es un momento de liberación personal para quien ha vivido ocultando o no reconociendo su condición homosexual. Para millones de homosexuales en todo el mundo, lo que resultaba difícil de asumir de manera individual ha sido  posible hacerlo a través de la “visibilidad� colectiva. Visibilidad que ha sido además causa  y efecto de combates por la reivindicación de sus derechos civiles, en contextos políticos y sociales muy variados y con balances y perspectivas, por tanto,  muy desiguales. Mientras en lugares privilegiados, como el nuestro, se celebra la conquista de la igualdad de derechos a la vez que  se piensan nuevos objetivos, en otros es la emulación de estos avances lo que da sentido y estímulo a su movilización, más combativa que festiva; y hay muchas zonas del mundo aún donde apenas se pueden plantear más objetivo que el empujar tímidamente desde dentro la puerta de su imaginario armario colectivo. Demostrar, apenas, que existen y sobreviven. Por eso, es importante mantener y generalizar esta jornada anual de marcha y afirmación que no es sino una extraordinaria escenificación simbólica de esa visibilidad.

La visibilidad homosexual no ha seguido una trayectoria ascendente, lineal y homogénea. Tampoco ha sido rápido su desarrollo, como pudiera pensarse por la concreta experiencia española.  En Europa, en los años veinte y treinta del pasado siglo hubo momentos de gran visibilidad al menos en los ambientes con mayor grado de desarrollo económico y social; París y Berlín disponían de “vida socialâ€? gay y lesbiana en esa época. Los periódicos se hacían eco de ello. Había incluso en Alemania, a finales del siglo XIX, un movimiento de una cierta importante que luchaba ya entonces por la despenalización de la homosexualidad. Todo eso, claro está, fue arruinado por el totalitarismo y la guerra. Y si bien hubo tentativas después de la guerra por tratar de retomar el combate contra las leyes represivas, no fue hasta 1968, y sobre todo a inicios de los años setenta, cuando pudieron  reaparecer en la escena pública las voces y la presencia homosexual. Pero apenas una década más tarde, a principios de los ochenta, la aparición del sida –con todo lo que supuso no sólo como tragedia sino como condicionante de la vida política y cultural-, amenazó con volver a sepultar las esperanzas de normalización. Afortunadamente, no sólo no hubo marcha atrás para los defensores de los derechos de los homosexuales sino que se movilizaron muy rápido (en primer lugar en favor de los afectados por la enfermedad) y supieron dar a esta movilización –en los países desarrollados y democráticos-, un impulso y contenidos muy directamente políticos. Singularmente, la lucha por el reconocimiento jurídico de las parejas del mismo sexo (y también la violencia de las reacciones hostiles) contribuyeron a hacer evidente nuevamente lo que llamamos la “visibilidad” de las minorías sexuales.

Como todos los años por estas fechas, habrá quien critique el “Orgulloâ€?, despreciando su carácter hiper-festivo y hedonista, su exaltación sensual, sus disfraces y carrozas, como algo no sólo  carente de contenido político sino –lo dicen gentes aparentemente bienintencionadas-,  perjudicial o contraproducente para los propios intereses de la llamada Comunidad LGTB.  Pero, ¿se puede oponer “fiesta” y “política”? En realidad, la movilización gay-lésbica ha cuestionado con éxito –en nuestro entorno-, una concepción tradicional de la política, como antes lo había hecho el movimiento feminista. Al interrogante anterior,  yo contestaría con Didier Eribon que: “Cuando miles de personas festejan para afirmar simplemente su derecho a ser lo que son, esto es algo eminentemente político. El primer mensaje de la Gay Pride es muy sencillo: existimos. Y a este mensaje se añaden otros: luchamos contra las discriminaciones de las que somos objeto, queremos la igualdad jurídica, etcétera. Esto es algo muy políticoâ€?.

En la mayoría de los casos, las objeciones al “Orgullo� a duras penas consiguen esconder el prejuicio, cuando no la homofobia e hipocresía latentes en su planteamiento contra una movilización tan legítima como necesaria. Sí, es muy festiva. ¿Y qué? Es bueno que así sea, donde puede permitirselo. Además, ¿por qué los homosexuales han de justificarse siempre por “la imagen que ofrecen�? ¿Alguien diría acaso que el carnaval de Río –por poner un conocido ejemplo-,  da una mala imagen de la heterosexualidad?

Quizás lo que ocurre es que para nuestros bienpensantes la única “buena imagen” que se espera de gays y lesbianas es la del homosexual que se esconde, o  se calla al menos, o que no exterioriza su condición. Pero esa época ya terminó. Hoy los homosexuales –una significativa parte al menos-, ya no se esconden, no se callan ni dan las gracias a quienes los insultan. Dan de sí mismos las imágenes que les viene en gana dar. Y dado que estas imágenes son múltiples, plurales, cambiantes, son muchas las que no agradarán a todo mundo, y muchas también las que disgustarán, incluso, a otros homosexuales. Porque si el “orgulloâ€? es la demostración sin complejos de la pluralidad de sexualidades, esa pluralidad también existe entre los homosexuales. Es deseable. Es inevitable. Hay que aceptarla. Nadie tiene el derecho de decir a los gays y a las lesbianas lo que deben ser, cómo deben mostrarse, etcétera. Nadie tiene el derecho de decretar lo que debería ser o no la “buena imagen” de la homosexualidad.

Más allá de lo festivo, reivindicar la pluralidad y las diferencias, implica cuestionarse ese estéril dilema entre “subversivosâ€? e “integradosâ€?. ¿Los  homosexuales deben tratar de que la sociedad los reconozca, o deben asumir la idea de que son más bien “marginales” y “subversivos”? Al movimiento gay lo han constituido estas dos tendencias a la vez y la situación actual es paradójica: aquellos que más desean integrarse a la sociedad, resultan ser los mayores desestabilizadores del orden establecido. Basta observar las reacciones histéricas provocadas por la reivindicación del derecho al matrimonio y a la adopción. Por el contrario, que los homosexuales sigan siendo marginales –encerrados en sus ambientes exclusivos por rompedores y subversivos que se tengan-, no molesta. En el fondo, los defensores del orden establecido sólo esperan de los homosexuales que se callen, que  dejen de perturbar a la sociedad con su visibilidad y sus reivindicaciones; en una palabra, con esa presencia suya que ya no permite que se le ignore. No les daremos ese gusto. No hay por qué escoger entre el derecho a la integración social y el derecho a la diferencia y a la “marginalidad”.

Concluyo con Didier Eribon, de nuevo: “Los gays y las lesbianas deben exigir a la vez la igualdad jurídica y social, y el derecho a vivir como lo desean. Hay que luchar al mismo tiempo por la indiferencia del derecho en relación con lo que son los individuos, y por el derecho a la diferencia en los estilos de vida. En efecto, si el derecho no debe hacer diferencias entre los individuos, no es porque todos los individuos sean idénticos, sino por el contrario, porque son diferentes y hay que proteger estas diferencias.� Diferentes y orgullosos de serlo.