On the road

Senyor_J

Las importantes elecciones celebradas el pasado día 24 de mayo dieron un aliento desigual a las hipótesis de cambio que se han venido planteando durante los últimos meses respecto a la representación de los partidos en las instituciones. Diez días después vemos como dos candidatas ajenas a los grandes partidos nacionales, así como a las alternativas nacionalistas, aparecen como las mejor situadas para ocupar las alcaldías de Madrid y Barcelona, nada menos que las dos principales ciudades del país. Una situación semejante se vive en otras importantes capitales de provincia como Cádiz, La Coruña o Zaragoza, mientras que se produce un derrumbe evidente del poder regional del Partido Popular. Un derrumbe frente al que no se alzan como principal alternativa los nuevos partidos, sino un PSOE que pese a su evidente pérdida de poder específico y grave crisis política en lugares como Cataluña, se beneficia de su capacidad de conservar una segunda posición en comunidades como Aragón, Castilla la Mancha o tal vez la Comunidad Valenciana para aspirar a hacerse con el gobierno en dichos lugares.

Considerando este balance, muchos han puesto en entredicho el empuje de los partidos “regeneracionistas” ante este cambio de escenario. Por un lado, porque ni Podemos ni Ciudadanos han conseguido disputar ningún gobierno regional, ni tampoco quedar segundos en ninguna comunidad autónoma, lo que les pone en el dilema de elegir entre dar un apoyo más o menos estrecho a gobiernos socialistas o bien permitir que gobierne la fuerza más votada. Al mismo tiempo, porque no son sus marcas las que han forjado el éxito electoral, sino otras que vienen denominándose candidaturas de confluencia y que han concurrido bajo el nombre de Barcelona en Comú, Ahora Madrid o Zaragoza en Común, entre otras. Estos hechos, utilizados para contrastar la hipótesis de cambio, han propiciado que algunos extraigan dos tipos de conclusiones: o bien que el cambio aun no está aquí o bien que el cambio solo puede venir de las candidaturas de confluencia, lo que otros también llaman frentes amplios. Unos frentes amplios donde todos los partidos deberían dejar atrás sus siglas y crear otra propuesta dirigida a alcanzar el poder en el ámbito catalán y en el ámbito estatal, que es donde deben celebrarse elecciones este año.

Pues bien, por mi parte querría discrepar de ambas conclusiones y sugiero sustituirlas por esta otra: que la hipótesis de cambio se ha manifestado, que dicho cambio sigue su curso y que podemos asistir a nuevas concreciones del mismo en los siguientes comicios.

No me cabe duda alguna que la resistencia de los partidos tradicionales está siendo férrea. La anunciada pasokización del PSOE solo se ha concretado en algunos lugares como Cataluña y no sin que ello impida la permanencia en su poder de muchas de las grandes alcaldías socialistas, especialmente la de l’Hospitalet de Llobregat. Más meritorio si cabe es la resistencia del Partido Popular más allá de sus feudos mejor asentados, en especial en la Comunidad de Madrid o los todavía importantes resultados obtenidos en la Comunidad Valenciana, donde obtener un 26,25% de los votos suena a enorme éxito a pesar de dejarles fuera del gobierno. Pero tampoco nadie podía suponer, más aun tras las elecciones andaluzas, que el acceso de los nuevos partidos a los primeros puestos de la clasificación podía producirse de un día para otros. Esas mismas elecciones ya avisaban de un dato que se ha ratificado en toda regla en estos comicios: que los nuevos partidos tenían importantes dificultades de penetración en las zonas menos urbanas, lo que se manifestaba en un contraste importante en los resultados obtenidos en las distintas provincias.

Hay que llamar la atención sobre este dato para comprender uno de los factores claves por los que Podemos no ha sido en ninguna comunidad autónoma la segunda lista más votada. El ejemplo paradigmático lo ofrece Aragón. Allí, en la provincia de Zaragoza, que es la región que más población abarca (casi un millón de habitantes, dos tercera partes de los cuales viven en Zaragoza), Podemos se impone al PSOE con un 21,71% frente a un 20,12%, mientras que Ciudadanos dobla en resultados al Partido Aragonés Regionalista (10% frente a 5,25%). Pero si cambiamos de provincias, la cosas son radicalmente distintas. En Huesca, el PSOE obtiene un 26,63% (es el  partido más votado) frente a un 18,35% Podemos, mientras que en Teruel el PP alcanza el 27,53%, el PSOE el 21,95% y Podemos un 16,08%. Además, la comparativa PAR-Ciudadanos es de 13,72% a 7,21% en el caso de Teruel y 9,37% a 8,33% en el caso de Huesca. Vemos, así, como las viejas estructuras resisten mucho mejor en esos territorios menos urbanos.

