Orgullo patriota

Julio Embid

 Una de las primeras veces que pisé mi barrio de Carabanchel me encontré una pegatina negra con letras blancas de un grupo anarquista que decía “¿Un patriota?, ¡un idiota!” pegada a la marquesina del autobús que había frente a mi nueva casa. Me hizo mucha risa, por lo contundente e infantil del mensaje y porque, desde el radikalismo con k más salvaje, se pueden hacer rimas consonantes.

A mí cuando me han preguntado mis amigos si me siento español, siempre he dicho que yo soy maño pero estoy español. En calidad de maño, estoy orgulloso de los logros de España. De tener una de las economías más poderosas del mundo, un Sistema Nacional de Salud envidiable, ser la principal potencia mundial en trasplantes y donaciones de órganos, ser uno de los primeros países en reconocer el matrimonio entre personas del mismo sexo. Estoy orgulloso de los distintos escritores españoles que, durante siglos y en distintos idiomas, han producido grandes obras de reconocimiento internacional. Estoy orgulloso de residir en el mismo rincón de la tierra que contiene 44 lugares Patrimonio de la Humanidad de la Unesco como: La Alhambra, la Mezquita de Córdoba o la Torre de Hércules. Incluso estoy orgulloso de los logros de los deportistas españoles cuyo entrenamiento se financia con mis impuestos y con los impuestos que a sus clubes se les ha dejado de cobrar.

Otras cosas de España no me gustan tanto. No me gusta la insolidaridad gubernamental con los refugiados. No me gusta la impunidad con la corrupción, la desigualdad económica, los bajos salarios y los recortes en políticas sociales. Pero si hay algo que no me gusta nada de nada, son los falsos patriotas. Los falsos patriotas son aquellos que lucen la bandera en pulseritas rojigualdas y cuellos de polos de color rosa y sin embargo hacen todo lo posible por defraudar a Hacienda. Son aquellos que van a Suiza y no a comprar queso. Aquellos que visitan Gibraltar y no para ver los monos. Son aquellos que pasan por Andorra y no pisan el balneario. Son aquellos que viajan a Panamá y no para comprar sombreros. Aunque se tatúen el escudo, fallan a su propia gente. Aunque lloren cuando suene su himno no dejan de ser unos auténticos sinvergüenzas.

El pasado domingo 3 estalló el caso de “los papeles de Panamá” donde docenas de patriotas de todo el mundo compraban los servicios un bufete panameño para «establecer compañías offshore» y cuyo objetivo primario era «ocultar la identidad de los propietarios». Blanquear y evadir impuestos mediante testaferros, estafando a sus compatriotas.

La semana pasada Joaquín Estefanía publicaba un artículo en El País acerca de los Millonarios Patrióticos. Este grupo formado por ciudadanos norteamericanos, cuyos ingresos anuales están por encima del millón de dólares, exigía al Gobernador del Estado de Nueva York que subiese los impuestos a las rentas más altas. Ya criticaron al presidente Obama por permitir que las clases medias y las clases trabajadoras mantengan las arcas públicas, mientras los ultrarricos pagan muy poco. Me gustaría que el Estado homenajease a aquellos que con más dinero contribuyen al bienestar de los demás. Y no mediante donaciones caritativas. El amor a la Patria, ya no se manifiesta derramando sangre propia o ajena. No es necesario. Se demuestra pagando impuestos.