La diferencia en la tónica de resultados de cada provincia es muy importante y podría relacionarse estrechamente con la estructura de la población. En Huesca la capital es la única población con algo más de 50.000 habitantes, tras la cual vienen cuatro municipios de más de 10.000, mientras que en Teruel viven 35.000 personas y solo Alcañiz supera también los 10.000 con 16.000 habitantes. Es en este tipo de poblaciones donde los nuevos partidos tienen más problemas para penetrar, pero ello tampoco es sorprendente, pues no dejan de ser formaciones en proceso de construcción y expansión. De ahí que también sea en las comunidades con municipios menos poblados y más dispersos como Extremadura y Castilla la Mancha donde Podemos ha cosechado sus peores resultados globales. El efecto se amplifica de nuevo comparando capitales y provincias: el 7,99% de Podemos en Extremadura corresponde con un 15,05% de votos en Cáceres capital (95.000 habitantes, 25% del total de la provincia) y el 12,08% en Badajoz (150.000 habitantes, 21,67% del total). Ciertamente los resultados en las capitales extremeñas tampoco son buenos, pues se sitúan muy lejos del de los grandes partidos (muy por encima del 30%), pero como ya comentaba, las fuerzas tradicionales muestran una enorme resistencia en algunos lugares.

La cuestión de Aragón permite introducir también serias dudas sobre la teoría de las ventajas de la confluencia. Aragón tiene en común con Barcelona y Madrid el haber dispuesto de un buen candidato, en este caso el otro Pablo, Pablo Echenique, con buenos índices de notoriedad y unas cualidades personales que lo enmarcan dentro de la lógica de esa otra clase de políticos que también encarnan Ada o Manuela. Es por ello que a diferencia de Madrid, donde los resultados obtenidos en el ayuntamiento por las candidatura apoyada por Podemos son muy superiores a los cosechados en las elecciones a autonómicas en dicho municipio, aquí la diferencia en el número de votantes es mínima: frente a los 78.345 votos obtenidos por Echenique en Zaragoza, Zaragoza en Común obtuvo 80.080 en la capital aragonesa, con el añadido de que Izquierda Unida sí se presentaba a las autonómicas y obtuvo 16.000 votos en Zaragoza.

Así las cosas, Podemos obtuvo su mejor resultado autonómico en Aragón, con un 20,51% de los votos, y el peor en Extremadura con ese 7,99%. También quedó cerca del 20% en Asturias y en Madrid, mientras que no alcanzó el 10% ni en Castilla la Mancha ni en Cantabria. Cada cual puede valorar por sí mismo si esos resultados pueden considerarse buenos o malos para una formación que se estrenaba en todas partes, pero lo que nos ocupa aquí hoy es saber cómo eso encaja en la hipótesis de cambio. A mi entender, no son concluyentes para predecir si Pablo Iglesias tiene o no opciones de ser el nuevo presidente del gobierno, ni aun menos si ello debe conseguirlo mediante candidaturas amplias o exclusivamente con su marca. No bastan, sin duda, para enfrentarse a una posible Gran Coalición, que por el momento no parece que asome la cabeza, pero es más discutible que no anuncien la posibilidad -ni mucho menos certeza- de que Podemos pueda aspirar a situarse como segunda fuerza, lo que podría abrirle las puertas del gobierno.

Las barreras demográficas van a seguir existiendo, pero Podemos tendrá algunas cosas que no ha tenido en estos últimos comicios: presencia institucional en prácticamente toda la geografía española, responsabilidades de gobierno municipal, influencia institucional con la capacidad de condicionar políticas que conlleva y lo que es más importante, uno de los mejores candidatos de que puede disponer (y, francamente, sospecho que más potente que el de los partidos tradicionales): el propio Pablo Iglesias. Y ahora llega la siguiente pregunta: ¿tendrá mejores opciones de conseguirlo con su partido o mediante algún tipo de confluencia? Ya hemos visto que no siempre las confluencias generan mejores resultados, pero sí que es obvio que Podemos mejoraría resultados en alguna medida si Izquierda Unida no se presentase a las elecciones generales. No obstante, no es seguro que Pablo Iglesias vaya a mejorar significativamente resultados ocultando las siglas en algo más amplio, como propone por ejemplo últimamente Gaspar Llamazares, dada la fuerza y notoriedad de que goza ya la marca Podemos. Por lo tanto, si esa es la condición para que haya confluencias y dado el hecho de que el candidato en este caso lo pone Podemos (no es alguien ajeno como Ada y Manuela), no parece que vaya a ser posible que se cree una nueva marca, aunque ello suponga que se presenten las siglas de IU como tales o bajo algún paraguas.

Una última observación a hacer es que el resultado de las elecciones catalanas va a determinar también las posibilidades de Podemos en las generales. Si Podemos concurre y obtiene un buen resultado, que tendría que ser al menos un porcentaje de votos comparable con Aragón, Asturias o Madrid y deseablemente mejor que todos ellos a pesar de la dura competencia electoral catalana, aquí puede pasar de todo. La intuición que han dejado las municipales es que en el área metropolitana de Barcelona hay muchas ganas de votar a Podemos y que su papeleta se ha echado en falta. En septiembre veremos hasta donde alcanza dicha voluntad.